Exhumación poética de “Diario de un joven médico” (Mijaíl Bulgákov)

Gabinete de labios periféricos

 

Si algún escritor intentara demostrar que la libertad no le es necesaria, se asemejaría a un pez que asegurara públicamente que el agua no le es imprescindible.

Mijaíl Bulgákov

 

A los veinticuatro años, recién licenciado en medicina (especializado en venerología), el joven Bulgákov fue destinado, entre 1916 y 1917, a áridas y heladas tierras rurales de la Rusia Imperial para ejercer la medicina en condiciones de gran precariedad. La experiencia le empujó a la literatura y escribió nueve cuentos que conforman este Diario de un joven médico (1926), que otras ediciones han preferido mantener con su título original: Morfina. El ejemplar de mi gabinete cuenta con la traducción  de S. Casanova, revisada por Adrià Edo.

Morfina es el relato más importante del conjunto y se distingue del resto por estar escrito con una doble voz, método que no empleará en el resto de relatos, donde se utiliza estrictamente la primera persona. La vida de Bulgákov estuvo llena de cambios y sobresaltos, y a raíz de heridas recibidas en la guerra, los dolores provocaron que se administrara a sí mismo morfina. No sé si puede hallarse fuera de este cuento una mejor descripción de lo que supone la adicción a un opiáceo. Pero tras muchos esfuerzos Bulgákov pudo deshabituarse, cosa que debemos celebrar, puesto que de este modo podemos gozar del resto de su obra, donde destacan Corazón de perro y la que está considerada su mejor novela: El maestro y Margarita.

En Diario de un joven médico el autor cuenta así su experiencia de médico novato en unas tierras donde las carreteras pavimentadas, la electricidad, el automóvil o el teléfono son pura entelequia. En la Rusia zarista, estar a 300 quilómetros de Moscú significaba retroceder, como mínimo, un siglo.

Destaco en este Bulgákov primerizo el dominio del tempo y la habilidad para transmitir la angustia de un médico novato que debe, en solitario, casi sin material, atender por primera vez a una parturienta, extraer una muela, diagnosticar una enfermedad nunca vista, constatar los estragos de la sífilis en una población sometida a la miseria absoluta. Las inseguridades, el miedo atroz a causar una muerte por culpa de su impericia, recorren todo el libro. Recuerdo una escena especialmente dramática cuando, presa del pánico, abandona a su paciente en la camilla del modesto dispensario y sube corriendo hasta su habitación para consultar un vademécum a la luz escasa de un quinqué.

Y el paisaje. El paisaje eterno del frío y el fango, la nieve, la oscuridad total a lomos de un caballo desafiando una ventisca para poder acudir a una urgencia. El joven médico se siente abrumado e insignificante, mota de polvo entre escenarios inasibles donde se yergue el cíclope del miedo.

Para exhumar el poema utilizaré el número de cuentos que conforman la obra, 9. Así, decido tomar un verso de la novena línea de la primera y última página de cada cuento, componiendo un poema de 18 versos.  Excepción: dado que la página 197 tiene sólo cuatro líneas completas y una palabra en la quinta, me he concedido la licencia de elegir el verso libremente. He optado por titularlo Morfina.

 

Morfina

 

Junto al último almacén

una larga

lluvia caía durante días.

 

Todos los pasajes

soñaba,

con la garganta de acero

aceptó convertirse

con oro

de petróleo.

 

Las cosas

desde un lugar

diario,

aullando el tren rápido de Moscú.

 

Tomando

al espejo,

nunca más

entornó los ojos

perfectamente.


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