El primer axioma de la civilización

Leído por ahí

 

Para que haya civilización es necesario que los humanos acatemos la ley. Acatar. Eso es lo que nos distingue de los otros animales, exceptuando los perros. La moral, la razón, la cárcel.

Sigmund Freud lo explicó muy bien en El malestar en la cultura (1927). En nuestro interior conviven deseos eróticos y deseos destructivos. Queremos ser amados y, a la vez, querríamos ver muerto a quien nos ama. Pues bien, dice Freud, la civilización —la cultura— nace cuando el deseo erótico pasa por encima del deseo de destrucción. Esa función erótica (reunir a los individuos en familias, a las familias en tribus, a las tribus en naciones) nos vincula libidinalmente y se opone —de manera temporal— a la hostilidad que  despiertan en nosotros nuestros semejantes. ¿Cómo gestionar la tensión Eros-Tánatos para que la represión no salga demasiado cara? ¿Cómo mantener la cultura —el orden, el afecto, la seguridad…— para que el individuo, la familia y los pueblos vivan en paz?

La respuesta de Freud es conocida: hay que lograr que los individuos interioricen la ley a través del sentimiento de culpa. Ofender, herir a los demás, significa perder los afectos y todos deseamos ser queridos. Hay que conseguir que quien ofende se sienta culpable. Y hay infinitas maneras de ofender. Si conseguimos interiorizar la culpa, haremos de nosotros (de la familia, del pueblo) sujetos vigilantes de la conducta desviada. No hará falta cuerpo policial ni judicial. Sobrarán las prisiones. Cada cual será su propio juez y verdugo. «Así pues —concluye Freud—, la cultura se encargará de dominar la peligrosa inclinación agresiva del individuo al debilitarlo, desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada».

La ley. Esa es la clave. La moral, la razón. ¿Acaso no somos hombres?

No es por restarle méritos al doctor Freud, pero Nietzsche ya lo había anticipado en su obra Aurora (1881), ese libro que denuncia la tarea de filósofos y sacerdotes construyendo durante siglos los fundamentos de la moral. ¿Qué tiene la moral que tanto nos fascina y seduce?  Nietzsche lo sabe: la moral salvaguarda el orden y paraliza la libertad, sometiéndonos a rituales absurdos. No importa qué rituales ni qué mandamientos prescriba; lo fundamental es que prescriba algo. Como a los perros, nos gustan los collares.

«Hay pueblos bárbaros —escribe el sabio alemán— que imponen reglas penosas y, en el fondo, superfluas (como por ejem­plo entre los Kamtschadales la de nunca quitar la nieve de los zapatos con el cuchillo, la de nunca pinchar un carbón con el cuchillo o la de nunca colocar un hierro en el fuego ¡y la muerte cae sobre el que actúa en contra de estas órdenes!), pero que mantienen en la conciencia la obligación constante de ejercer la moral y así con­firmar el gran axioma con el que se inicia la civilización: toda moral es mejor que la falta de moral». Apúntese el tanto.

Moraleja

Considerando lo anterior, trate de guiarse en lo sucesivo por las normas siguientes:

—Si cree que Nietzsche y Freud se equivocan en su diagnóstico, no siga leyendo. ¿Para qué aconsejar a quien ya goza del apoyo de todos los moralistas que en el mundo han sido?

—Pero si no acepta la telaraña de la moral, huya, si tal cosa es posible, y aléjese de la civilización. Acomódese a vivir sin leyes, sin moral, sin raciocinio.

—Viva como lo hacen algunos animales, sin competir ni culpabilizarse. Y no tema perder el aprecio de sus semejantes. Si vive a su aire, alguno de sus conciudadanos dejará de quererle, pero siempre habrá alguno que aprecie su coraje. Y si no fuera así, piense que la libertad es para los valientes; y la soledad también.


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