Hermenegildo

Retales

 

Hermenegildo es todavía joven y apuesto, grácil y algo afeminado, al parecer de las damas. Pero en realidad tiene un aire de conquistador que muchos y muchas aprecian.

Quizá sería mejor abreviarle el nombre y llamarle Gildo. Si llevara guantes negros no cabría la menor duda: se pondría a bailar y voluptuosamente se desprendería de uno de ellos. También se le podría llamar Hermes, en recuerdo del dios griego, pero sobre todo de su hijo, Hermafrofito. A Hermenegildo le gusta amancebarse con muchachos inexpertos, llenos de vigor.

Hermenegildo sabe muy bien valerse del lenguaje poético y hacerse el Don Juan. Si conviene, no le importa hacerse el encontradizo bajo el pretexto de comunicar un mensaje. Y, ni qué decir, que no le importa robar el amor a otro. Le gustan los intercambios.

Está sentado en la terraza y reflexiona sobre cómo se las agenciará para que el día de San Valentín le sea propicio. Porte no le falta, labia tampoco; parece que la capacidad comunicativa la heredó de su padre. Así que no le resultará difícil engatusar a una jovencita o a un jovencito. Tiene arrestos.

En verdad piensa que si va a darse un garbeo por ahí no le será difícil entablar conversación y preparar una cita. O tal vez mejor ir al baile. Allí, la proximidad le ayudará a mostrar sus atributos. Es cuestión de vestirse para la ocasión, y sobre todo, no parecer un petimetre a la antigua. Pantalón ajustado —sin boquetes en las perneras—, tampoco quiere que le confundan con un adolescente, cazadora o anorak con pespuntes. ¿Zapatos? No, mejor bambas, o se llaman ¿snikers?. Corbata no, por supuesto que no; se lleva un buff. Una chaqueta con capucha y mucha clase al andar.

Su estrategia es acertada. Congenia con una chica preciosa que baila con él hasta la extenuación; ella le facilita su teléfono e incluso queda con él para otro día. Aunque a él no le gustan mucho las chicas, ella consigue que casi reviente el pantalón.

Pero ese no es su único éxito. Un mancebo joven, casi imberbe, sucumbe a su palabrería y se van a cenar juntos. Luego le invita a su refugio y todo acaba como es de suponer.

A Hermenegildo le parece que San Valentín se ha adelantado para él.

No le cuesta decidir entre ella y él; no sólo por sus preferencias sino por el cuerpo serrano que el chaval le ofrece. A Hermenegildo, Hermes o Gildo, no le gusta la parafernalia de San Valentín, eso de los regalos y la medalla del amor eterno y tanta chorrada.

A pesar de ello telefoneará al chaval, le escribirá un poema, le traerá un ramo de alhelíes perfumados y repetirán en San Valentín. Todo con clase. Lo invitará a cenar en un antro con poca luz. Dispondrá el refugio acogedor y tendrá bebidas para la ocasión. Un buen vino quizás, o un gin tónic, que ahora se lleva mucho. Le dará a elegir con un: ¿Una copa? Ha visto muchas películas; sabrá cómo hacerlo.

No se va a perder esa oportunidad que la publicidad y el consumo le proporciona. Todo el mundo quiere sentirse correspondido por San Valentín. Y él sabe aprovecharlo.


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