El muro

Escalofríos

 

No sé el tiempo que llevamos avanzando. Me recuerdo siempre caminando por este terreno árido y pedregoso. El agua escasea y la comida nunca es suficiente para todos. Somos muchos, demasiados, y llevamos demasiado tiempo en marcha. A pesar de ello, pese a que nuestro caminar parece no haber tenido un principio, aunque parezca que no tiene fin, estoy convencido de que lograremos nuestro propósito.

Mis padres hablaban de este camino como de algo que debíamos aprender, algo que debíamos grabarnos a fuego en nuestras mentes y en nuestros corazones. A ellos —me decían— se lo enseñaron sus padres y a estos mis bisabuelos. Son generaciones y generaciones que se pierden en lo más recóndito de nuestra memoria las que llevamos caminando para lograr un fin que —nos dicen— nos dará felicidad, seguridad y esperanza en el futuro.

Entre medias de los miles y miles de millones de pasos que hemos dado han surgido muchos problemas, infinidad de contratiempos y una sucesión aleatoria de abatimientos y desesperanzas y, de nuevo, de fortalecimientos de las voluntades de toda la comunidad. Cíclicamente se han caído los ánimos por la rutina del camino para volver a avivarse por la valiosa contribución de algunos que han logrado revitalizar las fuerzas de esta gran caravana. Una caravana que no solo se extiende en el tiempo; también lo hace en el espacio. Ocupamos una extensión visualmente infinita que marcha siempre en una dirección: avanzando.

No es fácil hacerse una idea de lo que esta agrupación de seres puede ocupar, pero mis paseos transversales a otras zonas de la congregación me ha permitido recapacitar acerca de la potencia y de la energía que todos juntos somos capaces, o podríamos, o podremos ser capaces de mover. El espacio por el que caminamos lo recuerdo desde niño de una manera uniforme, siempre igual: una extensión plana y llana, amarilla y seca, desnuda y polvorienta que se prolonga invariable un paso tras otro, demos los pasos que demos. Y nunca dejamos de darlos. Me da miedo pensar qué podría pasar si nos detuviéramos. Seguramente el conjunto enfermaría, se aletargaría y acabaría muriendo. Nuestro destino… no, nuestro camino es seguir avanzando para alcanzar nuestro destino.

A veces, en mis paseos de reconocimiento, curioseo por otras zonas de la gran marcha y descubro que a muchos no puedo entenderlos. Estamos unidos en este gran viaje pero no somos todos iguales. Ni en nuestro aspecto, ni en nuestras vestiduras ni en nuestra manera de comunicarnos. Hay quienes comen cosas que yo nunca me llevaría a la boca y me lo cuentan con palabras incomprensibles y una sonrisa de satisfacción en sus rostros. Me satisface comprobar que, pese a que nuestras costumbres, nuestros ropajes y nuestros vocablos sean diferentes, todos caminamos en una misma dirección, logrando con ello —así lo creo de verdad— una fuerza imparable que será capaz de derribar cualquier obstáculo, cualquier barrera, cualquier inconveniente que se nos ponga por delante.

No puedo esconder que las penurias se hacen a veces insoportables. La escasez de viandas —nos escasea casi todo— y la falta de comodidad pueden llegar a ser difíciles de aguantar, incluso insufribles para muchos. Y así ocurre que mucha población de nuestra inmensa y heterogénea comunidad caminante se va quedando por el camino. Algunos se detienen, desalentados porque el fin que perseguimos, nuestra meta soñada, está siempre, desde hace tiempo inmemorial, un paso más allá del paso que damos, un paso más allá del horizonte que vemos. También los hay que desesperan por la monotonía del presente eterno en que parece que vivimos y, descreyendo de las promesas de un futuro prometedor, se rinden y detienen sus pasos para dejarse consumir por los crueles elementos de este entorno tan poco amigable que sempiternamente nos rodea.

Imagino a nuestra gran comunidad como si fuera una gran mancha de pintura que una gigantesca paleta de pintor extiende por una infinita superficie y va dejando pequeñas salpicaduras a medida que avanza. Esos churretes, esos lunares son los que se quedan, aquellos que pierden las esperanzas de alcanzar nuestro destino. Unas renuncias que acabarán siendo absorbidas por la gran extensión árida por la que caminamos. Porque hay que seguir avanzando y el camino debe seguir delante de nosotros, abierto, inmaculado, deseado… hasta que, al fin, logremos acercarnos a nuestro objetivo, al propósito de nuestro movimiento, al sentido último de toda nuestra existencia.

No debemos dejar de caminar, siempre hacia adelante, sin mirar nunca hacia atrás. Supongo… Es lo que creo y me han enseñado. Sí, nuestros pasos deben seguir plantándose uno detrás del otro para seguir avanzando.

Hay leyendas y cuentos en nuestro inmenso grupo que hablan de otras épocas y de otros propósitos. Pocos hacen caso de ellas porque el esfuerzo por seguir avanzando es tan inmenso que no conviene arrastrar más peso que el físico. Es mejor dejar a nuestras espaldas las cargas emocionales, o las intrigas fantásticas, o los sueños ilusos. No hay más realidad que la de seguir avanzando. No podemos parar, porque, además, circulan muchos rumores de que el destino está próximo, de que no tardaremos en alcanzar nuestro objetivo. Regularmente aparecen runrunes, que se transmiten como el eco, sobre el final de nuestros pasos, sobre un final que nos convertirá en individuos más sanos, más relajados y tranquilos, en personas que no sabrán de temores ni de amenazas y que transmitirán serenidad a sus descendientes. Al menos eso es lo que dicen las profecías, eso es lo que cala en el ánimo de los que avanzamos, lo que nos da fuerzas para seguir en ruta.

Quizás sea lo mismo que inundó el espíritu de nuestros padres, de nuestros abuelos, de los abuelos de estos y de los tatarabuelos de aquellos. Puede que nuestro caminar lleve siendo un bucle interminable desde hace muchas generaciones. A veces pienso que eso puede ser así, pero abandono pronto esas ideas porque, de no hacerlo, es seguro que detendría mis pies, que dejaría de caminar y acabaría convertido en uno de esos pequeños lamparones que van quedando desleídos en el terreno por el que pasamos. Debo ser fuerte y seguir caminando junto a los míos, junto a los otros y a los de más allá. Todos avanzamos hacia el mismo lugar y dejar de dar pasos solo conduce a la autodestrucción personal y social.

El grupo seguirá caminando, conmigo o sin mí, en pos de esa deseada meta, de ese destino anhelado.

La inmensa superficie que ocupa nuestra ingente sociedad avanzando por este descomunal terreno hace que, pese a tratar de mantener una uniformidad en el paso, en el caminar, unos estén más avanzados que otros por lo que algunos están más cerca del destino que los demás. Esto también provoca una sucesión de dimes y diretes que proceden de la vanguardia y van transformándose a medida que se mueven a posiciones más retrasadas del grupo. Así se crean muchas de esas leyendas, o cuentos, o farsas sobre nosotros mismos… que cada uno interpreta de distinta forma.

He podido escuchar narraciones tan disparatadas que he llegado a creer que nuestro mundo está loco. Otros tratan de compensar esas cantinelas con informaciones que pretenden ser fieles a la realidad, aportando datos ante los que —dicen— nadie podría dudar. No sé. He escuchado tantas cosas durante la vida que llevo caminando junto a los demás que, en contra de lo que dice mi fe en el destino, a veces tengo dudas de si merece o no la pena seguir caminando. Hay quienes me dicen que es bueno dudar porque eso acabará reforzando la verdad de nuestro propósito. No sé cómo interpretar eso… pero esto no es más que otra duda que apuntala esa proposición. De momento, he de seguir caminando junto a todos los que formamos esta inconmensurable comunidad. Y así se lo digo a quienes me rodean… pese a mis dudas.

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Llegan voces de las primeras líneas de nuestro caminar que hablan de una novedad en el horizonte. Corro hacia el frente de nuestra masa caminante para comprobar de primera mano si eso es así o es otra de esas vacuas informaciones que nunca cambian nada, para ver si algún obstáculo, alguna irregularidad o anomalía en este yermo paisaje puede convertirse en el principio del fin de nuestro camino, de si algo diferente puede convertirse en la puerta de entrada a ese destino hacia el que nos dirigimos.

Fatigado por la carrera, sudoroso por el esfuerzo, llego a la vanguardia y me sorprende el testimonio físico que, esta vez sí, significa una novedad en nuestro eterno viaje: una línea difusa, desenfocada y lejana rompe el corte eterno entre tierra y cielo, matiza ese horizonte inmenso que, desde que recuerdo, siempre hemos tenido por delante. A medida que avanzamos, esa línea va tomando consistencia, creciendo en altura, tanto como crece nuestra ansiedad. Paso a paso va dibujando sus perfiles y afianzando su presencia en forma de muro. Un muro infinito que cierra el paso frontalmente a nuestro avanzar. A derecha e izquierda, asimismo, se pierde en una fuga sin fin confundiéndose con otros horizontes tan lejanos como este con el que acabamos de toparnos lo estuvo durante miles y miles de eones.

Un muro que crece tanto que cuando creemos estar ya a punto de tocarlo tenemos que torcer nuestro cuello hacia atrás para mirar hacia arriba y tratar de ver el límite hasta el que se alza.

¡Qué cambio! No sé si para bien o para mal. Pero la pared ante la que nos hemos topado nos ha obligado a detenernos. Una parada difícil pues los que van más atrás no alcanzan a vislumbrar la imposibilidad de seguir avanzando.

Cuando, por fin, nos paramos, una sensación extraña nos embriaga a todos, mezcla de emociones contradictorias que no sabemos decidir si son de júbilo o de desesperanza. Se nota que, aunque cada uno lo traduzca según sus costumbres, todos sabemos que hemos llegado a algo, a algo que nos impide seguir adelante y que nos ha cambiado la vida por completo.

Infinidad de discusiones, de reuniones, de conversaciones y de sentencias se expanden por toda la comunidad para decidir qué es lo que debemos hacer. Porque todos pensamos que un muro no puede ser nuestro destino.

Aparecen líderes e ideólogos de todo pelaje tratando de dictar sentencia, de atemorizar o de ilusionar con sus pareceres pero, poco a poco, se va imponiendo la idea de que si hay un muro es para detener nuestro paso e impedirnos alcanzar lo que hay tras de él, nuestro destino, nuestro paraíso, nuestro cielo.

Una idea que se propaga rápido como el viento y se hace fuerte en el ánimo de todos, lo que proporciona a aquellos que la propusieron y la defendieron una notable fuerza para dirigir las siguientes acciones de toda la comunidad… ahora detenida. Dado el inmenso poder y eficacia que todos juntos y organizados podemos ser capaces de desplegar, se decide que escarbemos en la piedra del muro para que, poco a poco, consigamos penetrar en su dureza y logremos abrir una puerta, un paso para lograr lo que tras su consistencia se oculta.

Nos turnamos, se turnan, unos, otros, los de más allá, sin descanso, para lograr ese hueco y lo hacemos en distintos lugares de la pared. Unas zonas parecen inexpugnables y ni una muesca, ni un arañazo son capaces de marcar su solidez. En otras, despacio, se va logrando un pequeño agujerillo, otro, uno más grande, más profundo, inmenso… casi un túnel, realizado con herramientas frágiles y con la firmeza de nuestro tesón, de nuestra voluntad por traspasar el muro.

Un grito de júbilo, un chillido de emoción se escucha en uno de los espacios arañados de la pared. Alguien ha abierto una minúscula oquedad por la que atraviesa la luz del otro lado. Una vorágine de cuerpos se abalanza hacia el lugar. Una turba de ánimos se apresta a poner sus manos, y su vida incluso, para ayudar a que esa rendija se convierta en puerta y se transforme en el paso que nos ha de llevar a nuestro fin deseado.

Los elegidos como líderes, habida cuenta de que su propuesta da los frutos deseados, ponen orden, piden calma y tratan de organizar el barullo de sensaciones arrebatadas que se están acumulando en el conjunto de esta sociedad, ahora inmensamente confusa. Es importante que ahora todos mantengamos la calma, pues el objetivo de nuestro eterno caminar está a punto de alcanzarse, ese paraíso soñado que suponen, aseguran, está tras de ese muro simbólico que estamos logrando horadar.

Se colocan parapetos y controles para organizar el paso y, además, controlar y mitigar la turbación. Unos pocos comienzan a decidir quiénes deben seguir picando la pared y quién será el primero en atravesarla. Desconcertados, todos aceptamos, todos asumimos nuestra debilidad ante este difícil trance y nos dejamos organizar.

Como si fuera un milagro, un dedo de quienes deciden me señala. Voy a ser el que va a pasar primero a través del hueco del muro, el primero en ver nuestro paraíso, el primero en sentir su generosidad y calidez.

Temblando por la responsabilidad y emocionado por el inmenso regalo que se me ha hecho, me dejan atravesar los parapetos, entro en la oscura oquedad que tiene aquel destello de luz al fondo y, armado con un pequeño mazo de madera, golpeo el ya frágil resto de muro que nos separa…del horizonte.

De un nuevo, el horizonte.


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