El hombre que caminaba siempre con un billete en un bolsillo

Solo, por favor

 

Culebrea el vino derramado sobre el hule, allende los mares, antes de precipitarse al vacío ignoto del planeta plano que es la mesa en torno a la que se sientan Pascasio Retuértez, Severina Crida y Anselmo Villaluenga. Amigos hace diez minutos. Ahora comparten ceños fruncidos, uno para todos y todos para uno, a ver quién desenvaina primero. En realidad, todo es falso, incluida la falsa máquina de billetes falsos. Todos son culpables, primos sin padres hermanos, estafados por un propósito común.

Por azar o por destino, Ganapán de Montemayor llegó a la encrucijada despacio y sin temporal. Descargó las alforjas del rucio junto al mojón, secó el sudor de la frente y se recostó sobre el abrasado tapiz de hierba. Apenas tres minutos en apaciguar el insomnio, lapso durante el que se meció entre cirros, cúmulos y estratos, que si no los vio, bien los soñaba. Le caía la lengua levemente sobre el labio inferior, deshidratándose a la intemperie, haciendo las veces de alero bajo el que se deslizaba placentero un murmullo de babas. Nada le hizo presagiar que del sueño despertaría igual de pobre, pero sin nada que le faltare a partir de entonces ―si es que eso es ser pobre―. Cuarentón de los que frecuentan el bar del pueblo, desprendido de la generación, soltero y sin hijos, barba de tres días y frases para cualquier asunto, generalmente con escaso o nulo conocimiento. Tonto no era, tampoco, pero no era ese hombre de mundo ni de historias jugosas al que asistían embobados los paisanos de la taberna del ciervo blanco. No, no era Harry Purvis. Era más de botellín que de caña, rara vez de chato, y algún viernes caía algún pelotazo de escocés o segoviano, que lo mismo daba. Se presentaba así aquella noche del primer viernes de septiembre, según se levantaba Ganapán de la dulce siesta, sacudiéndose las hierbas secas que inundan los campos castellanos acabando el verano, según iba pestañeando para sacudirse la molicie solar que aún castigaba el horizonte oriental….

No había reparado en el papel hasta que se echó mano al bolsillo. No habría reparado en gastos de no haber advertido que el papelajo era un hermoso billete de cincuenta euros. Motivo por el cual se limitó a pedir un botellín sin más. Manolo El Pipas parecía de buen humor aquel viernes:

—Y unos cacahuetes, Ganapán.

Nuestro protagonista le dedicó una sonrisa sin dejar de acariciar el preciado billete que guardaba en el bolsillo del pantalón. Por más memoria que hacía, no lograba recordar la procedencia del inesperado tesoro. Había mirado en las alforjas de la borrica, sin ningún indicio, más allá de las cebollas y los tomates que subía del huerto. El billete no olía a hortaliza. Recordó haber comido en casa. Pisto. Ninguna pista. Recordó haberse saltado la siesta de la sobremesa y postergarla hasta la vuelta de la vega, como acostumbraba a hacer los viernes. No se cruzó con nadie y a nadie vendió los frutos de su trabajo aquella tarde. Bien lo sabía, porque la ganancia en el mercadillo matutino la había guardado bajo la baldosa, la que hacía la cuarta desde la puerta del zaguán y la sexta desde las escaleras, sobre la que se apoyaba el carcomido taburete de chopo.

Diríase que buena parte de sus memorias seguía revoloteando en torno a aquella casa de pueblo. Tan vieja como las tejas, la única sin reformar en toda la calle. Donde encontraba la infancia feliz y destartalada. Y la pérdida de aquella. Hijo único, le quedó la casa y un buen huerto, gracias a los cuales pudo ir tirando incluso tras el fatal accidente de sus padre, seis años ha. En una casa privada de obras tampoco las había literarias, mas poseía esa aura de museo ancestral, etnológico: fotos aquí y allá de, al menos, tres generaciones de Montemayor; arcones para cada una de las cuatro alcobas; aperos de hierro oxidado y algún crisol de cobre.

Pasaban las horas en el bar de El Pipas mientras Ganapán ahogaba la memoria en vasos de cerveza, refrescando el gaznate y prodigándose cada vez más en frases más largas, más frecuentes y más sonoras. Hasta para olvidar el billete.

Se embrolló la parroquia en torno al fútbol, momentos en los que nuestro héroe aún sabía desconectar. Pidió la cuenta. Fue al estirarle el billete al mesero cuando recobró parte de la memoria, pues nunca había llevado billetes mayores de veinte para aquellas noches locas; tal era el control y el conocimiento de sí mismo. Se sorprendió también El Pipas:

—¡Hoy celebras algo, Ganapán!

Lo tomó sin más, lo metió en la caja y le dio las vueltas al labriego, quien las introdujo en el bolsillo de donde partió el billete misterioso. Salió este por la puerta del bar hacia la borrica preguntándose de nuevo por aquel capital. Estaba ya tirando del hocico del animal, cuando dos tipos que salían del local se le acercaron. Enseguida también, otra tipa. «Forasteros, nada bueno», pensó. Siguió caminando. Aquellos, al lado, presentándose y tratando de hilvanar alguna conversación trivial con el paisano, que no detuvo la marcha hasta llegar a su calle, harto de tanta bulla. Como quiera que lo advirtieran, se abalanzaron el tal Retuértez y el tal Villaluenga sobre él. Acabaron dominándolo por los brazos. Se aproximó la tal Severina Crida a un palmo de la nariz de Ganapán, quien en vano forcejeaba:

—Como amablemente le hemos informado, corre una serie de billetes falsos. Y, como buenos agentes del Tesoro, nos disponemos a sacarlos de circulación. Gracias por su colaboración, señor de Montemayor.

Dicho lo cual, le birló el contenido del bolsillo. Que, para sorpresa de Ganapán, seguía siendo un billete de cincuenta euros.

—Ya lo tenemos. Recordadle quiénes somos.

Ganapán despertó, tirado y dolorido en el silencio de la madrugada, sobre un lecho de adoquines irregulares, a escasos metros del umbral de su casa. Se incorporó como pudo tratando de hacer memoria. Se dirigió hacia la puerta a duras penas. Echó mano al bolsillo para sacar la llave y ―¡oh, sorpresa!― allí seguía el billete. No sabía si por la cerveza o por la paliza, en ese mundo que le daba vueltas, los cincuenta euros empezaban a formar parte de su vida. Se recostó en la cama sin preocuparse de dónde habría ido a parar la borrica, alzando los brazos boca arriba y contemplando el billete entre las manos. Se durmió.

Culebrea el vino derramado sobre el hule, allende los mares, antes de precipitarse al vacío ignoto del planeta plano que es la mesa en torno a la que se sientan Pascasio Retuértez, Severina Crida y Anselmo Villaluenga. Amigos hace diez días. De nuevo comparten ceños fruncidos, uno para todos y todos para uno, a ver quién desenvaina primero. Todo es falso, incluida la falsa máquina de billetes falsos. Todos son culpables, primos sin padres hermanos, estafados por un propósito común. Desprovistos una vez más del único fruto que salió de la maldita máquina: un billete de cincuenta euros, sin par, sin numeración cabal y sin dueño merecido, según ellos. Lástima que no puedan acudir a la Policía. Una pena que acaben a tiros. Pero así es la muerte para quienes persiguen sus sueños en un billete inmortal. Un billete único.


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