Despedida

Postales desde Andrómeda

 

He olvidado si ese día hacía frío o calor, no recuerdo la estación del año. Tampoco podría describir el entorno de la ciudad en la que nos encontrábamos, ni dar detalles de calles, plazas o esquinas. No sé cómo llenamos las horas de aquella extraña jornada; siempre me faltan datos. Recuerdo caminar al lado de mi padre y ver su brazo rodear mis hombros en el reflejo del escaparate de una confitería. Sus pasos, mis pasos, y los adoquines del suelo.

Recuerdo esperar la salida del autobús que nos devolvería a casa en una sala acristalada, destartalada y fría, como solían ser las cafeterías de las estaciones de autobuses provinciales. Estamos sentados alrededor de una pequeña mesa metálica que cojea, hay unos refrescos encima. Mi padre nos mira con curiosidad. Mantiene la postura recta, las piernas cruzadas, y desprende un halo de pretendida y orgullosa autoridad paterna. De vez en cuando, se dirige a alguno de nosotros, y nosotros sonreímos y asentimos. Mi madre observa la escena con gesto cálido, prudente y silenciosa. Ha caminado todo el día tres pasos por detrás de la pequeña comitiva que hemos formado mis hermanos, mi padre y yo.

El autobús ha llegado. Algunos pasajeros se empiezan a levantar, recogen sus bolsas y se aproximan a la puerta, y yo me empiezo a poner muy nerviosa, porque no he podido hablar con él, en realidad nunca pude. Nunca encontré la manera de que mis palabras llegasen a mi boca, siempre se quedaban retorcidas en mi garganta, ahogándome. La sola presencia de aquel hombre me convertía en una olla a punto de explotar, contenida y triste.

Ya hemos subido todos. Yo me siento pegada a la ventanilla, sin perder de vista en ningún momento a mi padre, que se ha quedado abajo, y nos busca en cada cristal. Recuerdo su imagen, en color gris, como las fotos viejas. Su figura larga y oscura; su gabardina opaca, y su bastón. Su aspecto de abandono, de profunda e incondicional rendición. 

Cuando todo el mundo se acomoda, la puerta se cierra y el motor comienza a rugir.

Recuerdo mi único y repetitivo pensamiento en esos momentos: «mamá, perdónale, que se venga con nosotros a casa». Nada he deseado en mi vida con tanta fuerza.

El autobús comienza a avanzar poco a poco, mi padre lo sigue con dificultad, a pasos largos y lentos, como un penitente; no quiere dejar de vernos y puedo intuir en sus labios su última recomendación: “que seamos buenos”.

Aún siento el profundo abandono que me sacudió, cuando aquel trasto tomó velocidad y la figura de mi padre se fue alejando, haciéndose cada vez más pequeña hasta desaparecer, como tragada por un paisaje que parecía burlarse de mí. Fue una de las últimas veces que le vi.