El cementerio de los libros olvidados ya no existe

Crónicas mínimas

 

Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

¿Recordáis este pasaje de la novela La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón? Cuando a Daniel su padre le va a llevar a un lugar que jamás olvidará.

Estaba inspirado en el sótano de la librería de la que voy a hablaros. Tenía 82 años y más de 200.000 volúmenes. Era una de las más hermosas de Barcelona, donde sumergirte en los anaqueles de libros de viejo y ocasión era adentrarte en el país del ensueño. Encontrar el libro ideal o el que un buen día prestas y del que nunca vuelves a saber, añorándolo porque formaba parte de algo tan hermoso como son los buenos recuerdos.

“Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien”, le dice su padre a Daniel.

Encontrar, en muchos de ellos, dedicatorias entrañables de personas que los amaron, que compartieron sus vidas y pasaron sus ojos por las páginas, esas páginas que guardan el recuerdo de sus manos: “A Rosa, amb la meva amistat”, “Al millor amic del món”, “Para Andrés, para que me recuerde mientras lea y siempre”, “Por tanto amor que me desvela”…

¡Y las charlas con Ramón, dependiente de toda la vida! Te indicaba, te aconsejaba, te hacía un descuento sin tú pedirlo. Eso no tenía precio.

Os hablo con tristeza de la que fue la Librería Cervantes de la calle Canuda 4, junto al Ateneo Barcelonés. Hoy es una tienda Mango, hortera y ruidosa, como todas las tiendas de presunto diseño. La librería cerró sus puertas para siempre, ya va para dos años.

Lo están consiguiendo: una ciudad bonita, aseada, refulgente. Llena de grandes marcas, como tantas de cualquier parte del mundo. Muchas sin corazón.


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