Herminia

Retales

 

Como si la cubriera una sábana de pétalos de flores silvestres, Herminia se levanta del camastro y desnuda, tal como la parieron, se pasea por la casa en un desliz de baile suave, en una danza melancólica que raya la locura.

Atiza el fuego, añade un leño y, acercándose a la ventana, contempla el manto blanco que cubre la campiña.

La luz, tenue todavía, la cubre con un chal blanco de seda. Se arropa, se lo lleva alrededor del cuerpo, se arrima a la lumbre, que ahora arde con descaro, y entorna los ojos soñando otra primavera.

A Herminia cuesta echarle una edad. Claro está que ya cuenta con algunas primaveras pero… ¿cuántas? Nadie se atreve a decirlo. Ni a preguntar, ni a sugerir… claro.

Tampoco se sabe si vive sola o acompañada. Nadie, tampoco,  se atreve a afirmarlo. La cuestión es que no se la ha visto acompañada en ninguno de los lugares donde acostumbra a pasear su figura: ni en el puente, ni a la vera del río, ni en los veladores, ni en el economato…  Sólo el cartero afirma que a veces le lleva cartas y no siempre van a su nombre; y el lechero, que deja al amanecer el litro de leche que ella encarga cada día, declara que a veces se entrevé una sombra masculina entre los visillos. Cualquiera se atreve a mencionarle nada dice la gente. 

Es amable, aunque, por supuesto, nunca cuenta cosa alguna de ella misma. Tampoco acude a la iglesia, ni tan sólo los domingos. 

El hijo de la panadera asegura que la vio en una playa salvaje de las que todavía quedan en Menorca, un año que fue allí de vacaciones. 

Se bañaba, enfundada en un vestido blanco, largo y vaporoso de tela fina, en una cala recóndita  a la que se accede andando entre los riscos cercanos al mar, desde El arenal de «Son Saura», en el sur de la isla. La ropa se agarraba a su cuerpo mojado dejando adivinar que no llevaba puesta otra cosa ninguna. Y, ¿estaba sola?, se preguntó el muchacho. La melena, mojada, le caía hombros abajo, y la brisa suave no atinaba a mecérsela. El agua, transparente, permitía verle sus pies desnudos, los muslos y las nalgas enhiestas entre los reflejos de la superficie del agua turquesa, movida únicamente por un suave balanceo. 

Desde entonces el muchacho se sigue preguntando: ¿se bañará en el río?

Por las tarde, en primavera, acude a tomar café al casino sin arredrarse porque sea lugar de hombres. A ella la sirven, a otras… las amonestarían y las invitarían a abandonar el local.

Se refugia en una mesa redonda a la vera del ventanal corrido que da a la plaza y, con los ojos entornados de placer, saborea un sorbo de café. 

Además, fuma en una pipa blanca, nívea, de espuma de mar que entretiene en sus manos y desprende un aroma dulzón  a cerezas silvestres. Abre el libro, que siempre lleva en el canasto, y se dispone a gozar de la tarde, absorta, sin ni tan siquiera oír a los hombres que vociferan: ¡Las cuarenta y arrastro!, mientras juegan al tute. 


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