El final del túnel

Leído por ahí

 

«Todo irá bien» es la frase comodín que permite a ciertos guionistas rellenar los tiempos muertos de sus argumentos televisivos. He aquí un ejemplo: Acaban de abatir a tiros al amigo del protagonista; su mujer solloza en los brazos de Johnny; a lo lejos retumban las explosiones de la Tercera Guerra Mundial… «No te preocupes», musita el protagonista abrazando a la mujer de su amigo, «todo irá bien». Para acabarlo de adobar, una turbamulta de zombis se aproxima a la casa donde Johnny y sus amigos permanecen ocultos. «Todo irá bien», dictamina el protagonista mientras los zombis golpean la puerta y rompen los cristales de las ventanas de la vivienda…

Decir que todo irá bien cuando el mundo entero se desmorona a nuestro alrededor puede ser un brindis al sol, quizá un canto a la esperanza, pero, sobre todo, es un lugar común que nos permite ser comprendidos a pesar de que nuestro discurso esté tan hueco como la cáscara de una avellana. Pero también podría ser que, sin saberlo, estuviésemos acertando en el dictamen con nuestras palabras. En efecto, al final, pase lo que pase, todo irá bien. Quizá no salga bien para nosotros, pero sí para el Todo, del que somos imperceptibles emergencias, y tanto da si seguimos siendo o si dejamos de ser. 

En ese sentido, Léon Bloy (1846-1917) —ese despiadado polemista, a juicio de Jorge Luis Borges—, en su libro Exégesis de los lugares comunes, denuncia el vacío mental que acompaña al burgués cuando se expresa a través de fórmulas estereotipadas, fórmulas que, en su opinión, encierran una arcana sabiduría que ha sido corrompida por el tiempo y el abuso. «Cuando la comadrona dice que «el dinero no da la felicidad» y el carnicero le responde, astutamente, «pero ayuda a conseguirla» —escribe—, estos dos agoreros tienen el inefable presentimiento de intercambiar de ese modo preciosos secretos, de descubrirse el uno al otro arcanos de vida eterna, y sus ademanes se corresponden con la inexpresable importancia de esta empresa». 

En el libro mencionado, Léon Bloy analiza el significado de casi cuatrocientas frases hechas, las destripa y glosa, hasta mostrar su vaciedad aparente y sugerir que ese disfraz oculta una profunda sabiduría. Y nos deja perplejos cuando descubrimos que, al repetir esas frases tontunas y manoseadas, nos estamos expresando, sin saberlo, como auténticos profetas. No podemos abrir la boca y soltar una frase hecha sin provocar una sacudida en las estrellas. Esos lugares comunes, que son el patrimonio de la estupidez, constituyen, a la vez, auténticas ventanas abiertas a la Luz. 

Moraleja

Considerando lo anterior, trate de guiarse en lo sucesivo por las normas siguientes:

—Estamos habituados a oír que «entre todos, saldremos adelante» y que «en los momentos difíciles, cooperar es esencial». Podrán parecer memeces; sin embargo nos están trasladando la sabiduría ancestral de los infusorios flotando en la sopa primigenia. 

—Lo mismo sucede con las expresiones que hablan de la luz al final del túnel. Se trata de una metáfora bastante socorrida. ¿Se refieren a la llegada al mundo de cada uno de nosotros o a la supuesta luz que nos acompañará cuando nos alcance la muerte?

—En cualquier caso, si estamos en un túnel —y es público y notorio que lo estamos— quizá deberíamos irnos acostumbrando a la oscuridad, sin esperar a que se encienda luz alguna en nuestro entorno. En la oscuridad también se sobrevive, como los peces abisales o las ratas de cloaca. 

 

 1Léon Bloy: Exégesis de los lugares comunes, Acantilado (Barcelona, 2007).