El final de la plaga

Ultramarinos y coloniales

 

No acabaremos saliendo todos desnudos de cintura para bajo, como ocurría en El amor es ciego, el relato publicado por Anagrama en el pequeño volumen Los perros, el deseo y la muerte, de sus famosos Cuadernos Marginales, pero todo esto que estamos pasando da como para un cuento de aquellos fantásticos de Boris Vian.

Veo cada mañana por la ventana, a eso de las 12h, una cama deshecha en la habitación del edificio de enfrente. Su ocupante femenina acude inesperadamente, se deja caer en ella, alza las piernas hasta poder apoyar sus pies en la pared y se pasa así un buen rato.

El otro día, mientras repetía la maniobra, cruzó fugazmente su mirada con la mía. Con los pies ahí en alto evitando que la pared se le viniera encima, giró el cuello para mirarme —entonces sí— fijamente. Una sonrisa descomunal cruzó, ojos chispeantes, su cara.

Desde entonces ni ella ni yo faltamos a la cita. Eso sí: en posesión del secreto del suspense, ella avanza o retrasa, de forma desigual, el momento de mirar hacia mi ventana y desparramar su sonrisa.

Sólo espero que las autoridades sanitarias decreten el final del confinamiento y nos declaren a los dos libres de la plaga. Llegado ese día, a la hora de costumbre, cruzaré por fin la calle, subiré hasta su piso, llamaré a su puerta y, ya dentro, la abrazaré con fuerza e iremos hasta la habitación, para dar, esta vez juntos, el revolcón cotidiano. Todo con su más que evidente aquiescencia, claro. Sí es sí.