‘Diez negritos’ fue la cuenta atrás, pero todo puede ir a peor

Solo, por favor

 

Ni zarzas rodando. Nadie. Llegué al poco, para atestiguar que antes de mí solo había silencio. Pronto irías apareciendo tú, desde el horizonte, deshaciendo la aberración de aire caliente, brotando de la bruma que se evaporaba, cada vez más cerca, hasta sentir el calor de tu boca en la mía. Acoplamiento perfecto de la Soyuz (redundancia rusa). Bowie en los altavoces:

«Ground control to major Tom
Ground control to major Tom
Take your protein pills and put your helmet on

Ground control to major Tom
Commencing countdown, engines on
Check ignition and may gods love be with you…»

Que no podías resistirte a presentarme a la madre que te parió. Encantadora al principio, sí, sin olvidar que ya empezábamos a ser multitud siendo tres. Ciento cuatro, ciento cinco y ciento seis, «que no se te olviden las bromitas», me reprochaste. Pero yo tuve que sonreír como un idiota a las memeces del cuarto en discordia: tu padre, un señor guasón que no paraba de enseñarme memes del WhatsApp. Joe Cocker al rescate:

«What would you think if I sang out of tune?
Would you stand up and walk out on me?
Lend me your ears and I’ll sing you a song
And I’ll try not to sing out of key…»

Y no fue Lennon el que llegó, sino tu primo Sebas, que pasaba por allí porque no hay quinto malo. Ni McCartney, sino su amigo el Sixto, en discordia. «¿Así que tú eres el escritor?». No sé si fue Séneca (Lucio Anneo) quien se preguntaba por la cantidad y la calidad, y, entre sus respuestas, aludía a la vida plena como más excelente que la vida feliz. En aquel momento, mi vida, mi vida, empezaba a tener excedentes. Jack White premonitorio:

«I’m gonna fight ‘em all
A seven nation army couldn’t hold me back
They’re gonna rip it off
Taking their time right behind my back…»

Tu compañera del insti, «sí, la Puri, la que trabajaba en una peluquería que tuvo que dejar porque la llamaron por fin de la agencia de publicidad en la que su amigo Antonio tenía comprometido un comercial para esta marca de bombones de lujo que traen en avión desde Bélgica para que no sufran demasiados cambios de temperatura porque si no no se venden y si no se venden no hay comercial y entonces no la llaman más». «¿A quién? » En algún momento debí de perderme en el rodaje. Ya no sabía si aquello iba del séptimo arte o del séptimo cielo, cielo. Naturalmente, tampoco podía faltar el octavo pasajero: «Alguien», me despachaste, mientras yo trataba de adivinar por qué no dejaba de mirarte con rayos X. Bienvenidos a la jungla:

«Welcome to the jungle we’ve got fun and games
We got everything you want honey, we know the names
We are the people that can find whatever you may need
If you got the money, honey we got your disease…»

Ya me iba. «Quédate, que no has conocido a mi hermana ni a su marido». ¡Vaya si los conocí! Ella, tu confidente, el oráculo de Delfos, la Biblia, el Ayurveda y todas las tragedias de Shakespeare; él, bueno, él… Ciudadano, dejémoslo ahí. Se lo dije con cariño, cariño; tampoco era para ponerse así.

Con estos deditos conté hasta diez. Colmada mi paciencia, solo me quedaba huir. Ahí os quedabais. «Pero, amor, sin ti seremos nueve». Pues no, que quien pinchaba las canciones también contaba:

«Babe, baby, baby, I’m gonna leave you.
I said baby, you know I’m gonna leave you.
I’ll leave you when the summertime
Leave you when the summer comes a rollin’
Leave you when the summer comes along…»

Ahora, hagan sus cuentas.


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