Contundencia

Perplejos en la ciudad

 

Cuenta la leyenda que en aquel pueblo no estaba permitido que nadie se separara ni se divorciara, bajo ningún concepto. Había que preservar la unidad familiar por encima de todo. De tal manera que, cuando algo —una palabra, un gesto o un comentario—, amenazaba la unión matrimonial o familiar, el sospechoso, el causante del conflicto, era perseguido, detenido y amordazado. Expuesto al día siguiente en la plaza pública, eran machacados sus miembros uno a uno, ante el entusiasmo general, embravecido, estimulado por cuatro altavoces, uno en cada esquina de la plaza. Luego, mostrando los miembros sangrantes al público, un grupo de encapuchados se disponían a coser —con agujas de veinticinco centímetros e hilo de esparto— los pedazos colgantes del cuerpo muerto, que aún se estremecía en sus manos.

Una vez cosidos los pedazos, el cuerpo era introducido a golpes en un saco. Los sacos debían ser de un material transparente para que el público pudiera contemplar y admirar el cosido ejemplar, humillante, de los miembros: un cuerpo embastado, más recosido en brazos y piernas, sanguinolento aún, cuyos hilillos de sangre se derramaban por las costuras del saco al ser arrojado, a medianoche, por el acantilado, entre gritos y vivas a la familia, a la sagrada y única familia.