¿Es la Navidad una moda? Comentarios al tuntún

Moda al tuntún

Difícil distanciarse de la Navidad, aunque en mi vida y en mi imaginario la Navidad ha ido debilitándose, diluyéndose en el mar de las pérdidas. Quizás la razón se halle en una lejana travesura infantil. Tendría entre cinco y siete años cuando amontoné todas las figuras del pesebre, acumuladas durante varios años, y con un rallador de tomate decidí obtener su materia prima: arcilla para moldear. No recuerdo que mis abuelos o mis padres reprobaran mi actitud. Retornados ellos también al ciclo de los elementos, celebro la Navidad sin particulares preparativos, sumando mi familia a la de mi hermano en una comida fraternal, abundante y de lenta digestión.

No gozan de mi simpatía estas fiestas, tampoco sus detractores concienciados o valedores interesados. Todos tienen motivos, esos días y el resto del año, para razonar sobre los males y parabienes que nos rodean. Desearía que dejaran de fastidiar con sus reproches al menos una vez al año; por ejemplo, por Navidad.

Como cada año, la publicidad de los perfumes de estética apestosa y lengua arrastrada y las ofertas-ocasión en la venta de automóviles, el cava-champán o champán-cava, el turrón de Jijona, el encendido de las luces ornamentales callejeras y los estrenos de los espectáculos teatrales musicales anuncian la llegada de la Navidad.

Suelo disfrutar de la clásica Fira de Santa Llúcia que, según el Baró de Maldà, se remonta a 1786. Huelo el corcho omnipresente y con preocupación observo los musgos y la presencia de líquenes (Cladonia mediterránea) y la maravilla del acebo y del rusco (mágica combinación del verde oscuro con el rojo), que mejor estarían en el campo. Fluyo entre las manadas de tiós, las ofertas de guirnaldas, coronas, lazos, bolas de todas las dimensiones, materiales y colores, estrellas, abetos naturales y artificiales, ponsetias, muérdago, y cien propuestas más que aproximan la ornamentación a un potlatch que podría metatizarse con unos espejos bien situados.

En mi deambular, observo con arrobo las figuras artesanales de arcilla y, con sorpresa, el aumento imparable de caganers. Afirma Paul Valéry: “El hombre es siempre el mismo. Un hombre que caga es, en ese instante, un ser eterno. Es idéntico a Moisés, a César, a Richelieu, al antropoide”. Esperemos que la iconografía anglosajona no venza a esta figura “eterna”; usémoslo incluso sin pesebre.

Adquiero algún pequeño animalillo de arcilla de los que tienen patitas hechas con clavos, que les dan rigidez y estabilidad, y un manojo de muérdago.

Parece ser tendencia el visitar los mercadillos de algunas ciudades europeas (Nuremberg, Tallin, Praga, etc.) para proveerse de ornamentaciones navideñas, pongos para épater le burgeois:

—¿Qué os parecen estas galletas pintadas a mano compradas en Christkindelsmark de Estrasburgo… da pena comerlas, no?

También puede uno proveerse de figuras de otras faunas como el familiar oso polar, el simpático reno o el elegante búho nival.

En fin, entre tendencias virales y la fluidez líquida de un mundo que hace aguas padeciendo sed, empodérese de Ud. y de su espacio y haga lo que venga en gana: Ud. es la moda.


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