Cueros vivos

Mercado Central

 

Como toda mujer, soy fetichista de los bolsos, y al ser las rebajas pródigas en ellos, me abastezco ampliamente, tanto que por falta de sitio en el armario tengo que tirarlos o regalarlos cada vez que hago un arreglo en la alcoba. La señora de la limpieza se queda con los mejores y los reparte entre las amigas o parientas, con gran felicidad de todas, empezando por mí, que con esta redistribución sororal logro que me remuerda menos la conciencia por derrochadora y consumista.

Esta vez, sin embargo, no fue una compulsión acaparadora lo que me hizo fijarme —y desearlo como una loca— en un bolso de apetitoso color camel que vi en el escaparate de una tienda de complementos de cierta calidad llamada Asako. Tras el cristal aparecía suave al tacto como si estuviera vivo. Entré. Sonó un carrillón y me vi envuelta en un dulce olor a coco de velas perfumadas o incensarios que ardían en alguna parte. Me atendió una joven pizpireta con sonrisa de vendedora de raza. Parecía argentina.

—¿Qué desea? —me preguntó con una sonrisa que empezó siendo tirante y se fue ablandando a tenor de la conversación.

—En el escaparate he visto un bolso que me ha gustado —respondí—. Querría saber el precio.

—Hay varios en el escaparate. ¿Lo quiere en piel, en polipiel o en plástico de fantasía? —preguntó sin abandonar la trinchera del mostrador.

Yo qué sabía. Salió de su parapeto y abrió el pestillo interior de la vitrina. Me dijo que se lo indicara. Verdaderamente, había muchos y muy diferentes, pero no dudé:

—Ese —dije señalando mi objeto de deseo.

Lo sacó y me lo tendió diciendo:

—¡Ah, muy buena elección! Es de piel de camello de excelente calidad y está muy rebajado.

Sí, era ese. Más allá de su apariencia, fue tocarlo y sentir en las manos un cálido tacto, una suavidad profunda o un cierto tipo de simpatía. Su olor era muy fuerte pero no desagradable. La forma y el tamaño, los que yo necesitaba. No era grande como los del cartero de correos que traía los certificados, ni pequeñito de paseo, para las llaves, el billetero y una barra de labios. En él cabían holgadamente un par de libros, bolígrafo, lápiz, una libreta de notas, el móvil y la agenda, además del imprescindible lipstick, las cosas que yo necesitaba. Respiré golosa mientras lo palpaba. Tenía dentro un relleno textil y lanudo, mejor que las habituales bolas de papel de periódico.

—El olor no tardará en disiparse, no se preocupe; con las pieles nuevas, ya se sabe… —dijo la vendedora.

—No, si me gusta —repliqué aspirando. Era un olor a bestia estimulante y, al mismo tiempo, recordaba a los perfumes más sofisticados de Thierry Mugler.

—Estos objetos de cuero de Túnez están hechos a mano con piel curtida con orina del animal —siguió explicando ella tan campante, ajena a mi placer—. A eso se debe su tacto agradable —mórbido, pensé—. Si le pone dentro durante unos días un algodón humedecido en alcohol de romero o agua de rosas, el olor desaparecerá.

Era tan bonito que creí no haberlo oído bien cuando me informó del importe; pero, no: la cifra original estaba escrita en una etiqueta con el rótulo impreso made in Qayrawán. El precio había sido tachado con una barra en diagonal hasta la mitad y, debajo, a mano con tinta roja, aparecía una indicación del increíble descuento.

—No encontrará otro mejor —indicó la joven acariciándolo—. Ni con descuento ni sin él. Y es único. Sólo hemos recibido éste. Los hay parecidos, pero no de tanta calidad.

—¿Y dice usted que viene de Túnez? —pregunté tontamente mientras echaba mis cuentas.

—De Cairuán, sí, señora, la ciudad más santa del Magreb. Hay en su medina un taller de unos amigos de mi jefe, y siempre que va a Túnez se trae alguna de estas piezas en la maleta, aparte de las destinadas al comercio, que van aparte, sin pasarlas por los controles aduaneros, como si fueran para uso propio o como souvenirs. No suele venderlas, pero esta vez se ha empeñado en deshacerse de ésta y la ha dejado a precio de outlet, creo que como una apuesta entre amigos, más que nada. Por lo general, se las regala a sus clientas favoritas.

Mientras la muchacha me adormecía con esta increíble milonga, un recuerdo me asaltó con tanta fuerza que pareció una visión. Estaba en Cairuán con mi hermana y unas amigas, lo cual, efectivamente, había tenido lugar. Éramos jóvenes, estábamos a punto de acabar la carrera y todo nos ilusionaba, aparte de que por entonces viajar por cuenta propia era delicioso. Apenas había turistas —los de Túnez eran más bien veraneantes de hotel y playa en Yerba o Hammamet, sin miedo al terrorismo islámico ni gran interés por la cultura nativa—. Se hacían pocas fotos porque no existían los teléfonos móviles, y se disfrutaba de todo intensamente, incluso de las pequeñas penalidades cotidianas, como que te pillara el Ramadán. Las chicas se quedaron en el económico hotelillo de la playa, pero una amiga y yo subimos a la ciudad en la furgoneta de un empleado, el dulce Hamid. Nos dejó solas mientras hacía sus mandados y quedamos con él en reunirnos en un café en la puerta de la medina.

La siguiente secuencia, tanto de la realidad como del ensueño en Asako, comienza con mi amiga y yo subiendo en la oscuridad por unas empinadas escaleras de caracol del interior de lo que debía de ser una mezquita, hasta llegar a un pequeño rellano. Allí arriba, un dromedario, que apenas cabía, daba vueltas a una noria para sacar agua de un pocito situado bajo la cúpula de la estancia, estimulado por un niño que le pinchaba con una ramita. Había gente congregada allí, velada y ansiosa. Nosotras nos añadimos. Fuera lo que fuese lo que estaban haciendo, nos interesaba. El niño tomaba agua del cangilón y daba de beber a cada peregrino con un cazo de arcilla.

Mi amiga no se atrevió a tomarla, pero yo, aunque me acordaba de la recomendación de no beber nada que no fuera envasado — si era cocacola, mejor—, bebí del cacillo, tendido por el niño de los ojos como aceitunas negras, de aquel agua fría y con sabor a hierro, y me dije que si pillaba una gastritis, peor para mí. No todos los días se veía una en estas. También sentí que no tendría sed nunca más, porque aquel agua era sagrada.

—Cuélgueselo, a ver cómo le queda —dijo la chica argentina ofreciéndome el bolso.

Como quedar, quedaba estupendo; pero entonces me di cuenta, desolada, de que sus asas no eran lo bastante largas como para llevarlo en bandolera, como me había recomendado encarecidamente el fisioterapeuta que cuidaba de mis vértebras con exquisita tiranía.

—¿No se le pueden alargar las asas? —pregunté esperanzada. Seguro que sí, me dije, pues aquella tienda daba la sensación de ser el mundo y de poder hacerse en ella con cualquier cosa que pudiera inventar la mente.

—Pues no. Lo siento. Nosotros no hacemos arreglos. Pero seguramente podrán hacérselo en la Viuda de Pellicer, en la calle de la Correjería, que está muy cerca de aquí, detrás del Mercado Central.

Un escalofrío recorrió mi espalda. ¡Viuda de Pellicer! Yo sabía lo que era aquello, una sucursal del infierno en el laberinto del casco antiguo, a espaldas del mercado; una tiendecilla oscura, diminuta y pestilente, cuya puerta nunca se sabía si estaba abierta o cerrada. Su pequeño escaparate de cristal nublado por la incuria contenía una serie de objetos polvorientos, que parecían emerger de las cenizas de un viejo volcán. Algunos eran preciosos, como un bolsito de fiesta hecho de piel de serpiente y remates de ámbar, o un abrecartas, algo oxidado, con mango forrado de finísima piel negra. Parecían olvidados allí por alguna diosa de lo oscuro.

En una ocasión, había intentado que me arreglaran la correa del reloj, y salí escaldada. «Aquí no se arreglaban correas de reloj, eso era en las relojerías ¿Qué importa que sea de cuero vintage y que sólo necesite unos remaches?, aquí no hacemos chapuzas», protestó el pellejero Bartolomé Pellicer, que en ese momento atendía a unas gentes. El homónimo del apóstol desollado vivo por Astiages lo dijo en voz alta delante de la escasa clientela; me dolió. Era un energúmeno de orejas peludas, con una bata gris sobre una camiseta blanca sudada, viva estampa decimonónica. En su voz había ecos de corrimiento de piedras.

Salí inmediatamente, muy enfadada, pero me dio tiempo a ver, antes de empujar la jodida puerta entreabierta, que en las tinieblas de la tienda se recortaba un bulto ominoso. Me pareció una vieja sentada en una mecedora haciendo ganchillo, inmóvil. Lo poco que se veía de su piel —el rostro y las manos— era blanquísimo. Vestía ropas negras y una cofia que recordaban al Retrato de la madre del artista, de Whistler, pero no era una dama delgada y elegante como esta, sino una gorda que desbordaba grasa y emitía risillas escalofriantes.

La impoluta empleada de Asako debió de darse cuenta de que algo no iba bien con lo de las asas, porque hizo otra propuesta:

—También puede ir a la correjería de los almacenes Rápidos al Paraíso. Allí tienen y hacen de todo, aunque sale muy caro, y, desde luego, tan bueno como esta piel, ni soñarlo. Las grandes pieles las traen de origen curtidas con sesos del mismo animal, pero para algo tan sencillo como una correa de bolso, no espere cuero de castor: le darán unas tiras de polipiel, si acaso, y le cobrarán el triple de lo que vale el bolso mismo… Hablo por experiencia. En esta tienda hemos tenido problemas con ellos.

Con sesos. Sí, ya había oído yo, seguramente en algún documental de televisión, que en Alaska las pieles de marta y de castor eran curtidas por los tramperos con el cerebro del animal. Pero no era el caso. Me pasaría por Viuda de Pellicer y a tomar por saco. Tal vez ahora me fuera mejor que en la visita anterior. La joven esponjó el relleno con sus cuidadas manos, hizo un primoroso paquete y lo metió en una bolsa de la tienda, de papel reciclable y bonito diseño.

—Que lo disfrute. Ha sido un placer. Ya verá cómo le irá bien.

—Gracias, eso espero. Muy amable.

***   *** ***

Daban las campanadas de las dos en la torre de la catedral cuando llegué a Pellicer, pero todavía no habían cerrado. Me colé por la puerta entreabierta y me enfrenté al cíclope correjero, con la intención de preguntarle si podía hacer algo por mi bolso. Sólo pretendía preguntar, remaché. Me miró con ojos de fuego y dijo:

—¿No sabe usted qué hora es?

—Acaban de dar las dos, creo. Pero como he visto la puerta abierta…

—Pero, ¿cómo que abierta? Cierro a la una y media, como todos los establecimientos. ¿Qué quiere?

Mientras se enfurecía, yo había sacado el bolso del su envoltorio y se lo puse delante de los morros.

—¿Se pueden poner asas más largas a esto? Tipo bandolera. Sólo quiero saberlo. No se preocupe, que ya me pasaré a una hora legal a entrar en detalles —rematé con una ironía que no entendió.

Cogió el bolso, lo miró como con asco, y luego, dando salvajes estirones a las asas, dijo:

—Pues claro que se puede. Pero no sé si tendré del mismo color. He de mirarlo, pero no ahora.

—En todo caso, ¿se puede o no se puede? —insistí. La vieja hinchada seguía haciendo ganchillo empotrada en su mecedora sin mirar a nadie.

—Déjeme el bolso y ya le diré algo. Pásese mañana, a la una.

Nunca en la vida me ha costado dar las gracias, salvo a la gente antipática y de mala leche; sin embargo, se las di desde lo más profundo de mi alma. Aquella noche soñé con el dromedario sagrado de Cairuán en pleno desierto de sal, de cuyos cangilones bebía una y otra vez la vieja Pellicer chascando la lengua mientras ahumaba una piel humana curtida con sesos. Era mi propia piel. Mi cerebro estaba extendido por todo el pellejo como una capa de crema perfumada y nutritiva. Incluso supe el nombre de la marca sin necesidad de recordarlo: Nishane. Así se llamaba un ungüento turco de grasa, patchouli y pimienta negra que me regalaron una vez, cuyo tarro era negro con las letras doradas. Dejaba el cutis como el nácar, pero me dijeron que producía hipertricosis. Y, efectivamente, en una ocasión en que me mostraron un álbum de fotos del harén de un sultán para una exposición, pude comprobar que casi todas las mujeres, incluso las más jóvenes, eran cejijuntas y con bozo.

Cuando al día siguiente me pasé a ver cómo estaba lo de las asas, la vieja o vejiga inflada o globo seguía en su mecedora mirando al frente como una aojada. Bisbiseaba llamando a un gato inexistente. No se veía a nadie más. Llamé en voz alta, golpeando con los nudillos la madera del mostrador:

—¡Jefe! ¡Señor Bartolomé!

El desollado entró por la puerta de la calle envuelto en un pestilente olor a sudor, tabaco y café.

—¿Qué pasa ahora? No puede uno ni almorzar. ¿Qué quiere?

—Vengo a ver qué me dice de las asas de mi bolso de piel de camello. Ayer me dijo que me pasara hoy… —dije como disculpándome.

—Pero vamos a ver, ayer se planta usted aquí a las dos, hora de cierre; hoy, a la del almuerzo. Si le dije que a la una, por algo sería. ¡Vuelva cuando le digo o llévese su maldita bolsa de rebajas, señora, que aquí se trabaja y no podemos estar al capricho de las clientas!

—De acuerdo —dije dulcemente por ver de amansar a la fiera—, a la una en punto estaré aquí.

Aproveché las dos horas para disfrutar del sol y la sombra bajo el olivo milenario de la placita de la Santa Supliciada. Pedí un agua mineral y me trajeron un té, pero no dije nada. Tenía un bello color de orina o topacio. ¡Se estaba tan bien allí! Recordé que mi amiga y gurú Maricel y yo estuvimos una tarde sentadas en una terraza de la piazza della Signoria en Florencia hablando de un solo tema y estudiándolo a pie de obra: «¿Muerden los bolsos?» Más tarde publiqué nuestras conclusiones en una revista llamada Cuerpos. Contemplamos y analizamos cada bolso que nos pasaba por delante y lo cotejamos con los rasgos de su portadora. Ahora sería una tarea imposible y vacía, dado el bajo nivel que han alcanzado las modas de los complementos, escoria de las multinacionales, todos iguales para bien o para mal, pero estaba segura de que mi bolso de Asako no mordía. Me cubrió la sombra del paso de una nube y por un momento temí que el correjero Pellicer le hiciera algún daño con sus manazas.

A la una menos cinco abandoné la plaza de la Santa Supliciada y me dirigí al establecimiento de la Viuda. Sonaba la una en la campana de la catedral cuando empujé la puerta cerrada. La tienda estaba abierta, sin embargo. Madre e hijo miraban al infinito con los brazos cruzados. En un rincón del mostrador atisbé mi bolso, como abandonado, bajo una hoja de periódico. Con un atronador «¡Buenas, ya es la una!», conseguí que el hombre me mirara con sus ojos saltones como huevos duros.

—¿Qué, cómo está lo mío? —casi grité—. ¿Es buena hora para que me pruebe las asas?

—No, si ya están terminadas…

—¿Terminadas? ¡Si no me cogió la medida!

—Bueno, pues por eso tengo que probarle la llargària de las correas, que me parece que me han quedado un poco cortas. Si es así tendré que empezar de nuevo, pero no ahora que es casi hora de cerrar. A ver, pruébeselo.

¡Milagro! Me estaban maravillosamente y el color era idéntico. ¡Hasta tenían el mismo tacto suave de la piel humana!¡Qué belleza! Todo él parecía vivo. El correjero sonreía beatíficamente contemplando su obra, que ahora emitía luz desde mi cadera derecha.

La vieja perdió su rigidez de embalsamada y se volvió hacia mí.

—¡Maldita sea tu estampa! —gritó como un ave marina—. Y se infló todavía más y subió como la Virgen de la Asunción o como un globo de helio, hasta quedarse pegada en el techo. Yo había leído algo parecido en mi libro favorito, Malpertuis, la novela de Jean Ray, pero no era lo mismo. Sus dioses empellejados quedaron bamboleándose como monigotes. La Viuda Pellicer literalmente, reventó como si hubiera llevado sobre su cuerpo un cinturón de explosivos.

—Ya sabía yo que no podía ser bueno trabajar con tantas prisas y dejar de cuidarla como es debido —se lamentó el correjero.

Me fui de allí pisando trozos de carne y resbalando en sangre y vísceras. Me estaba bien empleado dirigirme a una entrada al infierno y turbar su paz con mis idas y venidas, por la obsesión del jodido bolso, que por cierto perdí en aquel terrible pero curioso lance.


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