Comerte toda

Rincones oxidados

 

La familia de Eduardo siempre había abierto los regalos de Navidad la noche del 24 de diciembre. Adoptaron esa costumbre hacía ya más de un lustro cuando el menor de sus tres hijos salió de debajo de la cama de matrimonio con aires de satisfacción y un adhesivo de Amazon pegado en el dedo índice. Lo de los reyes ya no colaba. Eduardo, apoyándose en el radiador, observó a los chavales sentados en los sofás, alrededor de la amplia mesita de madera repleta de paquetes por abrir, envueltos en papeles con corazones y copitos de nieve impresos, cada uno con una etiqueta en la que rezaba, con precipitada caligrafía, el nombre de su destinatario. Aquella fue, de todas las que siguieron, la primera Nochebuena en la que Eduardo estaba muerto.

El sonido del televisor les llegaba amortiguado como si el espeso ambiente del salón fuera líquido y el aparato estuviera sumergido en una bañera. Los muchachos esperaban con las manos sobre las rodillas, sin atreverse a mirar los paquetes ni a mirarse entre ellos, a que la madre regresara de la cocina. La esperaban apretándose por dentro, ninguno quería ser el primero en romper a llorar. Al fin regresó la madre, rozando casi a Eduardo, con la bandeja de turrones y mazapanes, apañándoselas para contener el nudo en el estómago y que no asomara a la garganta. A pesar de todo habían decidido abrir los regalos de Navidad aquella noche.

Sobre la mesa había, para cada cual, tres grupos de paquetes. De dos de ellos se adivinaba siempre su contenido. Invariablemente, en uno de ellos había ropa interior y la forma rectangular del otro anticipaba torpemente que se trataba de un libro. El más deseado siempre era el misterioso tercero y era mamá quien les obligaba a abrirlo en último lugar. Pero ¿quién abriría los regalos de papá? ¿Por qué mamá los había puesto también sobre la mesa? Tal vez aquello ya era demasiado.

Ahora Eduardo se acercaba a su familia compungido, estando y sin estar, recordando Navidades anteriores con todos ellos alrededor de paquetes parecidos, evocando la emoción contenida hasta comprobar si habían acertado con las compras, la alegría de ver el entusiasmo en la cara de los chavales, mientras rompían el papel atropelladamente. ¡Qué distinto era todo este año! Y ¡cuánto dolor veía en sus caras sin poder evitarlo! Eduardo acercó el dorso de la mano a la mejilla de su esposa en un intento inútil de acariciarla. Por un momento hubiera jurado que ella hacía un leve gesto para apartar la cara. Se dijo que era imposible, pero ¿y si de una forma u otra ella sabía que él estaba allí?

La madre sintió un escalofrío.

Luego Rabia.

Finalmente, la impotencia le ganó el pulso a su determinación de no dejarse arrastrar por un exceso de dramatismo y celebrar la Nochebuena con la máxima normalidad, dadas las circunstancias. Ella fue la primera en romper a llorar. Casi al instante, sorprendentemente, se le escapó una sonrisa. Recordó a su marido insistiendo en hacerle aquella ridícula pregunta «¿es verdad que puedes ver a los muertos?» Y a ella respondiéndole «dejaaaalooo yaaaa».

¡Qué cínicos son los recuerdos!

—Venga, chicos, vamos a abrirlos —se oyó decir y delicadamente cogió uno de sus regalos, pero los dedos se le entretuvieron en el primer trocito de celo ¿Cuándo fue la última vez que Eduardo le hizo la maldita pregunta? ¡Ah, sí, lo recordaba bien! Estaban ya acostados, hablando entre susurros con las piernas entrelazadas, conspirando sobre los regalos de Navidad, la mejilla de ella en su pecho, el índice dibujando sobre él los acostumbrados recorridos; ilusionados como criaturas, discutían sobre lo acertado que era uno u otro regalo, sobre su coste, su conveniencia, ¡ya verás qué cara van a poner!

—Oye… ¿y tú que quieres?

—¡Tú ya sabes lo que quiero, comerte toda!

Y se comían ambos como sabían comerse, con el deseo amordazado ¡que no nos oigan los niños! y luego se quedaban un rato abrazados. Apagaban la luz. Cuando el sueño les vencía se giraban hacia sus respectivos lados de la cama. Las unas contra las otras, las palmas de los pies jugueteaban hasta que se quedaban dormidos o hasta que uno se giraba de golpe y retomaba el tema… ¿y tú, y tú qué quieres?

—Naaaada.

Sí, ahora estaba segura, la última vez fue entonces.

—Oye es verdad que puedes ver a los muertos. ¡Me preocupa que tu abuela haya visto lo que acabas de hacerme! —y se meaba de la risa.

—¡Que noooooo!

—¡Que me lo dijiste! ¿Cuánto llevábamos saliendo, dos meses?

—¿Y me lo vas a echar en cara toda la vida? Eduardo, por favor, que estaba muy borracha, ¡duérmete ya!

—¡Te hace otro rapidito?

Los muchachos se fueron marchando a acostarse, más o menos al mismo tiempo, con sus regalos de Navidad bajo el brazo “¿no te vienes mamá?” oyó decirles mientras la madre seguía sentada, con el regalo que su marido había previsto para ella entre las manos. Lo miraba y se secaba las lágrimas con la punta de los dedos, apretándose los ojos. Eduardo le había comprado un móvil. Lo sospechaba. Se lo guardó en el bolsillo de la bata y se dispuso a recoger en una bolsa de basura los papeles y las cintas. Se colocó los regalos para su marido sin abrir -nadie se atrevió a tocarlos- bajo el brazo y, bolsa de basura en mano, se dispuso a bajar a la calle.

Eduardo la siguió. De serle posible, le hubiera abierto las puertas, pero tenía que conformarse con ver a aquella mujer arruinada luchando contra su propia demolición.

Ella andaba arrastrando los pies. No habían pasado ni cuarenta y ocho horas desde que lo supo. Estaba sentada frente al ordenador, buscaba una opción que le permitiera imprimir las etiquetas de los regalos, aunque sabía que, como siempre, las acabaría escribiendo a mano.

Algo llamó su atención en la pantalla. Los días previos a las Navidades no se debe curiosear más de lo recomendable si no quieres echar a perder las sorpresas, pero se sintió como una niña pequeña frente a los paquetes de debajo del árbol. Y clicó.

Nunca había leído una conversación ajena y aquella tuvo que leerla varias veces, como una párvula que resigue los renglones con los dedos, para dar crédito a lo que veían sus ojos. Era algo tan impropio, ruin e improbable que se quedó helada.

Con el corazón parado atendió la llamada de teléfono que entró en aquel preciso instante, y lo tuvo que poner en marcha de nuevo a toda prisa: debía salir pitando. Eduardo había tenido un accidente.

Eduardo siguió a su mujer hasta los contendores, la vio tirar la bolsa de basura y los regalos destinados para él. La acompañó de nuevo a casa. Subía las escaleras con calma, pensativa. Parecía que a cada escalón recobraba entereza. Al entrar en casa, ambos fueron a la cocina. Ella llenó un balde con agua y lo llevó al despacho.

Se sentó frente al ordenador y lo encendió. Eduardo estaba a sus espaldas, mirando cuanto hacía. Sin duda, su mujer debía comunicar lo acontecido a muchas personas aún, conocidos, pero no tan allegados como para tener que llamarlos por teléfono. Tal vez ella había pensado que aquel era un buen momento, aunque a él no se lo parecía, para el resto del mundo era Nochebuena. Reparó de nuevo en el recipiente ¿Para qué un balde lleno de agua sobre la mesa de trabajo?

Ella clicó en la pantalla sobre aquella conversación que, segundos antes de saber que su marido había muerto, le había dejado sin aire y resuelta a no llorarle como viuda jamás.

—Ya pronto estoy ahí, mi amor. ¿Qué quieres estas Navidades? —le preguntaba alguien a Eduardo con sorprendente familiaridad.

—Tú ya sabes lo que quiero: ¡Comerte toda!

Eduardo, pasmado, no daba crédito. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía decir? Nada. Estaba muerto.

Vio cómo su mujer sacaba el móvil del bolsillo, lo sumergía sin piedad en el balde de agua y lo aguantaba unos segundos en el fondo con la mano. No lloraba. Giró la silla y mirándole directamente a los ojos le dijo pausadamente:

—Y ahora, Eduardo, ¡Ya no quiero verte más!

 


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