Días de agua

Mercado Central

 

Estábamos bajo la clase de borrasca otoñal que antes se llamaba «gota fría» y ahora no, ignoro por qué. El caso es que, como suele suceder en estas latitudes, diluviaba sin tregua, desde hacía tres días. El mundo habría sido tragado por las alcantarillas de no haber estado estas rebosantes de agua y de inmundicia. Ya se sabe que el Ayuntamiento —¿cuál? el que sea—, lo tiene todo patas arriba.

La lluvia a rachas torrenciales me arrastró hacia el gran refugio: el Mercado Central. Era lunes, el día de mercadillo semanal alrededor de la mole modernista, pero solo se había instalado un puestecito que desafiaba el temporal. Sus velos de plásticos al viento dejaban mojarse las bragas y calcetines colgados y también los expuestos en el mostrador, una tabla cubierta con un trapo de colorines. El gitano persistía en gritar de vez en cuando:

—¡Mujeres, todo a un euro! ¡Venga, animarse! —No sé quién se iba a animar, si no había nadie en la calle. Aquel puesto un poco fantasmal parecía felliniano.

Por las escaleras del edificio, normalmente ocupadas por turistas devorando envases de paella revenida, discurrían arroyos de agua rojiza, que no digo yo en plan novel que parecieran de sangre. Eran de hierro oxidado, pero traían mal rollo a almas como la mía, que mariposean sobre cadáveres, como dijo aquel famoso crítico.

El viento volvió mi paraguas del revés. Empapada, me acerqué a la puerta central para guarecerme y porque tenía que comprar, pero estaba cerrada. Llamé con los puños y un patético: «¡Por favor, ábranme!» Y la puerta se abrió por sí sola de par en par, en majestuoso silencio, como en las falsas leyendas nórdicas. Allí estaba la matriz del mundo en todo su esplendor: el Mercado Central, con sus avenidas de puestos bien alineados, su cúpula grandiosa de hierro y cristal, su fresca pescadería, sus pirámides de fruta reluciente… Pero no había nadie. «Se habrán ido a almorzar», susurró mi alma de funcionaria.

Fuera como fuese yo tenía que comprar unos filetes. Me acerqué a la parada del señor Arcadio, donde solía comenzar mi abastecimiento. No había nadie, pero sí abundante carne que casi desbordaba el mostrador. A un lado vi un montón de extrañas pieles desnudas, granujientas y rosadas; salí de la perplejidad al leer el rótulo clavado en una de ellas: «caras de cerdo enteras», rezaba. No eran cabezas sino caras arrancadas enteras. ¡Madre mía, y tan enteras! Se podían usar como máscaras para un carnaval triste y lluvioso. ¡Qué frías debían de estar!

Más allá, unas carnes delicadas, pálidas y grasientas, llevaban como rótulo: «Secreto ibérico». Yo, que lo soy todo menos maruja o chef, quedé tan impresionada como con las caretas pellejudas. ¿Qué carne podía llamarse «secreto», como un perfume? Mi imaginación, tendente a lo perverso a fuerza de rozarme con el marqués de Sade, revoloteó por derroteros de entrepierna. Eran caminos equivocados, pues como luego supe por Google, aquella carne «secreta», tan cara y tierna, no era aledaña a los testículos del cerdo o el animal que fuere, sino de la zona de la paletilla o, por así decirlo, del sobaco. También supe que era parte exquisita y de moda, pero yo, en mi calidad de vegetariana heterodoxa no paso del jamón curado, que en realidad no es carne sino regalo de los cielos, y del solomillo de ternera de primera clase, por orden taxativa de mi cuidador.

Cerca de los secretos aquellos vi una caja de Rajapack que contenía cuatro corazones tremendos de fresco color granate, con tenues reverberos azulados y ribetes de grasa blanca. Eran más grandes que los de cerdo, más que los humanos y más que los de los titanes. Me quedé un rato mirándolos hasta que se pusieron a latir. Latían, me sonreían como las caretas y los secretos ibéricos. Chisté educadamente y dije en voz alta:

—¡Eh, Jefe! ¿Está usted ahí? Quiero dos filetes de solomillo de ternera, por favor —por si el señor Arcadio estaba dentro y no me había visto.

—Hoy solo me han traído cerdo, señora —dijo una voz entre las sombras. Percibí dos manos gruesas que limpiaban la brillante hoja de un cuchillo con un trapo ensangrentado.

—¿Y mañana tendrá?

—Supongo, pero con este tiempo nunca se sabe. Si quiere le pongo unas cortadas de corazón. Estos que tengo están casi vivos de puro frescos.

—No, quiero solomillo de ternera —repliqué horrorizada pensando en los orificios de las aurículas y los ventrículos de aquellas piezas.

—Pues no hay, lo siento —dijo, y oí mascullar entre dientes cerca de mi oreja: «qué manía con el solomillo».

Cuando salí sin nuestra comida —ya nos las arreglaríamos con un bote de lentejas ecológicas y algunas algas que me quedaban del día anterior— había dejado de llover, pero seguía sin verse un alma. Había charcos como para arruinarme los botines y las medias. El gitano lencero estaba recogiendo. Me saludó.

—Váyase para casa, vecina —dijo—, que acabo de oír por la radio que esta tarde va a caer una buena. ¿No quiere algo antes de que cierre el fardo? Hoy no he sacado ni un euro.

Me llevé unos leggins, que, a resguardo de la lluvia en un rincón protegido por el toldo, estaban secos de milagro. El hombre no los había metido aún en la furgoneta. No me hacían pajolera falta, pero de razón sería que alguien aprovechara lo que me iba a costar el ausente solomillo. Ahorrar esos diez euros iba contra mis principios. Hay que cuidar el karma, sobre todo en días de lluvia.


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