Cuento efímero, como la moda; fluctuante, como la prima de riesgo

Perplejos en la ciudad

 

Una tarde más, se paseaba tranquilamente por la calle, contemplando las últimas tendencias en vestidos y zapatos de las tiendas. Se detuvo frente a un escaparate y se admiraba de las nuevas formas y colores de las telas, de la moda extravagante de esta primavera. De pronto, una desconocida se puso detrás de él y se reflejó en el cristal del escaparate, de forma que ahora la figura de ella quedaba también expuesta entre vestidos y blusas. Se apartó un poco para que la figura recién llegada pudiera observar mejor el escaparate. Fue entonces cuando empezó a sentir  de nuevo aquello, aquel fatalismo diario. Otra vez, se había enamorado otra vez de un figura desconocida, frente a un escaparate.

Ésta era su desdicha, su tormento: enamorarse dos y tres veces durante los paseos, perdida la serenidad, agitados cuerpo y alma, sin poder mirar y disfrutar a gusto de las novedades en los escaparates de las tiendas.

Otra vez fatalmente enamorado, ahora seguía a cierta distancia a la desconocida, la acompañaba con la mirada extasiada. Su perfil le recordaba a alguien, se dijo, cada vez más enamorado. Así paseaban los dos, uno detrás del otro, de tienda en tienda, ignorando la desconocida que era seguida y amada fatalmente por él, un desconocido, un simple oficinista que, sin embargo, escribía versos encendidos y sublimes los fines de semana. Algún día le regalaría uno de sus poemas. Un día no lejano, por supuesto, ella podría averiguar las cualidades poéticas de sus enamoramientos.

Es verdad que ayer fue un día agotador, pensó él, mirando la espalda de la desconocida, que ahora apresuraba el paso y doblaba una esquina. Un día demasiado agotador, cuatro veces en una sola tarde, enamorarse cuatro veces, y apasionadamente, ¡una barbaridad para cualquier amante, por recio que sea!, exclamaba para sus adentros. Entretanto, la desconocida se paraba frente a un escaparate de ropa interior, roja, como esa de Nochevieja. Él la observaba desde la otra acera, procurando no reflejarse en el cristal del escaparate, cubierto el rostro con las hojas de un periódico.

Esta vez, sí, no había remedio, se había enamorado fatalmente, se decía sonriendo y pasando las hojas del periódico, como si lo estuviera leyendo. Todo transcurría bastante bien en el enamoramiento de hoy, hasta que apareció un hombre en la otra acera, que saludó con la mano a la mujer, se acercó a ella, la abrazó y se besaron, luego se alejaron calle abajo, contentos, riendo. Él, pese al abandono que sentía, siguió a la pareja unos diez o quince minutos, no lo recuerda bien, hasta que se cansó de ver tantos gestos y bromas de novios, y se quedó parado en una esquina, como pidiendo limosna.

Desengañado, triste, fue en busca de consuelo en el escaparate siguiente, de una zapatería que había en un callejón. Distraía su pena observando los nuevos modelos en calzado femenino y masculino, cuando de nuevo una figura, situada junto a él, se reflejó en el cristal del escaparate. Era la figura de otra querida desconocida, y de quien, como corresponde a su fatalidad, ya comenzaba a estar perdidamente enamorado. Hacía un par de horas que había salido a pasear y ya se había enamorado dos veces. Hoy iba a enamoramiento por hora. Terrible. Más agotador imposible, pensó una vez más, mientras ya emprendía el seguimiento amoroso de la gentil desconocida, cuyo peinado rizado le recordaba a alguien, pensó, admirado, el amante efímero.

Efímero, amante fugaz, como la moda, como la prima de riesgo, que sube y baja, a trompicones, sube, sube y luego baja y se cae, como le decía su hermana, diseñadora a lo Coco Chanel: “La moda es lo que pasa de moda, lo que pasa, igual que el amor”. Ah, tú y los escaparates, añadía, consolando a su hermano, el amante efímero.


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