El gusano bidimensional y la tercera dimensión

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La primera vez que leí el nombre de Zygmunt Bauman fue hace unos años en un escrito de un profesor de biología, quien lo citaba como autor de la expresión “mundo líquido”. El interés por ese sintagma y por un autor desconocido me llevó directo a la librería.

En uno de los estantes encontré distintos libros de Bauman y fue la segunda vez que leí su nombre: La modernidad líquida, Amor líquido, Vida líquida, Miedo líquido, Vida de consumo, El arte de la vida, Sobre la educación en un mundo líquido…

La lectura del pensamiento de Bauman sobre el mundo actual impresiona por su clarividente visión de los entresijos políticos, sociales, económicos, medioambientales, educativos y personales que se cruzan y que marcan nuestra vida diaria sin apenas darnos cuenta.

También nos habla de conceptos y palabras poco usados como lugares émicos, lugares fágicos, procastinación, mixofilia, mixofobia, glocalización… Pero el concepto de Bauman más citado por la gente y que ha tenido más fortuna es, sin duda, “líquido”, “líquida”.  

El líquido se contrapone a lo sólido, de tal manera que la solidez de una fábrica de antaño se contrapone a la liquidez de una fábrica de hoy; la solidez de un obrero o trabajador del pasado es muy diferente a la liquidez de un autónomo actual; los trabajos que antes se hacían con las manos, hoy se resuelven con el simple impulso de un dedo; antes se hacían sacrificios que beneficiaban a las generaciones posteriores y ahora se opta por el bienestar compulsivo del “aquí y ahora”.

La solidez de la familia tradicional se ve diluida por la liquidez actual; el amor de toda la vida de antes es muy diferente al amor líquido de hoy; las amistades duraderas de antaño se hacen añicos ahora; del interés por la colectividad se ha pasado al interés individual.

Nos movemos en una inestabilidad permanente y por senderos desconocidos que no sabemos a dónde nos conducen. Hoy, todos estamos informados y nadie tiene ni la menor idea.

Bauman lo ha explicado muy claro: “somos incapaces de concebir una vía alternativa para encarar las adversidades que inevitablemente surgen sucediéndose con gran rapidez (del mismo modo que sospechamos, y con razón, que un gusano bidimensional imaginario sería incapaz de visualizar un desplazamiento a través de una tercera dimensión)”.  

Así es la modernidad líquida, aunque algunos lectores de Bauman como Perico Baranda ya nos apuntó que deberíamos estar hablando más bien de  “modernidad fangosa” (Una charca con vistas), no líquida.         

Desde la muerte de Bauman en 2017 te sientes, como otros lectores, huérfano de su pensamiento, deseas más explicaciones lúcidas de nuestro tiempo y buscas cobijo en otros pensadores. Bauman tenía razón al decir que somos huérfanos de Eros, “condenados a merodear y deambular, a vagabundear por las calles en una búsqueda interminable y, por lo tanto, vana, de refugio y cobijo”.    

Ahora estoy leyendo a Byung-Chul Han, filósofo surcoreano, afincado en Alemania, tierra de pensadores como Kant, Hegel, Marx, Nietzsche o Heidegger. Han empezó a estudiar metalurgia en Seúl, se fue a Alemania a estudiar literatura (dicen que recita de memoria a Goethe), pero finalmente abandonó las teorías, los océanos y las charcas literarias y se centró en la filosofía.

Concomitancias con Bauman: los dos intentan convencernos de que sus textos contienen una explicación de la verdad que trasciende; los dos son eruditos, controvertidos y políticamente incorrectos. Quizá por eso son más atractivos para los que hemos descubierto la filosofía y la sociología de manera casual, pululando por el mundo.

Pasar de  huérfano de Bauman a novato de Byung-Chul Han no ha sido espinoso porque los dos comparten ideas: el polaco ha denunciado la vida de consumo y el surcoreano, el hiperconsumismo; los dos hablan de la sociedad red, el amor, la muerte, la soledad, la sexualidad, el poder.

Lo que me atrae de Han es su opinión iconoclasta, su irreverencia, sus disquisiciones sobre la autoexplotación, la topología de la violencia, la otredad, los egos o el extremo narcisismo como el mal de las sociedades actuales.  

Mañana seguiré deambulando entre las páginas de La sociedad del cansancio o La agonía de Eros, después merodearé por En el enjambre o El aroma del tiempo, a ver qué encuentro en esa búsqueda interminable de la verdad que nos cuentan los filósofos.

Y dejo para el final el libro La salvación de lo bello, más centrado en el arte y la estética, en la belleza como verdad.   

 


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