Don Eduardo, o el restablecimiento de las Navidades

Retales

 

Don Eduardo es un hombre de convicciones, y que no le vengan con monsergas. Seriedad, orden, buenas costumbres y vida ordenada. Así que, en los tiempos que corren con la invasión vírica, anda de cráneo. Él no tiene por qué dedicar tanto tiempo a saber qué debe hacer. Hoy unas órdenes, mañana otras… que si esto, que si aquello; odia este desbarajuste. Además muchos de sus conciudadanos ni esto ni aquello. No cumplen con nada. Las autoridades que no se aclaran. Y hala, a él le toca poner orden. Así que ha decido que por lo que a él, a su familia y a su barrio respecta se van a cumplir las reglas a rajatabla y punto. Que para eso está Don Eduardo. Mascarilla, higiene, hidrogel, lo que haga falta. Él mismo se ocupa de comprobar que se cumpla. Con su esposa no tiene problema ninguno. Ella misma le dice: Claro, Eduardo faltaría más, vida mía. Y como se supone, ella espera de él un beso cariñoso; pero qué va, ni se le acerca. Una sonrisa condescendiente de aprobación y a otra cosa mariposa.

Se acerca la Navidad y Don Eduardo tiene por costumbre acudir la medianoche del 24 de diciembre a la misa del gallo. Y este año con el confinamiento nocturno, se pregunta cuáles van a ser las órdenes. No le gusta dejar las cosas sin resolver; por lo tanto hace unos días, es decir con tiempo suficiente, envió un correo electrónico al párroco pidiéndole instrucciones. Ante la respuesta se puso hecho un basilisco; siempre lo hace cuando le destruyen una costumbre y más si es de esta categoría. Educadamente le dijeron que se haría vía telemática y que la misma parroquia se encargaría de enviar el enlace a todos los feligreses habituales si no decían lo contrario. Tengan en cuenta que esta parroquia los tiene registrados. Sí, sí, estas cosas avanzan sin tregua.

Cuando al domingo siguiente se personó en la iglesia antes de la misa solemne de doce para comunicarle al párroco que él se encargaba de arreglar el problema para que fuera presencial, éste no le hizo mucho caso. Berrinche otra vez. ¡Ay! Don Eduardo este año no podrá mantener su costumbre. A la misa del gallo toda la familia junta; él, su mujer Eloísa, sus dos hijos y sus cinco nietos, sus nueras, vestidos de gala pero con prudencia y elegancia, con tiempo para elegir banco, asiento y fila, perfumaditos…

No, no, Don Eduardo no es muy religioso, a él lo que le gusta es ver quién acude a la parroquia, cómo van vestidos, si atienden con educación a la misa… sonreír a unos y otros y desear feliz Navidad. Disfrutar del refrigerio que ofrece el cura, aunque sea sencillo, y regresar a casa henchido de orgullo de su familia, pero sobretodo de él mismo. ¿Verá a todos los “fieles” en la pantalla del ordenador? ¿Le verán a él y a su familia agrupados en orden como siempre?

No sale de su asombro. Todo son dificultades. Además, reuniones familiares de seis personas como máximo. Ellos son once. ¿Habrá que hacerlo en dos casas? ¡Ah, no! De inmediato se da cuenta de que la cena de Nochebuena y la comida de Navidad plantean el mismo problema.

Otra cosa en la que hasta ahora no ha atinado es en ¿cómo demonios va a ir de compras con Eloísa para los regalos de reyes de los niños? ¿Permanecerán abiertos los grandes almacenes? Porque, vamos, por internet él no compra. ¿También le van a arrebatar los paseos y las meriendas de media tarde que comportan las compras de reyes en la cafería de la alameda? Por supuesto, por Amazon, ni hablar.

Un desánimo inhabitual en él le inunda ¿Cómo va él a contravenir las órdenes? ¿Cómo va él a renunciar a sus costumbres familiares que son las que debería cumplir todo el mundo y él con mano férrea aún lo consigue? Además, su mujer, que nunca le contradijo en nada, ya le ha dicho que este año en la pollería no habrá pavo; son grandes y, como las familias se reducirán a seis, no se vendería. Así que habrá que elegir otro menú.

El pobre don Eduardo lleva ya casi una semana con un desánimo que le nubla los ojos. Está perdiendo su mano dura y se encierra en el despacho. Se le enturbian los ojos y ve cómo su mundo se desmorona y no acierta a entender cómo un bicho tan pequeño puede tener tanto poder.

Y precisamente, este pensamiento le lleva a la conclusión de que debe averiguar cómo lo hace, el bicho, ¿cuál es la estrategia del bicho? Pertinaz, como él mismo se califica, seguro que lo averigua. Y una vez resuelto, será sencillo, solo se tratará de aplicarlo. Con el mismo método, el del bicho, lo restablecerá todo como nunca debió dejar de ser. ¡¡¡Faltaría más!!!