De las hermosas claudicaciones

Casi lloré de emoción al ver esa escena en el cine

 

Porque hay claudicaciones hermosas. Y, si lo son tanto, a veces te provocan hasta ganas de llorar.

Como va de spoiler descarado, mejor que cesen aquí la lectura de esta nota los insensatos que se han aventurado por ella y que, además, no hayan visto aún Petra, la última película de Jaime Rosales. Con esta dispensa de aires casi papales, les brindo la oportunidad de salir del compromiso bien airosos, sin ningún tipo de penalización.

Únicamente para los que queden por aquí: por mucho que destaquen en ella esos travellings insidiosos y esos desplazamientos de cámara tan coreográficos y misteriosos que parecen convertir la cámara en un personaje adicional, y por mucho salto adelante y atrás que defina su estructura, Petra —que, por cierto, se podría titular con otros nombres de personajes del film con mayor motivo— cuenta en realidad una sencilla aunque casi folletinesca historia: la de la incidencia que inesperadamente puede llegar a tener, las vueltas y revueltas que puede llegar a producir un hecho oculto del pasado. Muestra, por un lado, a una pareja mayor cuyos miembros, como pasa en tantas parejas, conviven únicamente por ciertas ventajas que su convivencia les confiere y que —punto clave en la trama— mienten u ocultan la verdad aún sabiendo el mal que eso ocasiona. Por otro lado, muestra a una Petra (Bárbara Lennie) que busca esa verdad; cree rozarla en un par de momentos y otorga distancias, desprecios y desplantes de forma algo ligera, haciendo por su cuenta un juicio moral que ella misma sentencia.

Un desprecio máximo muestra Petra por su suegra —a la sazón, Marisa Paredes—, a quien, atribuyéndole todos los males que aprecia en su marido, no le deja ni ver a su hija Julia, es decir: a su propia nieta.

No es en absoluto trigo limpio —como no lo es casi ningún personaje del film— la mujer interpretada por Marisa Paredes, desde luego, pero llega un momento en el que lo que hemos visto todos los espectadores parece que llega también a Petra. En un encuentro fugaz al final de la película, muestra que ha entendido lo humano del comportamiento de su suegra, en sus faltas y —sobre todo— en su amor por su nieta. Como quien no quiere la cosa, rectificando su actitud, deja caer una pregunta que su interlocutora, ya desengañada, no se espera:

— ¿Quieres ver a Julia?

La emoción que, incrédula ante lo que ha oído, llena de gratitud, expresa Marisa Paredes, llega fuerte a un emotivo espectador como un servidor, ocasionándole problemas, pues está a punto de hacerle perder la compostura que debe mantenerse en un lugar público.

Venga, lo diré: de estar en ese momento en la intimidad del sofá de casa, quizás me hubiera puesto a llorar a moco tendido. Por la grandeza que encierra una tan simple propuesta, ese magnánimo perdón en toda regla.


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