Equilibrios

Con el agua al cuello

 

I

 

En la prisa de estos días ando librando un mal duelo. Al doblar las esquinas tropiezo con transeúntes que deambulan cansados. Cierto es que la vida cansa, pero en estos últimos tiempos, el deterioro moral persevera y lo peor de todo es que no llueve.

 

II

 

Tal parece que la sinrazón se ha apoderado de nuestro equilibrio. Las palabras mutan de significado al aplauso de los que no las piensan y nosotros, ajenos a la razón, en lugar de reivindicar la etimología de las cosas, asentimos y adoptamos ese nuevo diccionario de vocablos, como si todo fuese una primavera tardía.

 

III

 

Ni todas las luces nos alumbran ni todos los árboles nos sostienen. Conviene cuidar nuestra capilla y poner el acento en lo que importa. El viento traerá el milagro.

 

IV

 

Al miedo no se le sigue, no se le nombra, tampoco se piensa. Nos visita y nos viste y vamos cayendo de un exorcismo a otro, buscando la sombra de un ángel que roce con su piel la mezcolanza de la sonrisa de nuestro tiempo. La vida sigue siendo una aventura apasionante, un veneno que brinda y que mata pero que, a fin de cuentas, es siempre una fiesta.

 

V

 

Salgo corriendo como el que huye de un peligro, acelero el paso y siento como el peso de la vida se enquista sobre los hombros, tropiezo y para levantarme me apoyo en un tronco, con la mirada perdida tomo impulso y sigo. A mi paso observo el deterioro de la naturaleza que me recibe como a un milagro; si supiera que mis entrañas están viejas y de nada sirven no me desgastaría tanto con la vida. Sigo buscando el equilibrio en los ojos de los otros, quizás eso me ayude a encontrar el norte, a vivir de espaldas a la escucha. Hasta que eso no llegue, seguiré siendo ignorante de pleno derecho, semilla y cultivo para el escarnio.


Comparte este artículo


Más artículos de Ordóñez Montse

Ver todos los artículos de