El violinista

Cruzando los límites

 

Isaac esperaba en la cola con el violín en la mano. Era uno de los cien niños que esperaban turno en la oficina de inmigración de Brighton, en Gran Bretaña, judíos huidos de Alemania, huérfanos expulsados de su país porque, en los pogromos, los niños todavía no habían sido incluidos en las listas de exterminio.

Los británicos dudaban. Eran niños procedentes de ciudades y pueblos, ninguno analfabeto, pero eran judíos, mal considerados, como pasaría cincuenta años después con los norteafricanos, y las cuotas de entrada de inmigrantes estaban saturadas. Los niños tendrían que ser adoptados, pero las campañas de desprestigio del judaísmo propagadas por los nazis habían influido en los demás países. Hasta políticos como Churchill, que encerró en campos de prisioneros a todos los refugiados judíos, pensaban que aquella limpieza que estaban realizando los alemanes podría ser positiva para Europa: de vez en cuando pasa un dictador y hace de las suyas, pero antes o después muere y desaparece; luego, todo vuelve a la normalidad, la muerte de miles de inocentes no tiene importancia en el contexto de un imperio. Los propios británicos practicaban el bombardeo de la población civil para sembrar el pánico. Es mejor matar a unos cientos antes de que se extienda la rebelión, porque, de otro modo, luego tendríamos que matar a miles de inocentes.

Isaac no entendía lo que estaba pasando. Eran niños, ¿qué podían hacer con ellos? Dos días sin comer en una carpa fría, estrecha y desangelada, construida con lonas para resguardarlos de una lluvia que no cesaba de caer, inclemente, resbalando sobre la tela mientras formaba dibujos de serpientes. Isaac soñaba con la primavera de Vivaldi, con las variaciones de Ernst de La última rosa del verano, con la Danza de los duendes de Bazzini, con la sonata de Bach, con el Gran capricho de Puccini. De pronto, se arrancó con uno de los sueños de cualquier violinista, el concierto para violín en Re menor de Sibelius, que levantó las miradas de la decena de niños que tenían un violín entre las manos, su única propiedad y riqueza en aquellos momentos, una prolongación de su existencia. Muy pronto, otro niño se atrevió a seguir el hilo; más allá una niña, y cuando llegó el turno de la orquesta, los diez violines de la sala murmuraban al unísono: somos vida, somos seres humanos, somos el susurro del arroyo, el canto del pájaro, el ritmo de las olas, la armonía del trueno, somos vosotros llevados a la enésima potencia, si nos dejáis solos, estaréis matando al ser humano.

Nadie pensó en Werner von Braun, el científico que los norteamericanos protegerían desde el principio porque fabricará cohetes a reacción para ellos. Uno de sus precursores, un V2, cruzó el Canal de la Mancha hasta Brighton. Era la primera vez que un aparato sin alas, impulsado por la simple fuerza de su combustible, trazaba un arco invisible en el cielo, una bala enorme con la misma finalidad que una bala pequeña: la muerte.

Isaac sintió el silbido creciente. No el de los Stukas alemanes, que gemían como matronas encolerizadas a las que acaban de abrir el vientre, este sonaba como la caída de un halcón gigantesco que se ha quedado sin alas y chilla mientras ve próxima su muerte. Su sombra creció por encima de la lona y, aunque solo duró un instante, Isaac tuvo tiempo de apreciar su efecto sobre la luz de la farola que había en el exterior. Recordó el efecto oscurecedor de su profesor de música cuando se cernía detrás de él, y se agachó como si hubiera sido pillado en falta —y ahora me caerá una zurra—, pero lo único que hizo fue acortar la nota e improvisar un staccato, y la pausa se transformó en hecatombe.

En el centro del pasillo brillaba un quinqué con una luz dorada que oscilaba y transformaba la lona en una puesta de sol permanente, hasta que acabó por atravesar el horizonte. Isaac vio a su padre en una sala oscura. Miraba hacia el techo, donde las alcachofas de las duchas despedían una nube de humo tóxico. En aquel mismo instante, se produjo la conexión entre ambos —hubiera querido irse con él—, pero su madre le reclamaba, desnuda junto a otras decenas de mujeres ante un hombre con una bata blanca y un soldado alemán con el emblema de las SS en las hombreras del traje. El camino hacia el paraíso es retorcido, pensó aun antes de saber qué había pasado. Hubiera querido tocar el violín para consolar a su madre, que estaba aterida de frío y temblaba. Se encontró con su mirada, todos aquellos mares convertidos en lágrimas…, y fue como si el viento se lo llevara.

No estaba solo, todos aquellos niños se encontraban en el vientre de un dragón, los violines estaban carbonizados, como sus cuerpos inocentes, sus conciencias tuvieron un instante de júbilo antes de evaporarse. No hay dolor en una muerte súbita, pero hay una línea en que esta se convierte en un renacer rodeado de estragos, los propios y los de los demás. Isaac flotó durante varios segundos sobre el horror y le pareció ver a los demonios más allá del círculo donde la destrucción había sido completada. Entonces comprendió que cuando mueres ya no hay dios ni cielo ni infierno ni demonios a los que acogerse, que estos son una invención de los vivos para consolar a quienes han sido maltratados por el destino.

Con esta demostración, Von Braun acababa de firmar un contrato con los norteamericanos para la construcción de los primeros misiles balísticos intercontinentales. La muerte de los niños era una contrariedad cuyo culpable era ese loco, vegetariano y amante de los perros, que impuso su voluntad a ochenta millones de personas que ignoraban que formaban parte de una inmensa red de aniquilación. Su único pecado fue amenazar la integridad de las naciones con las que había firmado la paz, y poner en marcha el mecanismo para el que había sido creada la humanidad.


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