Hiperventilador

Tecnologías de los perdidos

La mujer del primer piso abrió un poco la cortina por el lateral. Una furgoneta blanca recién aparcaba junto a la acera. En el lateral decía: “Ministerio de Hacienda. Subdirección General de Impuestos sobre la Inhalación y Exhalación de Personas Físicas”.

—Ya están aquí otra vez —dijo.

—Deben haberse parado los molinos de viento. Cada vez que los molinos se paran aparece la furgoneta. ¿Cuántos son? —preguntó el marido. Estaba sentado en el sillón.

—Tres. Viene también el médico forense.

La mujer giró la cabeza hacia el marido. 

¿Viste a doña Lourdes esta mañana?

—La anciana dice que pasó una mala noche.

La mujer alzó la vista.

¿Oyes? —preguntó, apuntándose al oído—. Los niños del tercero no paran de jalear.

—La madre les estará dando azúcar. 

El marido se levantó y quedó de pie tras el sillón.

La mujer volvió a mirar por la ventana.

—Están bajando la máquina… Ya entran en el portal.

—Siempre empiezan por el ático. Relájate.

¡No me digas que me relaje que me pones de los nervios! —dijo, alejándose de la ventana y colocándose frente al marido.

En silencio extendieron los brazos hacia adelante, flexionando con suavidad las rodillas, muy lentamente, arriba y abajo. Con las palmas hacia afuera describieron círculos. Elevaron una pierna, otra, girando los tobillos y luego sobre sí mismos, en vueltas ingrávidas y homogéneas, acariciando el aire.

Al rato golpearon la puerta.

¡Abran! 

La mujer y el marido se miraron.

Entraron los tres hombres vestidos de blanco. Dos eran del tamaño de un oso pequeño. Rodaron el hiperventilador al salón. La mujer se sentó a la mesa. Un hombre encendió el ordenador. El médico forense le inmovilizó las muñecas. El tercer hombre le ajustó una máscara transparente sobre la nariz y la boca. La máscara se conectaba con un tubo a la máquina. A cada lado de la parte inferior había cuatro agallas muy grandes cerradas.

Cuando se le succionó el primer aliento los labios de la mujer se fruncieron. Luego se abrieron las agallas para que hiperventilara más efectivamente. La máquina atrapaba sus soplos, rápidos y profundos, en tanques de aire comprimido.

Hiperventiló e hiperventiló.

¡Fu! ¡Fu! ¡Fu! 

Hasta que se calmó y se cerraron las agallas. Entonces todo volvió a empezar. A la mujer le pareció que duraba una vida entera, pero en verdad solo fue una hora.

Le tocó el turno al marido.

—Confiamos en que sea la última colecta del año —dijo el médico forense.

—Eso nos dijeron la semana pasada.

—Hay que pagar los impuestos, Anselmo. En su totalidad. Sin exenciones. Créame que vale la pena. ¡Pobre Doña Lourdes! —suspiró el forense negando con la cabeza.

Después de hiperventilar a Anselmo los hombres condujeron la furgoneta hasta la pradera, en las afueras del pueblo. Conectaron los tanques a los pies de los molinos, abrieron las válvulas, una a una. Las palas empezaron a rotar. 


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