El globo rojo: de Ménilmontant al cielo

Un salacot en mi sopa

 

J’aimerais qu’il existe des lieux stables, immobiles, intangibles, intouchés et presque intouchables, immuables, enracinés; des lieux qui seraient des références, des points de départ, des sources.

Georges Perec: Espèces d’espaces, 1974

 

Las intrincadas callejuelas —hoy ya desaparecidas— de Ménilmontant, el  barrio parisino al que cantó Charles Trenet y en el que vivieron Maurice Chevalier, Édith Piaf y Georges Perec (quien lo rememora en X o el recuerdo de la infancia), fueron el espacio donde Albert Lamorisse situó la peculiar amistad entre un chiquillo, interpretado por su hijo Pascal, y un globo rojo dotado de vida propia, voluntad y una inocente malicia con la que favorecer a su joven amigo.

Esto sucedía en la película Le ballon rouge (El globo rojo), de 1956, décadas antes de que el vetusto quartier del vigésimo distrito se convirtiera en el moderno barrio de Belleville. Y mucho antes también de que en el londinense puente de Waterloo apareciera un grafiti de Banksy con la silueta de una niña intentando alcanzar un globo —rojo, como el de la película de Lamorisse— que parecía escapársele. La imagen, reproducida infinidad de veces, ha propiciado el acceso del artista callejero al mundo de las subastas de Sotheby’s. Sin duda, una entrada por la puerta grande no exenta de efectismo, pues es de dominio público que Banksy había incorporado un mecanismo en el interior del marco, al objeto de que la obra se autodestruyera justo en el momento en que alguien pujara por ella. Solución contundente donde las haya y hasta diríase que copiada de las aventuras de Maxwell Smart o del Anacleto de Vázquez, solo que en plan ardid publicitario.

En cualquier caso, y estrategias comerciales aparte, me viene bien la comparación, además de por las similitudes evidentes con el imaginario de la película, por tratarse de un símbolo de arte efímero y tan fugaz como los lejanos años de la infancia, los espacios perdidos e irrecuperables y aquellos cachivaches, en tiempos irreemplazables, definitivamente tragados por el olvido. Tempus fugit. O, dicho en endecasílabos y a la manera de Garcilaso:

marchitará la rosa el viento helado.

Todo lo mudará la edad ligera

En Le ballon rouge está presente la añoranza de unos no-lugares que, aun sin haberlos conocido, evocan otros más familiares e igualmente vencidos por el tiempo. Remembranzas de cuando los críos jugaban y correteaban, sin apenas supervisión, por calles serpenteantes y angostas parecidas a las de Ménilmontant. Chavales capaces de maravillarse ante el rojo sangre de un globo juguetón, al tiempo que resolvían sus diferencias a golpe de tirachinas y empellón.

La infancia que retrata Lamorisse no está edulcorada. Al contrario. Es una infancia hecha, a partes iguales, de incomprensión y de sueños. Como la del Antoine Doinel de Les quatre-cents coups, aquel muchacho que deambulaba por las calles y luego corría hacia el mar en pos de una libertad tal vez idealizada, pero siempre anhelada. O como la de los niños de Jacques Tati, con esa mirada de asombro y extrañeza que solo la infancia puede proporcionar; es difícil no relacionar al rapaz del globo rojo con el pequeño que abre y cierra Jour de fête, brincando, feliz y extasiado, mientras sigue al camión por el que asoman los caballitos de feria.

La vida cotidiana, mostrada a través de numerosos planos-secuencia, transcurre en los callejones, en el descampado y en la calle principal: la rue de Ménilmontant. Lugares donde perros y gatos campan a sus anchas y en los que vallas y postes anuncian, con carteles pegados de cualquier manera, películas de reestreno. Y, por supuesto, también hallamos vestigios de esa cotidianeidad en las escaleras interminables de la rue de Vilin, donde pasó Perec parte de su infancia, y en las del sombrío pasaje Julien Lacroix, donde el niño de la película encuentra a su alma gemela, ese globo revoltoso y seductor que no duda en abandonar momentáneamente a su amigo para ir tras un congénere de color azul que sostiene una niña con la que se cruzan. El globo, además de sus dotes para el galanteo, tiene un comportamiento desinhibido que pone el contrapunto a la timidez del niño —acogotado, a buen seguro, por sus mayores—. Se convierte, así, en un agitador que desafía a la autoridad con pequeñas transgresiones que van desde incomodar al director de la escuela hasta colarse por las ventanas de las casas. Pero lo que más sorprende es su irreverencia al colocarse, con todo el descaro, a la altura de la bandera nacional que ondea en la fachada del colegio y entrar, sin remilgo alguno, en el interior de la iglesia de Nôtre Dame de la Croix cuando su amigo visita el templo con la abuela.

En Le ballon rouge están contenidas la ternura y la crueldad; se aúnan en ella el París más típico de tranvías, cafés, bistrots y boulangeries, y la ciudad obrera, la de los oficios populares en la que es habitual ver cristaleros y barrenderos. Conviven en la película lo ordinario y lo extraordinario: por una parte, el niño incomprendido que vaga a su antojo por lugares desolados; por otra, la necesidad de evasión a través de lo mágico (el globo humanizado), pero también de lo más socorrido en aquella época: el cine. Son varias las referencias tangenciales, aunque no casuales, a películas de aventuras que pasan en lugares exóticos y lejanos, del tipo Tarzán y la cazadora, La novia de acero (con Alan Ladd y Virginia Mayo) y, a fin de resaltar el acoso que sufre el protagonista por parte de la horda de matones que corren tras él para reventar a su compinche del alma, vemos también, a modo de metaficción, un par de planos de un cartel de O Cangaçeiro, un western a la brasileña en el que un grupo de bandidos es perseguido por las fuerzas del gobierno.

Pero el ensueño definitivo llegará con una quimera al más puro estilo Saint-Exupéry. Tras la muerte del globo rojo —imposible calificar ese tránsito lento y agónico de otra forma—, un sinfín de globos multicolores inundarán el cielo de París y acudirán a rescatar al solitario chaval de Ménilmontant para alejarlo de la grisura que inunda su mundo, ya inerte y  sin sentido. El vuelo implica liberación, y puede que el destino previsto sea uno de esos lugares intangibles, intocables e inmutables de los que hablaba Perec. Un punto de llegada del que partir de nuevo. Quizá, todo es posible, el sitio se parezca a un planeta lleno de volcanes y baobabs a los que se les unirán otro niño —este, plebeyo— y una recua de globos retozones.


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