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El 22 de marzo de 1835 se estrenaba, en el teatro del Príncipe de Madrid, una obra que recibiría efusivos elogios, pero también severas críticas. Algunos incluso la catalogaron de revolucionaria. La obra en cuestión era Don Álvaro o la fuerza del sino (de Ángel de Saavedra, más conocido como Duque de Rivas), uno de los primeros dramas de nuestro Romanticismo.

La vertiginosa trama (un asesinato involuntario, una huida, el supuesto abandono del amante, la reclusión de la dama en una ermita aislada, hermanos con hambre de venganza y un necesario y trágico final) habría sido diferente si los protagonistas hubieran tenido un smartphone.

Don Álvaro, tras la huida, le habría enviado un whatsapp a su amada Leonor diciéndole: «He tenido que marcharme, cariño. Te espero en la taberna a las siete. Siempre tuyo [emoticono].» Y ella le habría contestado rauda y veloz, a no ser que por alguna trágica fatalidad del destino su móvil se hubiera quedado sin batería. Lo más probable, sin embargo, es que se hubieran reencontrado en el bar, tomado unos vinos y entre lectura y lectura de mensajes entrantes en sus respectivos dispositivos se hubieran mirado a los ojos con devota pasión.

También doña Inés se habría ahorrado muchos padecimientos si hubiera tenido un iPhone. Seguro que alguna imagen publicada en la cuenta de Instagram de su galán la hubiera alertado de su verdadera condición.

Nuestros héroes y heroínas actuales —gracias a Apple, Samsung, Movistar o Vodafone— no tienen problemas de comunicación. Los dramas son otros.


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