Creo contenido

Solo, por favor

 

El anuncio me llevó a ti y tú me llevaste al fin del mundo. Se cerró el horizonte a nuestros pies y caímos en que era lunes, como cada semana después del cierre. Tú me vendes la moto y yo me despeño. Tú abres las puertas y yo me dejo embaucar. Tú me secuestras y yo abono el rescate. Vendes y compro, consumido bazar chino, hipertrofiado centro comercial, lejano clic online. Tirita mi cartera a mediados de mes mientras mis intereses aumentan hacia los bancos donde me siento echando migas de pan a las palomas. Deambular entre folletos y demás reclamos. En eso se ha convertido mi existencia desde que ficho a la salida. Pero no te tortures, gimo de envidia. Si al menos pudiera vender sueños…

……….

Creo contenido y no me pagan por creer. Creo contenido porque prefiero el recato. Mis creencias son personales. Eso creo. Puede ser que me equivoque y elijo ser parco; nada de alharacas, por tanto. Creo contenido porque coloco palabras como me viene en gana. Eso creo, con los dislates que me permite la gramática del español.

Porque el contenido puede ser sustantivo o predicativo. Porque no es lo mismo predicar que sustanciar trigo. Y porque lo que creo, atento lector, puede ser asunto suyo o no.

Crear o creer, no hay ninguna cuestión; en el presente y en primera persona, es indicativo y es singular. No porque sea lo mismo, sino porque casi es lo mismo. Como expresó Bernardo de Chartres, «somos como enanos a lomos de gigantes». Crear es tan único como creer, y, a la vez, tan poco genuino. Nos abastecemos (y en parte nos abastecen) de toneladas de información desde que nacemos, de manera declarativa y no declarativa, a corto plazo o consolidando aprendizajes, poniendo en acción neuronas, muchas veces manejando información entre el lóbulo temporal y la corteza cerebral, casi siempre pasando por el hipocampo… Hasta que, de repente, imaginas un caballito de mar. No sé si habrá algún recuerdo perfecto, ni para creer ni para crear. Pero casi todo parte de esos recuerdos, sean inmediatos, menos recientes o arcaicos. Salvo lo que inventes. ¿O quizá tampoco? ¿O qué es el autocompletado?

Algo que antes no existía, algo que existe porque lo crees o porque lo creas; ahí es donde aparecen grandes diferencias. Si primero fue el Verbo, siempre es el verbo lo que nos confunde. Lo creas o no. Lo crees o no. De eso se trata: de combinar diferentes ideas de manera compatible, de conjugar la idea y su expresión, el verbo, la palabra.

Si creamos para transformar el mundo, entonces sí, parece que fue bastante después de empezar a creer para intentar comprenderlo; varios milenios antes. Sin embargo, también creamos para tratar de comprender el mundo, quizá de la manera más anticientífica posible: adaptando los resultados a nuestra conveniencia; adaptando el mundo a nosotros; regurgitando la realidad inventada si es menester. Cabe pues considerar de nuevo la cuestión: conjugar creer y crear. Creo.

Metacreencias y metalenguaje. Importa el plano en que creamos. Tanto como el modo en que se conjuga.

No todo ha de ser una sucesión ordenada. Tampoco es necesario expresarlo en glíglico ni crear vanguardias. Puede ser un objeto encontrado o incluso un sujeto perdido, un urinario público del revés o un fiel de la Torá, de la Biblia y del Corán. Como sea, sujeto a la divina providencia o cuyo único objetivo sea el libre albedrío, sobrarán disquisiciones para componer de una forma o de otra, aunque sea réplica superada de originales previos, aunque el epicentro del problema radique en la garganta de Olduvai. Narrar, aunque nos saltemos el orden, contar contigo, como el trato que propone Benedetti. Por eso creo.

Y no me pagan por crear.


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