El club Bilderberg

Por la orilla

 

Estuve por lo del club Bilderberg, invitado en calidad de premio Nobel y por mi capacidad de movilización de masas.

El sarao era en una lujosa mansión de nata montada virgen. USA. Pero, en realidad, nada más entrar, me explicaron que por motivos de seguridad (temían ataques terroristas con carritos de canapés atropelladores, combinados Molotov… o qué sé yo cuántas chorradas más contaron) la verdadera reunión sería en otro lugar. Nos sacaron por el sótano, que daba al helipuerto. A mí también me extrañó, pero esta gente tiene el poder, me dije. Volamos un rato, no sabría decir cuánto, porque iba hasta las cejas de burundanga. Al aterrizar, montamos en coche, unos utilitarios, para no llamar la atención. Me tocó un Ferrari Panda, con dos chicas vestidas de policías, pero de corto… y prieto, muy corto y muy prieto, muy monas, que aseguraban ser ángeles secretos. Doy fe que podría ser cierto. «Victoria’s Secrets Angels», rezaba su acreditación. Imaginé la comisaría a la que pertenecían, y casi me da un síncope. Miré la mía (la acreditación), y ponía: «JRFB · Nobel Prize · Influencer». Y volví a imaginar la comisaría.

Llegamos a un descampado, al fondo se veían unas naves en ruinas. ¿Arqueología industrial? No. Conocía el lugar. Era La Placa. La original, los antiguos hangares de RENFE, en Ponferrada. Aquí cerca (en los de la MSP), trabajó mi padre. Estará orgulloso de mí, pensé. Luego pensé lo contrario. Después, una de las chicas dijo algo sonriéndome, y ya no pensé nada más.

En la Recepción había bebidas de colores fluorescentes y comida brillante, escultural y fría. Unas brochetas de orca con wasabi, de las que se podía comer hasta el palo, de cebolla verde caramelizada y cristalizada al vacío, libre de oxígeno y de radicales libres, también. Tortitas de pan de sesos de orangután, para acompañar a unos penes de leopardo de las nieves, servidos sobre perchas coralinas de Gorgonia roja australiana. Todo muy fino.

De postre (creo) tenían rana dorada del Amazonas con azúcar de coca escarchada (parece ser que neutraliza el veneno), sobre un lecho de hojas de ayahuasca, adornadas con amapolas blancas. Pregunté, y estaban cocidas en sangre incorrupta de santo, y seña.

Tras el ágape, pasamos al salón azul. Era otra sala enorme, semiderruida, decorada con cascotes y murales de grafiteros famosos, en tonos cobalto.

La gente hizo grupitos, grupúsculos. Se repartieron pitos y culos. Al parecer es costumbre. Yo, al estar atado a mis votos, no pude participar en los alegres juegos florales.

Salí a pasear, junto con otros muchos, que se declaraban aburridos de la pura diversión. Charlamos bajo las estrellas del negro cielo insondable, de lo humano y lo divino. Me preguntaron qué haría con el dinero del premio. Les contesté que, en última instancia, la caridad empieza por uno mismo. «Se lo daré a los pobres. O sea, a mí y a los míos. Tal vez ayude a financiar, irregularmente, algún partido político».

A partir de ese momento, noté cómo los representantes de las mentadas entidades, entraron en modo revoloteo. Ya no me los quité de encima en toda la velada. Recuerdo que los veía como abejas zumbando sobre las flores, o como moscas, sobre las heces. Terminé con la imagen de unos buitres desgarrando carroña.

Con esta escena, continuamos la charla. Confieso que ya no fue lo mismo. Hasta el amanecer. Le pedí un dron a uno de los guardias y pasé el rato haciendo fotos, o eso creía. Bueno, fotos sí que hice, pero, al disparar cada fotografía, capturaba el alma de las personas que salían en el encuadre, y las reducía al tamaño de lagartijas (es que te tienen una tecnología que parece magia). Ahora los llevo, a todos, en tarros. Ellos no lo saben. Creen estar en una especie de multiverso introparalelo, y siguen disfrutando con sus cosillas.

¿O seré yo el del frasco? Explicaría que lo vea todo recurvado, como con un angular muy extremo, y un poco borroso, desenfocado. Será la edad. Y la presbicia. Me digo.

Y es por eso que el mundo es tan bonito y tranquilo. Y todos los pueblos, poblaciones populosas y pequeños populismos, alegres, se solazan y cantan: «No nos interesan, las cosas modernas que sacan todos los días. Cada día es más caro todo y es más difícil vivir. ¿A dónde me voy a najar yo? Ay, que no puedo aguantar más aquí…», como cantaba Juan el Camas.

 


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