Debile principium. El nacionalismo catalán mató a la cultura catalana

La sombra liberada

 

Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura. En adelante escribiré mis poemas con humildad y trabajaré para no morirme de hambre y no intentaré publicar.

Así empieza el noveno capítulo, el penúltimo de Estrella distante, novela breve de Roberto Bolaño escrita en 1997. Ese es el primer párrafo. A continuación, el narrador prosigue con la narración en el punto en donde la había suspendido al fin del capítulo anterior. El párrafo aparece como un fogonazo y a la vez es un excurso, un destello que sorprende al lector y que ese, posiblemente, releerá con sorpresa, con algo de fascinación o incluso de fastidio. A estas alturas, el relato ya es tan trepidante que semejante salida de tono desconcierta al más pintado. Sin embargo, la brevedad del párrafo (tres líneas tan solo) no perjudican al ritmo ni desazonan al lector, que ya está entregado al narrador. He leído a muy pocos autores tan conscientes como Bolaño de la importancia del narrador, pocos autores que hayan visto con tanta lucidez que el narrador siempre es el protagonista de la novela. Entre esos solo están los de de veras: Dostoievsky o Faulkner, por ejemplo. Hay más, pero no muchos más. Creo que algunos autores de novela, acongojados ante el descubrimiento de que el protagonista es el narrador, optaron por abandonar la novela y se pasaron al ensayo literario o a la autoficción: no supieron, no pudieron. Hay un capítulo aparte en este asunto, un verso libre y audaz que se llama Mircea Cartarescu (pongan esos acentos raros de la lengua rumana en donde convenga: eso es un reto para el corrector de La Charca Literaria)1.

La crítica literaria catalana (¿existe eso?) habla a menudo de la autoficción, y lo hace como si eso fuese un advenimiento, algo nuevo o algo catalán, olvidándose de que en 1300, un tal Dante Alighieri creó la más importante y la más bella pieza de autoficción jamás escrita. Y el Dante, mal que les pese, no era catalán ni parece que les tenga en mucha estima (Par., VIII, 77).

Algo así le decía a un amigo, hace poco, mientras le contaba que la cultura ha desaparecido de Cataluña tras los últimos envites del nacionalismo populista catalanista, que ha arrasado con los residuos ruinosos de una cultura que quizás no existió jamás, aunque a veces se esforzó, meritoriamente, por simular que existía. Empecé hablando de Bolaño y me fui hacia el asunto catalán, que es un asunto feo, aburrido y tedioso y que, por consiguiente, vamos a obviar. Una cultura no es una lengua: a veces la lengua puede ser un enemigo de la cultura que pretende representar. Hace muchos años, alguien que firmaba como Matías Múgica publicó un libelo apabullante: Debile principium. Sobre la cultura en euskera (hoy perdido y descatalogado, del cual tengo una triste fotocopia sin referencias) en donde contaba como el nacionalismo vasco aniquiló la cultura vasca en euskera, ya residual por méritos propios. Algunos se atreven (¡por fin!) a hablar hoy de la valencianización de la cultura catalana: una cultura falsa, que solo existe en tanto que escaparate de ofertas, sin interés alguno, sin enjundia, sin chicha, sin nada que aportar.

Mi amigo y yo nos terminamos las cervezas y salimos a la calle.

—Tú siempre me hablas de Bolaño pero… ¿qué sucedería si ahora preguntamos quién conoce la obra de Roberto Bolaño entre las personas que pasan por aquí?

—Lo mismo que si les preguntamos por la obra de Faulkner —creo que acerté a responder—. Lo mismo que si les preguntamos por la obra de Bel Olid o de Jennifer Díaz, o por la gestión cultural de Laura Borràs. Nada. La mayoría tampoco sabrán mucho de la obra de Rosalía Vila Tobella, aunque Vila Tobella es mil veces, o cien mil veces más importante de las tres anteriores.

Y así nos perdimos por las calles. Creo que también hablamos algo de Georges Perec, de los Conquistadores de Vuillard y de La isla de los conejos, de Elvira Navarro. En algún instante del paseo hacia la parada del autobús me vinieron ganas de emular a Bolaño y proclamar: Ésta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos. No me sumergiré nunca más en el mar de mierda de la literatura catalana. En adelante escribiré mis textos con humildad y trabajaré para no morirme de hambre y no intentaré publicar en catalán.

Hace pocos días vi por última vez a mi amigo. Él se hallaba tras un cristal muy gordo, en el Tanatorio. Tuve que pellizcarme el muslo derecho varias veces antes de aceptar que él había abandonado antes que yo el planeta de los monstruos.


1 La grafía recomendada por el libro de estilo de La charca literaria mantiene los acentos del idioma original, en este caso rumano, de modo que el nombre del autor proponemos escribirlo «Mircea Cărtărescu». La «ă» rumana, fonéticamente, corresponde a una vocal entre la a y la e, similar a la «a» átona del inglés en «about», o a la vocal neutra del catalán en «poma». Mantenemos el texto original del autor, también siguiendo las directrices de estilo de esta publicación, que priman, siempre que no suponga error, mantener la versión original. El equipo editorial de La charca literaria aprovecha también esta nota para agradecer al autor su referencia a la ardua tarea del equipo de corrección. 


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