El baile de la noche de Halloween

Extravagancias

 

No siempre que lo intentas, lo consigues. Pero cuando lo haces, lo sabes. Me refiero, por supuesto, al placer inigualable de sentirte el rey de la fiesta. Y si frecuentáis los mejores clubes y discotecas de los polígonos más selectos de Sabadell, ya me habréis visto en acción. Porque yo soy “el Jero” (con jota y artículo delante, por favor). Probablemente, el tío más molón de todo el Vallés Occidental.

Aquella noche de Halloween era muy especial para mí. Defendía el “cubata de oro” al mejor disfraz, premio otorgado por la discoteca Insomnio con el patrocinio de una conocida marca de condones. Pero a diferencia del año pasado, que me había dejado llevar por la inspiración del momento, esta vez me había preparado con la disciplina de un samurái. Llevaba dos días sin meterme nada más fuerte que mi suplemento de vitaminas con L-carnitina, veinticuatro horas de celibato casi absoluto, cinco minutos de ensayos de mi numerito de baile y una tarde entera dedicada a labores de maquillaje, peluquería y retoques de última hora, de mi disfraz de vampiro romántico.

Fue entonces cuando lo sentí, al clavar el salto mortal hacia atrás que servía de colofón a mi coreografía. Lo había logrado. La discoteca Insomnio se había venido abajo. Los había dejado a todos, público y miembros del jurado, con el culo torcido, y en el caso de las pavas, con las bragas más pegajosas que el papel de las madalenas.

Les di mis condolencias por anticipado a los demás concursantes y acepté encantado los elogios y las felicitaciones de las admiradoras que vinieron a mí como las moscas a la miel. De todas ellas, la más simpática fue una bruja picarona que me cogió de la mano y no me soltó hasta que llegamos a los baños, donde charlamos animadamente mientras esperábamos a que desocuparan algún cubículo para darnos el filete. Apenas habíamos empezado con el abecedario, mi amigo Ricky aporreó la puerta.

—¡Tío, tienes que ver esto! —dijo Ricky abriendo la puerta de un tirón. Me agarró del cuello de la levita con tanta brusquedad que ni siquiera tuve tiempo de soltar el sujetador de la bruja, que me quedó colgando entre los dientes como un suvenir.

En medio de la pista de baile, rodeado por una multitud, había un gigantón con el mejor disfraz de hombre lobo que había visto jamás. Tenía los ojos amarillos, le salían pelos hasta de la bragueta y, aunque su sentido del ritmo era deplorable, imitaba a la perfección los andares torpes de un cuadrúpedo que se mantiene erguido a duras penas sobre las patas traseras.

 —¿Ha entrado a concurso? —le pregunté a Ricky alarmado.

No hizo falta que me contestara. Los miembros del jurado estaban aplaudiendo a rabiar.

 —¡Ah no! ¡A mí, no me vas a joder! ¡El “cubata de oro” será mío! —dije poniéndome los colmillos de plástico para volver a la arena—. ¡Tú, caniche! ¡Te desafío!

El círculo de curiosos se abrió inmediatamente frente a mí. El hombre lobo me miró más asombrado que enfadado. No me dejé intimidar. Chasqueé los dedos y di una vuelta a su alrededor cruzando las piernas en Suzie Q. Luego hice unas cuantas diagonales, primero deslizándome sobre las suelas de mis botas y después de espaldas, remando hacia atrás, hasta que, de nuevo en el centro de la pista, me gané una ovación por el ritmo frenético de mi movimiento de molinillo pélvico, que tantas alegrías le ha dado al mundo. Rematé ese primer asalto brincando con los brazos abiertos como si fueran las alas de un murciélago. Los saltos me quedaron un poco afeminados, pero resulta inevitable cuando vas disfrazado de vampiro romántico.

 —¡Supéralo, pulgoso! —le dije saboreando mi ración de vítores y aplausos.

El hombre lobo se puso a cuatro patas, arrugó la nariz y aulló como una bestia amenazante. La gente se volvió loca. Me pareció tremendamente injusto. El aullido había estado bien. Pero el muy tieso no había dado un paso. Y aunque me quité los colmillos para darle la réplica, me quedé sin habla, incapaz de reaccionar. El hombre lobo se había lanzado sobre la multitud. En un abrir y cerrar de ojos, estaba repartiendo zarpazos y dentelladas a diestro y siniestro.

 —¡Es un hombre lobo de verdad! —grité, por fin, a pleno pulmón—. ¡Es un hombre lobo de verdad! ¡No es un disfraz! ¡Exijo que lo descalifiquen del concurso! ¡Yo soy el ganador! ¿Me oís? ¡Sigo siendo el rey!

Parecerá una frivolidad. Pero sólo con el maquillaje había perdido una hora de mi vida. Al ver que nadie me hacía caso, me olvidé del asunto y corrí como un pollo sin cabeza. Aquello era un sálvese quien pueda. El hombre lobo estaba descuartizando a un Frankenstein de pacotilla que se había tropezado con sus zapatones. Los demás acabamos coincidiendo en las escaleras, formándose un tapón colosal con lo más granado de las noches de Halloween. Ya os lo podéis imaginar: momias de papel higiénico, zombis de salsa de tomate y sosos con máscaras de cartón, todos histéricos perdidos porque el hombre lobo estaba a punto de terminarse su tentempié de más de cien kilos de carne humana. Me encontraba en uno de los últimos puestos, cerca de mi amigo Ricky que, tal vez porque iba disfrazado de víctima exangüe, parecía más tranquilo de lo normal.

—¡Tío, tenemos que pensar con la cabeza fría! —le dije golpeándome la frente con los dedos—. ¡Seguir a las masas es de idiotas!

 —¿A qué te refieres, tío? —me preguntó Ricky sonriendo como tal.

—¡Sígueme!

Salí pitando hacia el extremo contrario de la pista de baile. Ricky no me siguió. Desde lejos se excusó. La culona que tenía delante estaba dejando que la sobara con las dos manos y, ahora que había empezado, no podía dejarla a medias. Lo mandé al cuerno. Tenía que encontrar una salida de emergencia. Cuando me convencí de que no había ninguna, ya era demasiado tarde. Esta vez las masas habían acertado. Un tipo disfrazado de esqueleto organizó la evacuación y todos los que estaban en las escaleras abandonaron el local para continuar la fiesta en otra parte. Dentro de la discoteca ya sólo quedábamos un servidor, una chica disfrazada de gatita, que se había encaramado a uno de los altavoces que colgaban del techo, el hombre lobo y los restos del falso Frankenstein (concretamente, los tornillos).

Me dirigí de puntillas hacia las escaleras. Como era de esperar, por una cuestión de oferta y demanda, el hombre lobo se interpuso en mi camino. No tenía escapatoria. Aunque lo regateara una vez, acabaría pillándome. Planté un taburete sobre una mesilla y, desde ahí, trepé al altavoz donde se había refugiado la gatita. El hombre lobo estuvo a un tris de morderme las piernas, pero las retiré justo a tiempo.

—Carolina, sagitario —me dijo la gatita, dándome la bienvenida.

—Jero, aparejador —le contesté resoplando todavía del esfuerzo.

A Carolina le entró la risa tonta. No sé por qué, pero mucha gente se toma a broma mi oficio. Nos besamos en las mejillas. Por debajo de nuestros pies, el hombre lobo seguía brincando indignadísimo. Estaba tan alterado que no se le ocurrió hacerse una peana. Así que, de momento, estábamos a salvo, y aunque parezca increíble, cada vez más a gustito.

Reconozco que me puse tontorrón. Carolina era muy mona y su traje de cuero prometía muchas curvas. Le pregunté por sus aficiones e intenté averiguar si teníamos algún amigo en común. Lamentablemente, entre los aullidos del hombre lobo y la música a todo volumen, no había forma de intimar.

—¿Cómo podríamos huir? —consiguió decirme Carolina gritándome al oído.

—¿De quién? —le contesté gritando yo también—. ¿Del hombre lobo?

—Licántropo —me corrigió Carolina.

—¿Qué es un licántropo?

—Un hombre lobo.

Empezamos mal, pensé. Una listilla.

—Pues no lo sé. Supongo que tarde o temprano se cansará de nosotros y se largará a comerse a cualquier otro por ahí —aventuré mientras rodeaba cautelosamente su cintura. Carolina no apartó mi mano, que, a la espera del próximo avance, había llegado a las inmediaciones de su trasero.

—¿Tú crees que es de los que renuncian a los postres? —me preguntó Carolina señalando hacia abajo.

Miré hacia donde apuntaba su dedo. Con tanto cuero y tanta nalga se me había ido el santo al cielo. El hombre lobo ya no saltaba. Ahora estaba trazando un círculo bastante amplio a base de meados. No soy ningún experto en comportamiento animal, pero aquello me dio mal rollo. Entonces se escuchó un estrépito de cristales rotos.

—¡Tío! —gritó Ricky por una ventanilla de ventilación que quedaba relativamente cerca de nuestras cabezas. A pesar de su pequeño tamaño, Ricky pasó un brazo a través de la ventanilla y alargó sus dedos hacia nosotros.

 —¡Tío! —le contesté estirando los míos. Tuve que descolgarme un poco del altavoz para que nuestros dedos se rozaran.

 —¿Estás haciéndome manitas? —dijo Ricky con repelús—. ¡Dame las llaves del coche!

 —¿Qué?

 —¡Me he ligado a una mujer pantera! ¡Está súper cachonda! ¡Me la llevo a casa!

 —Ah, claro. Aquí las tienes.

 —¡Hasta luego!

 —¡Pásalo bien!

 El brazo de Ricky desapareció por donde había venido.

—Mi compañero de piso —puntualicé para que Carolina no pensara nada raro.

—Muy majo —dijo ella.

 —No creas. Es un poco capullo. Conmigo estarás mucho mejor.

Lo dije de corazón, sin ánimo de ofender a nadie, y menos a Ricky, al que quiero como a un hermano. Pero, seamos serios, no resiste la comparación. Sorprendentemente, Carolina no me dio cuerda. De puro aburrimiento le tiré una de mis botas al hombre lobo, que la cazó al vuelo y se puso a mordisquearla con desespero.

—¡¿Tú has visto eso?! —grité emocionado por el descubrimiento.

 —Lo siento, Jero. ¿Era muy cara?

 —¡A la mierda la bota! ¡Se la ha tragado entera! ¡Tirémosle toda nuestra ropa! ¿No tiene hambre? ¡Pues se va a hartar!

El hombre lobo se zampó mi otra bota, el disfraz de gatita al completo y mi cinturón. Al resto no le hizo mucho caso, y lo que había comido no le sentó bien, pues acabó vomitándolo todo, empezando por las hebillas y las tachuelas. Mi maravilloso plan para saciarlo había fracasado. Seguíamos figurando en el menú del día.

Carolina y yo nos miramos. Estábamos desnudos. La mitad de sus curvas se habían ido con el traje de cuero. Aun así, mi cuerpo reaccionó de forma natural a sus encantos. El hombre lobo se sentó sobre los cuartos traseros y se puso a jadear con la lengua fuera.

—El pobrecito cree que tienes una salchicha entre las piernas —me dijo Carolina riéndose.

—¿Una salchicha? ¡Dirás un salchichón!

—Muy bonito.

—Gracias. Lo tuyo también parece muy rico.

Nos sobamos un poco, lo básico. Estando encima de un altavoz no podíamos hacer virguerías.

—¡Vente a mi casa, Carolina! ¡En mi dormitorio tengo un colchón de látex de metro y medio!

—¿Y el licántropo? —me preguntó Carolina estremeciéndose entre mis brazos (le había metido el dedo medio y estaba haciéndole la pinza con el pulgar).

—Somos dos adultos y él es un perrito. Saltamos a la vez. Yo lo agarro de la cola y tú le das de palos hasta reventarle el cráneo.

—Vale, Jero —me dijo Carolina armándose de valor—. Cuando tú me digas.

Conté hasta tres. Carolina saltó. Yo no. El hombre lobo se dio un festín. Una pena. Carolina parecía un polvo fácil. Pero, como dice mi padre, no hay que anteponer las ganas de follar a la alegría de vivir. Aproveché la distracción para escapar. Fuera de la discoteca hacía fresco. Ricky se había llevado el coche. Así que lo más cómodo hubiera sido volver a casa en autobús. Pero el conductor, un pelmazo intransigente, no me dejó subir en pelotas, y menos aún para viajar de gorra. Me lo tomé por el lado bueno. Después de una noche de juerga, caminar te despeja la mente.

Cuando llegué al portal de mi casa, estuve a punto de quemar el circuito eléctrico del interfono de tanto pulsar el timbre.

—¿Quién es? —preguntó, al fin, la voz cabreada de Ricky a través de la rejilla del portero automático.

—Soy yo. Ábreme que he perdido las llaves de casa.

—¿Tío? ¿Te importaría esperarte media horita? Ahora mismo iba a meterle la puntita a la mujer pantera sobre la mesa del comedor…

Me senté a esperar en el bordillo. Al cabo de un par de minutos oí el chispazo del portero automático. No me sorprendió. ¡Media horita…! Además de un poco capullo, Ricky es un fantasmón de cuidado. Subí los seis tramos de escaleras hasta mi piso. Ricky había dejado la puerta ajustada. Estaba tan cansado que ni siquiera me asomé al comedor para saludar a la mujer pantera. Me fui a mi cuarto, me puse el pijama, me metí en la cama y dormí de un tirón hasta el mediodía.