Eugenio Manuel Jutglar Calallonga, melancólico y relojero

Vidas ejemplares


Eugenio llegó al pueblo de Sant Ferriol d’Entremón a finales de la década de 1940, en un carromato a tracción humana tirado por Carmen María Calallonga. En el vehículo, dotado de un portentoso ingenio desplegable, estaba su taller de relojería con todos los instrumentos necesarios para reparar cualquier mecanismo delicado. Si conocemos su llegada al pueblo (y lo que aconteció a continuación) es justamente por las habladurías que despertó la sospecha: ¿marido y mujer eran primos? En ningún registro civil consta nada sobre ellos. Es como si su vida hubiese empezado ahí, en el instante de poner sus pies cansados y su tez polvorienta en la entrada a Sant Ferriol.

Eugenio Manuel dispuso su artefacto en la plaza mayor y su mujer se fue a pregonar por el pueblo la llegada del mecánico que arregla relojes, sextantes, astrolabios y autómatas. El suceso, en aquella España triste de mil novecientos cuarenta y pico, levantó revuelo. Uno de los primeros en acudir al relojero fue Mossèn Matabosch, que le llevó un reloj de bolsillo que funcionaba a la perfección: la intención del sacerdote no era otra que la de indagar, con ojo inquisitorial, la moralidad de la pareja. Se marchó satisfecho a medias: aunque nada disipó la sospecha del parentesco pecaminoso, el relojero juró que jamás había mancillado a Carmen María y que el suyo era un matrimonio tan casto como el de José y María.

Fue otro deambulante quien obtuvo la única imagen que se guarda del relojero y su prima: Julián Pastrana, fotógrafo, los retrató sentados en una mesa de la Fonda Guasch. Ambos están serios, con los ojos tan abiertos como si estuvieran viendo el ectoplasma de su abuela. Carmen María lleva el pelo recogido en un moño alto y sostiene un lápiz en la mano, simulando que escribe en una octavilla. Eugenio Manuel tiene un aire meditabundo y apoya la cabeza en su mano izquierda, dispuesta en la oreja. En la mesa le espera media botella de vino y un solo vaso. ¿Era abstemia, además de virgen, Carmen María? ¿Andaba aquejado de melancolía el relojero?

A los pocos años de su llegada, la pareja alquiló una buhardilla en la casona de Jeremías Balcells, quien los convenció de que lo hicieran mediante una cita del profeta Jeremías, su profeta predilecto: “Iréis a donde yo os mande”. Dos años más tarde, sucedió la tragedia: María Carmen mostraba un embarazo ostentoso mientras pregonaba por las calles del pueblo las ofertas de su marido el relojero (arregle dos relojes por el precio de uno, y llévese un amuleto de Santa Cipriana). El suceso alivió el tedio de Sant Ferriol, población en donde jamás sucedía nada y transitaba por los siglos carente de todo progreso. Los más moralistas, como Matabosch, pusieron el grito en el cielo y en las homilías dominicales. El capitán del Somatén sugirió darle una paliza ejemplarizante a la mujer, y los progresistas, al hombre. El doctor Melquíades Font recordó que, ya en los tratados antiguos, se reportó la lascivia en los enfermos de melancolía. Todo el mundo convino en que dos primos pueden casarse, pero no pretender la conjunción carnal, y que el suceso licencioso precisaba de un correctivo.

El relojero se encerró en la buhardilla, temeroso de la ira del populacho. Durante su confinamiento escribió un tratado sobre Alberto Durero, una copia del cual se guarda en el monasterio de Sant Benet: Tres axequias sobre San Austaqui. Compendi de mecànica, apicultura y castedat.

En una noche cerrada, un grupo de vecinos ferriolenses irrumpió en la vivienda del relojero. Este, aterrado, se emasculó y lanzó sus testículos contra la muchedumbre furiosa. Tuvo que intervenir la Guardia Civil de madrugada. Meses más tarde nació el bebé de Carmen María, acogida en la mansión de Saturnino Jumilla, en las afueras del pueblo. El niño, bautizado con dificultades teologales, tenía un milagroso parecido con Julián Pastrana, el fotógrafo ambulante del párrafo tercero, que fue interpretado por Mossèn Matabosch como una prueba de las bondades divinas y de sus intervenciones: Dios quiso borrar la huella del pecado, dijo (eso está recogido en la Hoja Parroquial). Pastrana no regresó nunca a San Ferriol, pero la fotografía que allí le hizo a la pareja todavía es admirada hoy en día por beatas dominicales, estudiosos de lo paranormal y pornógrafos católicos croatas.

El fruto del vientre de Carmen María Calallonga murió a la edad de 34 años, no sin antes haber escrito la novela de ciencia ficción y vampiros La redenció d’Oswaldo Manuel, considerada por Júlia Sillamón la pitjor novel·la catalana de tots els temps catalans.