El diablo

Sin astrolabio, brújula ni sextante

 

Me puse a escribir para cuando yo faltara. ¡Aquello tenía que conocerse! Cogí la pluma y acerté a confesarme: «No le temo a ella. Pero me aterra el Maligno. El Diablo existe. Lo sé. Se manifiesta en las personas, transportándolas a episodios de locura, o de maldad extrema. Ella no es mala. No digo yo que lo sea y jamás lo diré. Sí afirmo, en cambio, que la posee Satanás; y que puede ocurrir cualquier cosa. Me da pánico. Su rebeldía y su violencia son diabólicas; pero su sonrisa y docilidad resultan más aterradoras». Interrumpí la escritura. Escuché el leve roce de sus zapatillas de paño en la oscuridad del pasillo. Apareció frente a mí y, clavando sus pérfidos ojos en los míos, dijo con voz ronca: «¿Qué estás escribiendo, so imbécil?»

¡Lo sabía! ¡Lo sabía sin necesidad de haberlo leído físicamente! Era omnisciente, como el Diablo. Después se dio la vuelta y desapareció pasillo adelante arrastrando las zapatillas. 

Cuando bajé, la encontré sentada en la mesa camilla al abrigo del brasero. Sonreía como una esposa apacible. Echaba un pespunte en el trasfondo de un bolsillo. Hablamos, como si nada, de cualquier cosa. Luego sirvió la cena. Ya había mediado el plato de sopa cuando un humo fétido invadió la estancia. La miré. Tenía la cara gacha, las manos entrecruzadas sobre el vientre, y los dedos y uñas deformes y temblorosos. ¡Estaba poseída! Salté del comedor y corrí a la habitación de arriba. El papel que acababa de escribir ardía sin llama. Me estremecí. No supe si regresar, si quedarme allí o si lanzarme a la calle gritando. El pánico me inmovilizó. Mi viejo corazón, convaleciente de tantos años, estalló, como estalla un viejo globo por la presión de un pellizco malvado. Caí al suelo. No acudió a verme. Esperó tranquilamente a que acabaran mis lamentos y cesaran los estertores. 

Recibió los pésames y guardó luto con cálculo medido y meritorio. Lloró con el desconsuelo fingido de las viudas malas e insinceras. Pero yo sé que el Diablo existe. Puedo afirmarlo: acabo de escribir a su dictado.