El doctor Moreau y la moral del dolor

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El doctor Moreau es un especialista en vivisección y un experto fisiólogo. Moreau ha innovado en el terreno de la transfusión sanguínea, ha realizado asombrosos trabajos sobre tumores malignos, es un mago del injerto. Sabe cómo mezclar fluidos y carnes de distintos animales, sajar sus glándulas, estirar sus huesos y músculos, rehacer mandíbulas, extraer colmillos y recoser encías. Durante años, su quirófano ha servido a la causa mayor de la ciencia: interferir en la marcha de la naturaleza, modificar el crecimiento de los tejidos, crear nuevos especímenes o recomponerlos. Cuando un miserable perro desollado escapó del laboratorio de Moreau, se destapó el escándalo, un escándalo alimentado por el folleto de un periodista que denunciaba las prácticas del doctor. Entonces, Moreau tuvo que huir de Inglaterra y recalar en una isla del Pacífico donde, en completa libertad —la isla está desierta y alejada de las rutas comerciales de la zona—, prosiguió sus experimentos, fiel al hechizo de la ciencia y ajeno a los abucheos de sus colegas.

A dicha isla llega Edward Prendick, el náufrago que cuenta la historia en La isla del doctor Moreau (1896), fantasía narrativa de H. G. Wells, pionero de la ciencia-ficción junto con Julio Verne y Hugo Gernsback. El novelista H. G. Wells es también el autor de La máquina del tiempo (1895), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898), así como de un relato maravilloso, publicado en 1905, que se tituló El país de los ciegos y es una metáfora sobre el poder, abierta al debate ético. Wells fue también historiador y filósofo y estuvo cuatro veces a las puertas del premio Nobel, aunque no logró alcanzarlo. Muchas de sus novelas han sido llevadas al cine, entre ellas La isla del doctor Moreau, de la que se han hecho tres versiones. La primera y, seguramente, la mejor, se tituló La isla de las almas perdidas (1932) y fue protagonizada por Charles Laughton como Moreau.

Al poco de ser acogido en la isla, Prendick se verá rodeado por extrañas criaturas que, al principio, confundirá con nativos del lugar (miembros, quizá, de alguna raza degenerada); más tarde descubrirá que se trata de auténticos monstruos: engendros animales con apariencia humana. Tales monstruos no son sino bestias modificadas mediante operaciones quirúrgicas, trasplantes de tejidos y cambios en sus articulaciones y extremidades, a fin de humanizar su apariencia y sosegar su conducta.

Lobos, pumas, monos… que caminan erguidos, se alimentan de vegetales, viven en comunidad y parecen haber olvidado sus instintos animales. Mediante terribles operaciones, que incluyen cambios en el cerebro, Moreau ha conseguido imponer a sus criaturas una «segunda naturaleza» de carácter biológico-cultural. De ahí que sean capaces de relacionarse como humanos, usen el lenguaje verbal y se sometan al imperio de la ley. Son monstruos adiestrados en la convivencia, el respeto a la ley y el temor al látigo. Su moral es la moral del miedo. «¡Suya es la Casa del Dolor!», advierten entre aullidos, rememorando el infierno quirúrgico al que fueron sometidos durante su transformación.

A ojos de las bestias, el recién llegado, Prendick, es uno de los suyos. «¡No tiene pezuñas! ¡Es un hombre! ¡Es como nosotros!» Por eso Prendick debe ser adiestrado en la ley.

—No andar a cuatro patas, esa es la ley —proclama el monstruo—. No comer carne ni pescado, esa es la ley. ¿Acaso no somos hombres? No arañar la corteza de los árboles, esa es la ley.

Cada mandamiento es coreado por las bestias, en un ritual de carácter religioso. «Suya es la Casa del Dolor . Suya es la Mano que crea. Suya es la Mano que hiere. Suya es la Mano que cura. Suyo es el resplandor del rayo. Suyas las estrellas del cielo…».

—Para todos nosotros —aclara el monstruo dirigiéndose a Prendick— el deseo es malo. Lo que tú deseas no lo sabemos. Pero lo sabremos. Algunos quieren seguir las cosas que se mueven, observar, mecerse, acechar, saltar, matar y morder. Morder fuerte y hondo, chupar sangre… Pero eso está mal. Algunos arañan los árboles; otros escarban las tumbas de los muertos; algunos luchan entre sí con sus cabezas, pies o garras; otros muerden de pronto sin que nadie les provoque; algunos adoran la inmundicia…

—Pero nadie escapa al castigo —advierte un moteado bruto—. El castigo es rápido y seguro. Debes aprender la ley y obedecerla.

La metáfora está servida: las bestias —como cada uno de nosotros— dejaron de ser lo que fueron, transformadas y sometidas mediante el injerto biológico y cultural. En su fondo late todavía su auténtica naturaleza, amordazada por el temor al castigo. Son monstruos de identidad vacilante, movidos por deseos animales y limitados por la moral del dolor. Puede que algún día logren sacudirse los grilletes de la humanización.

No diremos cómo acaba la novela, pero H. G. Wells consigue que los lectores simpaticemos con las bestias y odiemos al doctor apelando a nuestros deseos más íntimos de justicia y libertad.

Una referencia final sobre las versiones cinematográficas de la novela. Si en la versión de 1932 el papel de Moreau recayó en un obeso, elegante y sibilino Charles Laugthon, en la película de Don Taylor (1977) es Burt Lancaster quien encarna a un Moreau ambicioso y calculador, ajeno por completo a la moral victoriana que le expulsó de Inglaterra. Esta segunda versión, con Michael York en el papel de Prendick, incorpora algunos elementos espeluznantes que no están en la novela, como el intento de transformar al protagonista a base de inocularle fluidos animales. La versión más reciente de La isla del doctor Moreau fue un trabajo alimenticio de John Frankenheimer (1997), con un orondo Marlon Brando como doctor Moreau, rodeado de criaturas horrendas que le llaman «padre» y componen un repugnante catálogo de todos los defectos humanos. En este film, los monstruos no mueven a la compasión.

Desde aquí preferimos la primera versión, La isla de las almas perdidas (1932), de E. C. Kenton (1932), realizador de películas de género fantástico, con un odioso y exquisito Charles Laughton como doctor Moreau. El elemento discordante con la novela de Wells es la presencia de Lota, la mujer-pantera, de tan preciosas formas y tan lasciva que Prendick, confundido, creyéndola humana, no podrá evitar caer en sus redes (y en las de Moreau, interesado en que el recién llegado procree con la bestia en cuestión). La película plantea además un dilema amoroso, pues Prendick ha dejado al otro lado del mundo a una novia rubia enteramente humana. ¿Vencerá el atractivo salvaje de la mujer-pantera al recuerdo de la hermosa y recatada novia americana? Vean la película, después de haber leído la novela, y tomen partido por el instinto o la convención.


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