El color de los sueños

La sombra liberada

 

En la escuela siempre hubo varios alumnos de piel negra. Más bien pocos, no más de dos o tres en cada aula. Decir que la piel de esos chicos es negra expresa algo de pereza en quien lo dice. El color negro de la piel es pura convención, y una convención simplona. Negro lo es el carbón, quizás, aunque el carbón contiene brillos plateados, grises y azules. La piel de esos chicos es un marrón oscuro, pero la luz, a veces, les saca destellos azulados, cobrizos o dorados. La noche es oscura, pero no es negra. Sería negra en un lugar remoto y bajo un cielo sin estrellas. Quizás en el fin de los días, cuando se apaguen los astros. Para entonces, todos seremos negros.

A los niños les contamos que hay seis colores, pero ellos saben que hay muchos verdes: una aceituna no es del mismo verde que el verde de una hoja de pino, ni del mismo verde que el verde del semáforo, ni es del mismo verde medio onírico esa raya que destella un instante en el horizonte, en el crepúsculo. Un tomate es rojo, pero también es roja la mariquita, la rosa, la sangre, la amapola, la cereza. Cada uno tiene un rojo distinto. Algunos niños saben que hay un extraño catálogo de colores llamado Pantone, en donde hay mil colores. Esos niños se deben preguntar: ¿por qué la maestra se empeña en decir que hay seis colores, cuando yo sé que hay mil?

Entre los niños negros de la escuela hubo uno que ejercía de gamberro casi oficial y su nombre aparecía en muchas reuniones de docentes. Protagonizó escenas lamentables y se forjó una aureola oscura. La mayoría le temían, le mostraban un respeto religioso. Él aprendió a simular que no podía controlar su agresividad, y descubrió que eso le situaba en un pedestal ante la mayoría de los alumnos. Supo que su ira le convertía en un dios temible. Todo eso sucedía entre las paredes de la escuela, entre niños y maestras y maestros (pocos).

Un día, el chico la lió durante el recreo y tuvimos que sacarle del patio. Le senté en un silla y le expliqué algo: debes saber que vives en un país racista. No te creas lo que pasa en la escuela, porque lo que pasa en la escuela es irreal, vives en una fantasía. Tu crecerás, serás un adulto. Andarás por la calle, y la calle no es el patio de la escuela. La calle es de verdad. Si en la calle haces lo mismo que has hecho hoy, lo tienes mal. Muy mal. Si en la calle te juntas con otros chicos y la lías, alguien llamará a la policía. Vendrán los Mossos, en sus coches blancos y azules, con sus luces blancas y azules. Verán un altercado y verán que en medio del altercado hay un tipo de piel negra. Verán tu piel negra y dirán: “vamos a por el negro”. Te cazarán a ti. Te cazarán a ti porque eres negro, porque eres negro en Cataluña. Eres un negro en España. Y eres un negro pobre. Te cazarán por negro y te empapelarán por negro y por pobre. Espero que no se te olvide esto.

El chico me miraba con sus ojos tan blancos en la parte blanca de los ojos. Al principio me miraba con su mirada desafiante de todos los días, su durísima mirada de resentimiento y de desespero. La vida no le ha dado ningún regalo al chaval. Solo el regalo de la vida, que en su caso es un regalo envenenado. Me pregunto en qué sueña. Se me olvidó preguntarle en qué sueña un chaval negro caído en esa Cataluña inclemente que sueña ser una tierra de acogida y es tierra de dolor, de desprecio, de nada. De nada.

Después de algunos meses aprendimos, él y yo, a llevarnos bien. Jamás tuve que repetirle aquellas palabras, de las que no me enorgullezco. Nos saludamos, yo le doy palmadas en el hombro y él me las devuelve, con una sonrisa ambigua. Me pregunto en qué sueña. Me arrepiento de no haberle preguntado: ¿en qué colores sueñas, chavalito de piel oscura?


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