Faulkner en Guadix

La sombra liberada

 

El camino desciende desde la carretera hacia el arroyo, de agua oscura sobre lecho de pizarras, oculto bajo una espesa sombra de castaños jóvenes. En mitad del camino, granítico y polvoriento, el ayuntamiento plantó un cartel: Si tiran basuras se corta el camino. El aviso no contiene ninguna amenaza de multas ni sanciones de otra clase, no lleva logotipos ni eslóganes. El lugar está maravillosamente limpio, aunque es muy frecuentado: no hay ni un solo residuo que delate la presencia humana.

Justo al lado del cartel, de hierro oxidado y letras blancas de un blanco como el de la cal que cubre las casas del pueblo, está el único castaño viejo, solitario en medio de un claro donde la hierba amarillea y, por la tarde, se dora. El castaño viejo está aislado de todos sus congéneres. Quizás los demás árboles le rechazan, quizás él ahuyentó a los demás, de modo que envejece siglo tras siglo distante y ciego. Cuando uno llega a su lado percibe esa soledad triste y brillante, casi mitológica. Intenté pensar si hay algún castaño reseñable en la mitología, pero el pensamiento se me perdió enseguida.

Las fuerzas del castaño viejo flaquean. La ramas inferiores están vencidas, no tiene ánimo para sostenerlas en alto y casi rozan el suelo yermo a su alrededor. Las hojas y los frutos están al alcance de los perros y las alimañas, que las mordisquean y las mean. Hay poca esperanza para el castaño viejo. Cuando lo rodeo descubro que el gran tronco gris, que exige la colaboración de cinco hombres para abrazarlo, está vacío por la parte de atrás. En su interior, como una cueva vegetal a medio camino de mineralizarse, se podrían cobijar media docena de niños.

Luego, sentado en la sombra y con los pies en el arroyo, leí unas páginas del Santuario de Faulkner, novela que también cuenta una esperanza nula. Sin embargo, pececillos diminutos o quizás larvas de insectos vinieron a cosquillearme en los pies. Cada vez que los agitaba en el lecho arenoso y oscuro, acudían más. Celebraban algo los bichos, ya que su agitación era festiva a todas luces, aunque no supe comprender el motivo de su festejo ni pude vislumbrar si acaso pretendían contarme algo. Durante todo el rato estuve convencido de que entre ellos y yo había un muro de indiferencia que quizás solo era incomprensión.

De repente, el castaño regresó a mis pensamientos. Volví al principio de la novela y busqué el nombre del castaño. En las primeras páginas, Faulkner describe el paisaje y la vegetación que rodean la casa de Ruby y de Lee Goodwin. La descripción es tan prolija y tan precisa que uno se encuentra allí, o cree haber estado allí alguna vez, quizás en una infancia remota y olvidada a medias, más triste de lo que uno desearía pensar que fue su infancia. Pero no, no hay castaños en aquellas páginas. O por lo menos no supe dar con ellos. Sin embargo, creo que deberían estar allí, o que estaban, quizás, posiblemente, y William no los mencionó. Luego pensé en buscar castaños en Luz de Agosto, mi texto preferido del escritor de Mississippi, pero de nuevo este pensamiento desapareció poco después. Aunque pudiera ser que aquel pensamiento me lo esté inventando ahora, cuando relato la lectura con los pies en el arroyo de Bernal, de agua fría sobre fondo de pizarras negras. O quizás de mica.

Aquella noche soñé con mis padres. Éramos una familia de negros de Columbus, cerca de la frontera con Alabama. Yo me estaba bañando en Luxapallila Creek, aunque de repente se parecía más a Norris Lake. Observé con alarma mi pene negro, aunque me tranquilicé al descubrir que la piel del apéndice era coherente con la del resto del cuerpo. Y más todavía al descubrir los rasgos de mis progenitores, completamente negros, enzarzados en una discusión sobre el origen familiar, sobre si la rama paterna era más o menos descendiente de esclavos que la otra. Uno de los dos dijo algo sobre un abuelo que fue más capataz que esclavo a secas, y el otro le respondió que el supuesto capataz no pasó de peón, y que terminó colgado hasta la muerte de la rama de un castaño por respondón. ¡Imposible! le rebatió: a mi padre le querían un montón, porqué era él quien les abanicaba por las tardes, cuando tomaban el bourbon en la veranda. Le querían tanto que le regalaron un Samsung Galaxy, así que ya me dirás.

Me desvela el zumbido del teléfono. En efecto, es un Samsung Galaxy que jamás tuve, pero zumba con veracidad. Saco los pies hipotérmicos del agua. La mica se ha adherido a la piel, mis pies son negros.


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