El imbécil del día

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Un programa reciente de televisión de las mañanas tiene una pequeña sección que se titula El imbécil del día, para que nos riamos unos minutos. Se trata de presentar a una persona a la que no le sale bien la cosa: un ladrón lanza una piedra al cristal de un coche y la piedra le rebota en sus narices y lo deja tambaleante; una chica prueba un monopatín en una tienda de juguetes y al intentar dar el giro se cae de bruces en el suelo rompiéndose un diente; un joven sostiene con sus manos una gran tortuga, intenta besarla y esta le muerde los labios.

La entrada del diccionario de la RAE define imbécil así: tonto o falto de inteligencia. En la literatura, esta categoría ha aparecido en narraciones, tragedias y poemas. Lev Tolstói escribió el cuento Iván el imbécil, traducido por otras editoriales por Iván el tonto. Pirandello escribió El imbécil, tragedia en un acto. Xandro Valerio, poeta andaluz,  dedicó un poema al tonto del pueblo:  El tonto. La narrativa actual también ha escrito sobre esta categoría. Elvira Lindo: Yo y el imbécil. Chus Iglesias: El imbécil de mi hermanastro. O, para poner un último ejemplo, Marga Iriarte en las páginas de La Charca literaria: Tonto impulso, refiriéndose a Fulgen (Fulgencia).

¿Es lo mismo un tonto que un imbécil? A las personas que aparecen en la sección  El imbécil del día no las podemos considerar  imbéciles o tontas. Diría que no han sido hábiles, que se han equivocado  o que no han tenido fortuna. Al imbécil se le reconoce cuando habla, y ninguna de las personas que aparecen en El imbécil del día habla.

En una entrevista que Jean-Philippe de Tonnac  realizó a Umberto Eco y a Jean-Claude Carrière juntos, publicada en  Nadie acabará con los libros, conversan los dos eruditos escritores sobre la distinción entre tonto, imbécil y estúpido, y su diálogo nos puede ayudar mejor que el diccionario a entender el significado de estas palabras y a poner un poco de luz a tanto embrollo.

Umberto Eco dice que el tonto es el que se equivoca al llevarse la cuchara a la frente en lugar de a la boca; es el que no entiende lo que le dices. Considera que es un caso simple. El imbécil es aquel que en un determinado momento dirá aquello que no debe decir. Se equivoca y mete la pata involuntariamente.

El estúpido es un caso más complejo y peligroso porque parece que razona de forma correcta, y es difícil darse cuenta que no es así.

Eco concluye que “la dificultad para establecer si una persona es tonta, imbécil o estúpida procede del hecho de que estas categorías presentan tipos ideales. A menudo encontraremos en el mismo individuo una mezcla de las tres actitudes juntas.”

Y, en efecto, la realidad es mucho más compleja que las categorías y, en algunos programas de televisión, aparecen personajes  que reúnen esas tres actitudes a la vez y no salen precisamente en la sección El imbécil del día, sino en algunos debates, tertulias y otras especialidades televisivas.

Jean-Claude Carrière, que es coautor del Dictionnaire de la bêtise, —diccionario que recoge tonterías, imbecilidades, estupideces, errores de juicio, fantasías o hipótesis descabelladas que se han dicho a lo largo de la historia y que han podido afectar al conocimiento humano universal—, contesta a Eco  que lo primero que se descubre estudiando la bêtise  “es que somos imbéciles también nosotros. No se trata a los demás de imbéciles si no nos damos cuenta de que su imbecilidad es un espejo para nosotros. Un espejo permanente, preciso y fiel.”

Eco añade otro peligro: “existe también el riesgo de caer en otra paradoja que fue enunciada por Owen. Todas las personas son imbéciles excepto usted y yo. Pero también usted, si le digo la verdad, ahora que lo pienso…”.

Y esta paradoja se da en  televisión cuando  escuchas a algún político,  periodista, economista, banquero o historiador que nos toma por imbéciles al decir  lo que piensa. Son paradójicos y peligrosos.  Se podría crear para ellos una  sección como El político imbécil, El periodista imbécil, etc., porque estos sí que hablan, no como las personas de El imbécil del día. O crear una sección genérica con el titulo El tóxico del día. Entonces podríamos aplicar aquel viejo recurso que todos conocemos: “apaga y vámonos.”

El otro día tuve que aplicar ese viejo recurso y cambié de canal. Después de ver una película muy antigua de un militar británico, el Agente secreto 007, leo en la cama un periódico digital. Encuentro un artículo con un título muy extraño del periodista y escritor John Carlin: Golpe de Estado en EE UU. Y me pregunto: ¿un golpe de Estado en EE UU? Carlin comenta el libro reciente sobre Donald Trump que ha publicado Bob Woodward, el periodista que destapó el escándalo de Watergate y que acabó con la presidencia de Richard Nixon. En uno de los párrafos Carlin dice que, en su libro, “Woodward nos ofrece la tranquilidad de saber que los militares que rodean al presidente no sólo son plenamente conscientes de que su comandante en jefe es un imbécil sino que lo tratan como tal.”

En fin, así están las cosas, pero no deberíamos confundir el infortunio de El imbécil del día con la imbecillităs.


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