El ojo en la boca de la serpiente

Cruzando los límites

 

Los conectores neuronales permitían entrar en la mente de otra persona a través de internet. Eso generó, desde el primer momento, un fascinante negocio de replicantes que pagaban por experimentar las vivencias de los llamados másteres o replicadores. La primera vez que lo utilizó, Aladín sintió como si se hubiera metido en la boca de una serpiente y el veneno le hubiera entrado a través de los colmillos en los ojos. Se meó encima y se corrió.

Se tomaba como un juego, pero tenías la sensación de lanzarte por una montaña rusa camino del infierno, porque quienes cobraban por dejarse replicar, los másteres en cuyas mentes y vivencias entraban los replicantes, eran aventureros de riesgo o militares. Dejarse picar por una cobra, meterse de lleno en un termitero de dos metros o en una madriguera gigante, plantarse en el camino de un elefante, someterse a una operación sin anestesia o adentrarse en una de las guerras que salpicaban el medio Oriente eran las opciones más corrientes. Por poco dinero, se podía sentir el dolor ajeno sin padecer las lesiones, y más de uno hubiera deseado saber lo que se siente dejándose empalar si no fuera porque tras el placer vendría la muerte. 

Sin embargo, Aladín buscaba algo más, y en la red oculta de internet encontró ofertas que acababan con el fallecimiento del individuo. Los suicidas podían dejar una fortuna a sus seres queridos si tenían muchas replicaciones. El candidato incluso podía contratar un asesino para morir de forma inesperada, aunque convenientemente replicada en tiempo real por miles de personas que querían experimentar su sufrimiento. Pero lo que Aladín buscaba no era replicar a la víctima, sino al asesino, en una especie de lotería rusa en la que uno de los replicantes moriría después de que todos pagaran una buena cantidad de dinero como aspirantes al deceso.

Por fin, encontró lo que buscaba, un policía corrupto que, de forma anónima, ofrecía replicaciones hasta el último suspiro por una elevada suma. Era miembro de una unidad antiterrorista con autoridad para disparar antes de preguntar. En un mundo colapsado por el cambio climático y los nacionalismos religiosos, había tantos terroristas que para matarlos no hacía falta justificación. El policía siempre encontraba individuos marginados en los bajos fondos por los que no apostaría ni el más tonto de los demonios. 

Un día, temprano, Aladín recibió el mensaje de que el policía iba a conectarse después de medianoche. Tendría un millar de replicantes y uno de ellos iba a morir. ¿Aceptaba el juego?

Aladín contempló la cama que llevaba meses sin hacerse, sucia y llena de restos de vómitos y mierda que se había secado en las sábanas arrugadas, y aceptó. Pidió un préstamo a una empresa que ofrecía créditos para el juego en red. Entre otros vicios, jugaba mucho al póker, unas veces ganaba y otras perdía, y nunca tenía dinero. Cuando se lo reclamaban, se declaraba en quiebra, la justicia le daba la razón y el prestamista lo olvidaba porque, en realidad, su mierda de dinero no importaba a nadie, era más fácil obtenerlo restando un buen porcentaje a los ganadores que pedirlo a la mala turba de perdedores que no lo querían devolver. 

Ese día, limpió la casa, pidió cajas en el supermercado más cercano y tiró todos los platos, ollas y sartenes sucias que había en la cocina. Fregó el suelo y las paredes con la misma fregona destartalada. Hubiera querido arrancar la encimera por lo asquerosa que estaba, pero al final se entregó a limpiarla, recogió y tiró al contenedor más cercano toda la ropa sucia, y un pakistaní se llevó los pocos libros de papel que le quedaban. Cuando acabó, contempló el resultado, no tenía ropa, el colchón estaba sucio, las paredes manchadas, había pies cerca del techo, aunque no recordaba cuándo había aprendido a volar. Miró la ventana cerrada y no entendió por qué no se había arrojado por ella cuando tuvo valor, y dedujo que nunca había tenido valor.

A las diez de la noche se duchó y después limpió en la medida de sus posibles el cuarto de baño, aunque no pudo eliminar las rayaduras del espejo, donde su rostro, habitualmente contraído, había adquirido una paz extraña, como si las garras de un gato lo hubieran atravesado de norte a sur y en lugar de aplastarlo lo hubiera perdonado. Se colocó el conector y se echó en el colchón que olía a meados, desnudo, temblando de emoción. 

Cuando entró en la mente del replicador, era muy consciente de que había suprimido todos los cortafuegos y de que no podría volver a su propia conciencia hasta que terminase la función.

Tuvo dos orgasmos cuando descubrió que el edificio en el que entraba el policía corrupto era su edificio, que las escaleras eran sus escaleras y que la puerta que estaba abriendo con un decodificador era su puerta. Y no tuvo un tercero porque empezó a convulsionar de placer ante la cercanía de la muerte, y sus nervios colapsaron. Se vio a sí mismo en los ojos del policía, desnudo, escuálido, luchando contra la sujeción que él mismo se había colocado. Era la imagen del terror, el grito de Münch en toda su amplitud, un rostro sin rostro, unos ojos ciegos, el paisaje ondulándose en aciagas llamas, la pared donde solía vomitar convertida en el horizonte, con el sol estallando y las lenguas de fuego resbalando hasta el suelo.

El policía abrió la boca por primera vez. Susurró algo, y entonces vio que no estaba solo, con él venían dos hombres que cortaron la cinta americana, lo cogieron por las piernas y los brazos y lo arrastraron al estrecho cuarto de baño, donde le metieron la cabeza en el inodoro, la otra pieza que no había conseguido limpiar del todo. La primera inmersión duró treinta segundos. Entonces fue consciente de que era a la vez el asesino y la víctima, se vio a sí mismo empujando su propia cabeza y sintió que se ahogaba, pero era incapaz de expresarlo con gestos o gritos, porque su rostro era el rostro sereno del policía. De pronto, sintió el mismo placer que aquel asesino. Estuvo a punto de correrse otra vez ante su propia muerte, alcanzó el nivel más elevado de replicación, hundió la cabeza en la taza buscando el agua y se produjo una especie de cortocircuito en el conector. En ese momento, se convirtió literalmente en dos personas, y las dos se estaban ahogando. El policía cayó de rodillas al suelo, exhausto, buscando el aire que a él le estaba faltando.

Enfurecido por haberse convertido en víctima y asesino a la vez, replicando a uno de sus replicantes, el policía lo sacó del agua sucia que llenaba la porcelana del inodoro y que parecía que se quería beber, y lo tiró al suelo. Acto seguido sacó una pistola y le disparó en la frente. 

Los dos sucumbieron al instante a los colmillos de la serpiente, el mismo veneno, la misma muerte.