Crónica de una carrera

Zoom impertinente

 

Para Patri

 

Entro al hospital por la puerta principal donde están los escalones. Podría ir por otra lateral a la que se accede por una pequeña rampa, sería más fácil, no me ahogaría, pero me gusta sentir que domino la situación.

Le comenté a la doctora mi intención de subir los cuatro pisos a pie en cada una de las visitas para mantenerme en forma. No le pareció una buena idea. La obedezco muy contrariada.

Hoy la enfermera es nueva. Me saluda con una sonrisa de lástima cuando se acerca para extraerme la sangre, yo le respondo “Buenos días” en un tono tan alegre que la turba y le deshace la compasión.

Bajo a desayunar. Mi protocolo es siempre el mismo: analítica, desayuno, doctora, bombardeo de mis células. Desolación de mi cuerpo.

No tengo mucha hambre. El mini bocadillo de jamón se me atraganta. Me esfuerzo. Es imprescindible que me alimente bien para estar lista para la carrera.

Desde el sillón en el que me inyectan el veneno sanador, por una pequeña rendija alcanzo a ver el cielo. Tiene un color azul intenso. El rayo diminuto que se cuela por el cristal entreabierto contagia su brillo a todo cuanto toca en mi cubículo y proyecta sus figuras en la pared en un juego de sombras a las que les pongo vida. Mientras, el líquido corrosivo cae gota a gota desde la bolsa colocada sobre el perchero metálico. Noto mi cuerpo en pie de guerra contra el fluido que me recorre las venas. Trata de proteger mis pulmones, mi corazón y mis piernas de ese bombardeo que arrasa cuanto encuentra a su paso.

Mi hermana que me lleva a casa de vuelta del hospital detiene el coche para que vomite. La vida se me va por la boca, el estómago es fuego. Cuando acabo, cierro los ojos y pienso en la zona de la playa por donde he decidido ir a rodar el próximo día; pienso en la fuerza del mar, en el incansable batir de sus olas, y esa profusión de imágenes me reconstruye la voluntad, el deseo tenaz de volver a los entrenamientos.

Voy a correr. Mi cerebro da órdenes a los pulmones para que absorban aire y se llenen de oxígeno, habla con suavidad al corazón que está a punto de enloquecer aprisionado por la fatiga; atiza mis piernas como si fuese un caballo de competición. El olor del mar embalsama el aire y me impulsa el cuerpo como si fuera un viento huracanado. He completado una vuelta, dos, tres, consigo acabar la cuarta.

Cuando le hablo al portero de las pistas de atletismo del aroma del salitre que se filtra por cada uno de los poros de mi cuerpo y me inunda de energía, sonríe, ladea la cabeza y permanece en silencio. No quiere herirme con su incredulidad. El primer día que aparecí por el polideportivo con mi pañuelo atado a la cabeza casi se pone a llorar. Ahora lo encuentro siempre en la puerta de su garito como esperándome y me palmea la mano al entrar y al salir.

La meta queda a varias sesiones de quimio, a muchas vueltas por las pistas del polideportivo, a días de entreno por la orilla del mar venciendo la asfixia, el dolor, el cansancio.

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Hoy recojo el resultado del último TAC.

Llevo puesta mis zapatillas de deporte, la camiseta del club.

Subo las escaleras de la entrada del hospital de dos en dos. No espero al ascensor. Me detengo en el segundo piso, respiro profundamente y continúo.

Como cada vez que corro en estos últimos meses, mi cerebro da órdenes a los pulmones para que absorban aire y se llenen de oxígeno, habla con suavidad al corazón, atiza mis piernas… Sin embargo, hoy necesitan también una frase con la que calmar mi miedo.

Un silencio abisal se cierne en el ambiente.

No entiendo por qué las calles están vacías, por qué corro sola.

En el pasillo que conduce al consultorio de la doctora todas las puertas están cerradas.

Tengo sed.

Me detengo.

¿Es que en esta carrera no hay avituallamiento?

Frente a mí aparece una calle empinada que no reconozco.

El corazón me late con desesperación cuando golpeo la puerta del despacho de la doctora. Insisto porque no estoy segura de haber llamado antes. Ella abre casi con brusquedad.

La doctora se sienta, le brillan los ojos, sabe cómo he luchado, cómo entrené para llegar hasta aquí. Sobre la mesa tiene el informe de los resultados. Me lo entrega.

Dudo si retirarme, me flaquean las piernas, la cuesta es demasiado pronunciada.

Ella me está hablando y, aunque no la oigo, entiendo el gesto de sus ojos, la sonrisa.

De golpe, vuelo. Las aceras están abarrotadas de gente que aplaude, me anima, pronuncian mi nombre con un ardor que nunca había oído antes.

“He ganado” grito, mientras subo al podio y abrazo el trofeo más importante de todas las carreras. Mi vida.


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