El del sexto B

Solo, por favor

 

No será la última vez que me encuentre con el vecino del sexto B. El locuaz, el mariperfecto, el simpático, el bello, el sabio, el prudente. Esta mañana ha vuelto a sacarme una sonrisa, el muy bellaco: «Dicen que es más sano usar las escaleras. Dicen. Pero realmente es más sano usar el ascensor porque es más probable encontrarse con los vecinos y así saludarlos, ¿no te parece?», me ha dicho tras desearme buenos días. Aunque a mí no me la da; sé que esconde algo.

Cierto día, me asomé por la ventana y me pareció verle acarreando unas bolsas a la anciana del segundo. Casualmente, otro día que también me asomé, le vi departiendo con el boticario. Otro día incluso le vi dando indicaciones a un transeúnte desorientado. No sé a ustedes, pero a mí estas conductas me harían sospechar, como así sospecho, y no le quitaría ojo, como se espera de cualquier ciudadano de pro, preocupado por su comunidad. Que no es que me interesen los chismes, en absoluto; más bien es una responsabilidad que uno va adquiriendo según va acercándose a una edad provecta, en que la experiencia empieza a alertar de cosas que no son lo que parecen. Y es que, realmente, el tipo no es de fiar, por muy bien que hablen de él en la escalera, y precisamente por eso: porque no puede ser tan amable ni tan correcto ni tan todo.

Así que, he trazado un plan.

Quede claro que no le deseo ningún mal, a no ser que lo merezca, claro está. Pretendo averiguar, sin levantar sospechas, qué se trae entre manos, sin alterar el normal funcionamiento del vecindario y sin que nadie se inquiete. Me siento responsable en estas pesquisas, y con sigilo y recato he de actuar. Por eso, a mis eventuales vigilancias, añadiré una estrategia sistemática: horarios prefijados de rondas in situ, cámara oculta en el portal, micrófono direccional y, tal vez, un confidente. He pensado en la mujer de Cosme, el del primero C. He cruzado algunas palabras con ellos: él es de los míos; por tanto, supongo que ella también, pues no me da que sean agua y aceite. Aunque, la verdad, ella no suelta prenda, salvo un reiterativo: «Diga usted que sí». Y ni siquiera sé cómo se llama la susodicha.

Sin embargo, intuyo que mis dudas serán disipadas en breve. La mujer de Cosme ha excusado a su marido, que es vendedor de pararrayos. De manera que tenemos esta tarde de tormenta para abordar los pormenores. Me ha preguntado si en mi casa o en la suya, y, dado que no he mostrado preferencia, me ha invitado a su casa. Debo confesar que estoy algo excitado por la situación, pues pienso que quizá debería haberlo comentado con su marido. Estoy mirando el teléfono de reojo, tentado de llamarle. Pero me pregunto si no sonaré ridículo contándole algo que ya le haya contado su mujer; como si yo necesitara confirmación para algo tan cotidiano como tomar un café en su casa. Bastante tiene el pobre Cosme con una profesión tan desagradecida: si la cosa sale bien, los clientes lo ven normal; pero, ay, si la cosa sale mal, el destrozo que causa una descarga de miles de amperios y millones de voltios es desastroso. No, no le llamaré. Además, soy un tipo serio, a quien no le gustan las sorpresas, por muy de muy buen ver que esté su mujer. Que lo está: un pelo azabache que dibuja sus pechos sobre la blusa verde que llevaba hace unas horas, esas esmeraldas que tiene por ojos, esa sonrisa envuelta en carmesí, esos pómulos de rubor retrechero… ¡Ea, que no! Que no pasa nada, que no es más que una reunión para un propósito mayor. Aunque quizá, y solo quizá, ella vea en mí algo que anhela en Cosme. No sé: un porte, una presencia. No sé qué me pasa; soy un tipo tranquilo, esto no debería afectarme. Y es que solo de pensarlo, me pongo nervioso mientras me levanto una y otra vez para repasar la ropa del armario. Vuelvo a sentarme tantas veces como me levanto y vuelvo a decirme que no se trata de una cita, ¡coño! ¡Con lo a gusto que se está solo! Me digo que no y que no, que esta tarde seguiré con el plan y nada más. Se ponga como se ponga la mujer de Cosme. Y si me salta con que está loca por mí desde el primer día que me vio, tampoco. Y si me dice que Cosme y ella son muy liberales, tampoco. Ni si me dice que están tramitando el divorcio ni si me ofrece un millón de dólares ni si me promete la Luna. Si es que no, es que no. Y punto. Aunque tampoco creo que le moleste si bajo el Rioja del 2005 que guardo para ocasiones especiales. Me lo regalaron unos clientes hace unos años, cuando las cosas iban bien. Entonces, todo era de otra manera: lo blanco, blanco, y lo negro, negro. No se les daba tantas vueltas a las cosas. O yo tenía las ideas más claras. Puede dar la sensación de que me estoy comportando como un monje, mas no es ese el asunto. Desde luego que no soy un monje, dicho sea de paso. Lo que ocurre es que me gusta hacer las cosas bien: llamarnos por teléfono, pasear, ir al cine, salir a cenar. Lo normal, poco a poco. No soy de aquí te pillo, aquí te mato. No al menos en los últimos diez años. Supongo que la madurez aporta ese temple. Por otra parte, con el correr de los años, vas tomando conciencia de cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando, cuán presto se va el placer… Y por ahí no paso. Está mal que me reafirme ahora, pero no es esta la ocasión que pintan calva. Que ya habrá coyunturas favorables como las que se me dan en otras circunstancias más mundanas, sin tanta adrenalina, sin tanta ilusión, sin tanto morbo… Estoy perdido.

—Diga.

—Hola, soy Vicen, la del primero.

—¡Ah! Hola, Vicen… Vicenta, ¿verdad?

—Sí.

—Dime, dime.

—Sí, mira: que no hace falta que te pases. Tenías razón: el del sexto B no es una hermanita de la caridad precisamente —¡chist!, calla.

—¿Vicenta? Digo, ¿Vicen?

—¡Ay, perdona! Oye, tengo que colgarte, que tengo una visita. Ya hablamos, ¿eh? Ciao.

¡El del sexto B! El locuaz, el mariperfecto, el simpático, el bello, el sabio, el prudente… ¡El muy bellaco!


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