Educación milagrosa

La termita y la palabra

 

«El mayor amigo de la verdad —escribió el poeta Charles Caleb Colton— es el tiempo; su más encarnizado enemigo, el prejuicio: la razón volteriana de los tontos.» De los tontos como yo.

Lo diré de entrada: estoy lleno de prejuicios ante la estroboscopia didáctica que contadas escuelas (y algunos media) promocionan (en demérito del resto) a tutiplén.

Veo trampantojos donde ellos ven milagros, un tufo neo con que avinagra el pastel.

Zeuxis, el pintor griego clásico, fue, no se me enfade nadie, el padre pionero de esta neopedagogía, que (especialmente en primaria) prolifera hoy. Una praxis pachanga, pobre, coreografiada, gratinada al dente del plató mediático, el marketing barato y la salsa de internet.

Todo el mundo conoce la historia del genio de Heraclea: alumbró un racimo de uvas y hubo pájaros rosigando la fruta (fruta falsa) que pintó su pincel.

De un tiempo a esta parte, basta con abrir un periódico o atender los redobles que a modo de «excepciones» llegan a la población, existen ornitólogos que venden uva falsa (aprendizajes manipulados, métodos circenses, praxis de ciencia ficción) a pájaros ciertos (el espectador común) que muerden el grano con fruición y fe.

Seamos realistas, veamos el asunto sin gafas deformantes. Tal como es.

Todas las escuelas públicas, todos los institutos públicos, son (per se) un milagro; su profesorado, también.

No porque compitan (al modo y usanza) con centros elitistas, gasten uniformes caros, den clases «chachi guays», tengan mil voluntarios y el alumnado aprenda, incluso, sin aprender.

Lo son porque es milagrosa la gente que la habita; porque siempre busca el Sol aunque haya recortes que impongan la neblina y el desinterés.

Herminio Almedros, inspector de educación en los tiempos (también milagrosos) de la Segunda República, lo advirtió (un 3 de septiembre de 1930) en el marco de una ponencia impartida a los docentes de una nueva promoción, que (dádivas de doctorando) he podido leer:

«En la profesión de enseñante sólo se requieren tres cosas para obrar el milagro: amar al alumno, amar el conocimiento y no olvidar que el peón puede llegar a rey. Lo demás lo da el tiempo: nuestro ajedrez. Ustedes ya son docentes, no caigan en el desánimo, en la burricie de obviar al niño con ritmos lentos. Piensen que educar es, en última instancia, viajar del invierno al cerezo; hacer rodar el hueso de la cereza armónica en el paladar del ser.»

Ni quito ni pongo. Quien esto dijo era docente, inspector y pedagogo: el primer introductor peninsular de Celestin Freinet.

Dejemos a Almendros en el almendro del olvido, dejemos la almendra de los amores contrariados que retrató Gabriel.

Volvamos al poeta británico: «El mayor amigo de la verdad es el tiempo.»

Volvamos a Voltaire: «El prejuicio es la última razón de un tonto.»

Entre uno y otro hagamos una pregunta: «Si somos algo, ¿cómo hemos llegado a ser?»

Dar una respuesta sí es un milagro. El milagro que enhebra en la nada que somos, la nada que fuimos, la nada que seremos y su primera vez. Y la voz del maestro, maestra, los otros niños y adultos: la memoria del futuro, la prospección del ayer.


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