Cuando los ángeles se enamoran

Cruzando los límites

 

El infierno no es como se lo imaginan los seres humanos. En él, puedes morir una y mil veces y siempre vuelves con las mismas personas. Por muy accidentada que haya sido la relación, los esposos vuelven a encontrarse, el asesino lo hace con sus muertos, la mujer violada con su abusador, el abusador con todas sus víctimas, y la escena vuelve a repetirse hasta que unos y otros acaban por perdonarse mutuamente.

Corina murió con 94 años. Había sido violada cuando tenía 16 años y soñó que se bajaba de un tren en un extenso páramo. En el infierno asumes la edad que tenías en el momento de la catástrofe. Hernán, de 35 años, recordaba a Corina, pero también a otra docena de mujeres atrapadas en aquella ciudad durante la guerra. No era su único pecado y le esperaba una larga redención. Pero un ángel se había enamorado de él, por la intensidad de su compasión cuando le salvó la vida a un grupo de niños durante el bombardeo de Mostar. Todos sabemos que los ángeles son legión, como los demonios, pero hace tiempo que la humanidad superó su capacidad de apadrinamiento; ahora se limitan a acompañar a las almas en la redención. Hernán tenía que presentarse ante sus víctimas una y otra vez, mientras quedara una sola chispa de dolor, hasta que el dolor hubiera desaparecido por completo con la extinción de las llamas y el humo se hubiera convertido en aire limpio. 

Corina y Hernán se encontraron en aquella estación setenta y ocho años después. Hernán llevaba vagando por el infierno cuarenta y tres años, pues nadie puede encontrarse con sus víctimas hasta que estas no mueren y son capaces de viajar por el limbo. El hombre llevaba cientos de encuentros con las personas que había conocido y dañado, pero para Corina era el primer encuentro, en una estación llena de sombras. Lo primero que hizo Hernán fue arrojarse a sus pies, deseoso de redimirse después de su largo aprendizaje en el infierno, y le contó su sufrimiento. Le explicó que vivir en aquel lugar consistía en experimentar la soledad de no poder relacionarse con nadie, el árbol solitario que crece torcido frente a la rectitud de quienes viven acompañados, que cada vez le era más difícil alcanzar la luz del sol y en cambio se arrastraba por el suelo, donde las termitas y los hongos estaban dañando su tronco. Le pidió a Corina que lo cortara, y en estas se materializó en las manos de la muchacha un hacha muy afilada, y en Hernán vio un tronco grueso y retorcido en la vertiente rocosa de un páramo solitario, como en el relato de Kant. 

En el sueño de Corina, el paisaje se transformaba rápidamente. Hernán le pedía que hiciera con él lo mismo que había hecho él cuando cortó su juventud aquella noche en la aldea, en casa de sus padres. El daño causado no solo la afectaba a ella, sino a sus padres y hermanos, que vieron lo que pasaba retenidos por los compañeros del soldado. Para aquellos animales, ellos eran escoria y si no los mataron fue porque en aquel momento empezaron las represalias de la OTAN y aquellos bastardos se tuvieron que marchar. No obstante, Corina levantó el hacha, puesto que matarlo era un primer paso para descargar el odio, y pensó que cuando lo hubiera cortado cien veces lo habría perdonado.

Pero cuando el hacha estaba en el aire, un rayo de luz apareció en el cielo, entre las nubes, y el ángel enamorado de Hernán compareció ante Corina.

―No le hagas daño, por favor. No soporto su sufrimiento.

―Pero si lo hago por su bien. Es mi manera de empezar a perdonarlo.

―Si lo haces, lo perderé para siempre.

―¿Qué locura es esta?, ¿no debería yo estar en el cielo?

―Tienes que presentarte a todas las personas que te han hecho daño y perdonarlas antes de acceder junto al Señor.

―¿Por qué?

―Porque eres creyente y esa es tu maldición.

Corina descargó el hacha con tanta fuerza que se quedó clavada y no pudo volver a levantarla. Entonces se dio cuenta de que era su pierna lo que había golpeado, el cielo se transformó en una masa gris e informe de la que se desprendía una tenue llovizna y descubrió que estaba atrapada entre el borde del asiento destrozado y el salpicadero de su coche. Tenía la cabeza y medio cuerpo sobre el capó, mirando al cielo, el resto del cuerpo estaba en la boca del parabrisas, torcido. No era consciente de haberse estrellado, ni de haber atravesado el cristal, ni de que el asiento se hubiera desplazado por el impacto y le hubiera atrapado las piernas, que sentía a punto de ser arrancadas. Envuelta en la nebulosa de su inconsciencia se acordó de Corina. ¡Pero si ella se llamaba Ana, y tenía 32 años, era de Córdoba, y viajaba a Madrid! ¡Nunca había conocido a Hernán y nunca la habían violado! ¡Ni siquiera era creyente!

Escuchó una sirena mientras una voz le preguntaba si estaba bien, o no tan mal como para ver a un ángel que le pedía perdón desde algún lugar entre las nubes.

―Perdona, Ana. Lo siento muchísimo, pero es que te pareces tanto a Corina y yo quiero tanto a Hernán que he confundido tu alma con la de ella, que todavía no ha muerto. Deberías buscarte un ángel, esto no habría pasado si los humanos no estuvierais tan desangelados. Lo siento. Te devuelvo a la vida y espero que tu próximo acompañante sea menos necio.

Y por fin, un rostro de verdad, ocultando las alas.

―No te preocupes, vamos a sacarte de aquí.

Diamantes en el cielo desplomándose sobre mi cuerpo, un río de sangre a mis pies, otro entre los labios, un lobo marino en el océano Índico atrapado entre las fauces de un tiburón blanco, no sé si moriré antes ahogada o desangrada, nadie puede oponerse al destino cuando quien juega con nosotros a experimentar sentimientos decide que tú eres un buen elemento para sentir una clase nueva de dolor y soñar lo que nadie había soñado antes.