El invasor

Ultramarinos y coloniales

 

Según las estadísticas es más probable que te parta un rayo a que te ataque el terrible monstruo de las alcantarillas a través del inodoro. Visto así, me tocó la lotería.

Sucedió un domingo. Me había despertado tarde. Y como no tenía planes, me lo había tomado con muchísima calma: desayuno de campeón, un par de cafés y, para rematar la faena, la gran cagada, operación que, aparte de lo obvio, incluye leer un libro hasta que las piernas empiezan a quejarse. En esas estaba cuando, de repente, sentí que mi culo era asaltado a traición. Pegué un salto e intenté pillarlo por la cola, pero el terrible monstruo de las alcantarillas serpenteó entre mis nalgas y acabó de introducirse dentro de mis intestinos. ¡Dios, qué estúpido me sentí! Había leído acerca de otros ataques, pero te dices que estas cosas sólo les pasan a los demás. ¿Cómo hubiera podido imaginarme que, de todos los retretes que hay en mi ciudad, el muy cabrón iba a elegir precisamente el mío? No perdí el tiempo lamentándome. Juro por mi madre que pujé más duro que una partera. Sin embargo, sólo conseguí que me saliera la hemorroide. Necesitaba ayuda profesional. Me duché, me vestí y pedí un taxi para ir al hospital.

Hay pocos sitios más tristes que un servicio de urgencias en domingo. El hospital funciona a medio gas, los médicos están de guardia y los pacientes se acumulan esperando una cama. Así que, dentro de tus posibilidades, lo mejor es enfermar entre semana y, ya puestos, de nueve a tres.

—¿Qué le pasa? —me preguntó la enfermera de puertas.

—El terrible monstruo de las alcantarillas se me ha metido por el culo, señorita —le contesté bajándome los pantalones para enseñarle los destrozos.

—Ya… —me dijo ella haciéndome un gesto para ahorrarse el espectáculo.

Me tomó los signos vitales, me dio una pulsera con mis datos y me envió a la sala de espera de nivel uno. Por muy cutre que parezca, oír que mi caso era digno de nivel uno me llenó de orgullo. Pensé que eso significaba que era de la máxima prioridad. Sin embargo, cuando entré en la sala donde estaban esperando otros “nivel uno” como yo, me di cuenta de que era justo lo contrario. Me habían puesto en la cola de los catarros.

Esperé un par de horas sentado entre un anciano que tosía y una chica con un sarpullido. De vez en cuando, un pimpollo con cara de asustado asomaba la cabeza para llamar al siguiente paciente. Supongo que sería el médico, aunque no llegué a saberlo, pues me largué para no pillar un microbio que me pusiera malo de verdad.

Salí del hospital en pie de guerra dispuesto a demostrar al terrible monstruo de las alcantarillas que había elegido el culo equivocado. El primer tugurio que encontré abierto era una cantina mejicana. Me pareció perfecto. Pedí una botella de tequila, el salero y unas rodajas de limón, y me puse a darle a la medicina. Volví a casa borracho como una cuba, con las tripas bailando rancheras y un número de teléfono garabateado en cada mano. Llegué tan apurado que eché la primera cagada en el recibidor. Aunque expulsé unas cuantas larvas, el gordo ni siquiera enseñó la patita. Agarré una chancleta para aplastar a las larvas, que no sé si eran tontas de por sí o si estaban atontadas por el tequila, pero las masacré en un plis plas.

—Hoy me has vencido —dije en voz alta para que me oyeran ahí dentro—. Pero mañana verás.

Al día siguiente fui a trabajar como siempre. Eran tiempos duros y te despedían a la primera falta. Por la tarde compré una caja de laxantes. Visto en perspectiva, fue un error. Me tiré más pedos que una vaca y cagué un montón de larvas, pero el terrible monstruo de las alcantarillas seguía aferrado a mis entrañas. Me senté en el sofá para reflexionar mientras me daba unas friegas. En parte, lo hacía porque me dolía la tripa, pero también había algo instintivo en aquel gesto. Aunque fuera un mal bicho, albergaba vida en mi interior. Hasta me había aprendido sus rutinas. Por la mañana trepaba por el lado izquierdo, cruzaba por debajo de mis costillas y bajaba por el lado derecho. Por la noche recorría el mismo camino en sentido inverso. Supongo que se iba hasta mi ano para soltar los huevos. Pero, fuera cual fuera el motivo, no parecía que tuviera planes de dejarme. Y yo que me dije: ¿Acaso le has ofrecido algún incentivo para que lo haga?

Pasé las noches siguientes en cuclillas con un plato entre las piernas con un cebo. La fruta no le hizo ni frío ni calor. El pescado, por el contrario, debía disgustarle, pues se revolvió dentro de mí como un demonio. Sin embargo, nadie con un mínimo de paladar le hace ascos a un solomillo de ternera con foie. Apenas dejé el plato en el suelo, el monstruo se escurrió por completo a través de mi ano. ¡Qué feo era el cabrón! Medía más de un palmo de largo y tenía garfios en la boca y púas en la cola. Levanté mi chancleta asesina para darle matarile. Pero el monstruo esquivó el golpe, se subió al retrete de un salto y se marchó por el desagüe llevándose mi solomillo de propina.

Celebré el triunfo con una botella de tequila para deshacerme de las larvas. Puede que me excediera un poco con la dosis, pues tengo un recuerdo muy vago de esa noche.

Desde entonces, no he vuelto a tratar con el terrible monstruo de las alcantarillas. Tampoco he cambiado mis hábitos. Cuando tengo tiempo, sigo haciendo la gran cagada. No me considero un temerario. Simplemente, no conozco a nadie a quien le haya tocado la lotería dos veces. Y si alguien os dice lo contrario, no seáis ingenuos. Comprar boletos ganadores es el truco más viejo del mundo para lavar dinero negro. Así que ya lo sabéis. Si alguna vez se os mete por el culo el terrible monstruo de las alcantarillas, solomillo de ternera con foie. Al punto. Si puede ser, un poco sangrante. Según mi experiencia, mano de santo.

 


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