Daños colaterales

El asombro del tritón

 

Tras la llegada de aquel muchacho, provisto de cables y cajas de diferente tamaño, muchas cosas cambiaron en el cubículo sin ventanas. Algunos objetos, antes infatigables, comenzaron a bostezar de aburrimiento y otros se volvieron adustos, irregulares, herméticos. 

Una agenda, abierta en canal, acabó ignorada sobre el escritorio, mientras el bolígrafo no pudo reprimir un profundo suspiro de tinta, justo en el momento en que su dueño lo pinzaba entre los dedos. La exhalación del bolígrafo creó un borbotón azul que salpicó la camisa del amo y las páginas de la agenda. Al ver el estropicio, este exclamó: “¡Joder, mierda de boli!”, y en un descuido tiró a ambos, infractor y víctima, a la papelera.

Tras la caída, el monitor del PC pareció sonreír al frenético ritmo de un teclado.

Final A

Nadie pudo salvarlos de su inexorable destino en el vertedero y nadie volvió a echarlos de menos. Solo eran un cuaderno inocente y un bolígrafo malherido. 

Final B

Cuando se produjo la deflagración, la agenda era un objeto prácticamente inservible. Ningún texto relevante entre sus páginas, ninguna imagen significativa, solo algún código ininteligible. La colilla mal apagada consumó el sacrificio. 

Tras las vacaciones, el dueño de la oficina intentó conectar el PC, pero  no pudo. No recordaba el usuario ni la contraseña, y aunque insistía en buscar la agenda donde deberían estar anotados, empezó a pensar que, quizás, aquel montoncito de cenizas…


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