El cuento de las flores

Perplejos en la ciudad

 

Dicen algunos vecinos que ella, la vecina que ha desaparecido, estaba siempre rodeada de flores marchitas. Que su casa, cuando abrieron la puerta, estaba llena de flores marchitas. Que por las noches, cuando se desnudaba, las flores de la habitación subían a su cuerpo y formaban anillos hasta cubrirla del todo. Que esos anillos de flores marchitas abrían una y otra vez los pétalos, reptaban por la cama, bajaban al suelo y se multiplicaban por todos los rincones de la habitación. Era, pues, de este modo como las flores marchitas acudían a vestirla, a abrazarla, anudándose cada noche alrededor de su cuerpo, perfumando piel y sueño. Cuando se adormecía, las flores bajaban de la cama, salían al pasillo, abrían la puerta, bajaban por la escalera, cruzaban el portal y llenaban la calle de flores.

El vecino más romántico del lugar aventuraba que eso de las flores ocurría porque alguien, un enamorado que sin duda vivía en otro barrio, hacía ir y venir las flores de una casa a la otra. Así testimoniaba cada día, mediante el tránsito de las flores, que su amor cabía en todas partes.

Pero había otro vecino, esotérico y mal pensado, que opinaba que no se trataba de un asunto de flores, sino que esta vecina, tiempo atrás, había tenido la sana costumbre de llevar blusas ligeras, de raso, estampadas de flores. Y ese supuesto vecino o quien fuera el enamorado, se habría fijado demasiado en esas blusas y lo que transparentaban. De ahí que ahora esas misma flores aparecieran por doquier, en un tránsito floral que alteraba incluso el cotidiano andar de los vecinos.

Sea como fuere, dijo otro más soñador, sabemos que se trata de un asunto de flores. Unas flores marchitas que florecen, se marchitan y florecen de nuevo, en un ir y venir constante de un casa a la otra, porque dicen que alguien, no sabemos quién, sueña con ellas.

En el barrio hay incluso uno de esos perplejos, aficionado a la poesía, que sostiene que esta mujer no ha desaparecido de su casa para ir a vivir a otro sitio, sino que ha sido devorada, comida, tragada por las flores, en un acto de amor total, destructivo.

Pero una mujer que hablaba con otras vecinas en la escalera, murmuraba: “Déjense de tonterías, parece mentira que hablen tanto de flores y poesía, y no de la causa verdadera de tanto alboroto floral y su desaparición: los pechos, esos pechos que mostraba a cualquiera la puta esa…, a saber quién se los habrá manoseado por última vez en algún callejón de mala muerte. Nada de flores, sólo puterío”.

La poesía es lo que viene después, añadió otra vecina.


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