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Ultramarinos y coloniales

 

Había ido a la cabaña del bosque para trabajar durante el fin de semana. Me concentro mejor por las noches. Así que esperaba levantarme pasado el mediodía, pero un ruido parecido a una explosión me despertó. Me puse el batín y salí al porche. Había un platillo volante humeando en el patio.

  ¡Mira dónde aterrizas, mamón! ¡Has aparcado encima de mis jazmines!

Un extraterrestre salió del platillo volante. Apretó un botón y la nave se comprimió hasta caber dentro de su bolsillo. No me dejé impresionar. Bajé los escalones y me puse a gesticular señalando los jazmines, que habían quedado calcinados. El extraterrestre emitió un silbido parecido al lenguaje de las ballenas. No le entendí. Él tampoco parecía entenderme, pero dedujo el motivo de mi enfado. Aproximó uno de sus tentáculos a los jazmines. Los talles se enderezaron, las hojas reverdecieron y los jazmines florecieron esparciendo su olor. Le di las gracias, pues había enmendado su error y, además, los había hecho florecer fuera de temporada. El extraterrestre me ofreció un tentáculo para hacer las paces. Era un poco rarito, pero le estreché el tentáculo.

Al entrar en contacto con su piel tuve una sensación muy extraña. Me sentía a gusto, tranquilo. El extraterrestre era bueno, no quería hacerme ningún daño, al contrario, quería que me sintiera bien, muy bien. Sentí un fogonazo de placer bajándome por el espinazo y se me puso la polla dura como una piedra. Entonces, manché los calzoncillos con el mayor orgasmo que había tenido en la vida. Solté el tentáculo.

  ¿Quieres tomar algo?

Supongo que el extraterrestre me dijo que sí, aunque no puedo asegurarlo. En todo caso, me siguió y nos sentamos en el sofá del comedor de mi cabaña.

Pasamos el resto del día intentando mejorar nuestra comunicación. No hicimos grandes avances, pero de vez en cuando me dejaba agarrarle de un tentáculo.

El domingo por la tarde no volví a la ciudad. Me quedé en la cabaña del bosque con el extraterrestre. Pasamos juntos casi dos semanas. Al pobrecito lo tenía frito. A la menor ocasión, lo pillaba por un tentáculo y me corría como una bestia en celo. Él me regañaba con unos silbidos que me hacían sentir culpable, pero yo no podía resistir la tentación. Era como disponer de un botón que me conectara con el centro del placer. ¿Cómo no iba a pulsarlo si lo tenía al alcance de la mano?

Una mañana, al despertar, descubrí que el extraterrestre se había marchado. Me volví loco buscándole por los alrededores, pero fue en vano. Acabé sentado en los escalones del porche llorando como un niño abandonado.

Si alguna vez le veis, decidle que le pido perdón, que fui un egoísta y que no presté suficiente atención a sus necesidades. No lo hice con mala intención. El sexo me había cegado. Decidle también que no le guardo rencor. Sigo esperándole. En la misma cabaña, donde fuimos tan felices. Y, sobre todo, decidle que la próxima vez irá mejor. Cambiaré.

 


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