Coge aire y sopla

Extravagancias


De vuelta a casa, después de haber dejado a mi hija en casa de su madre, sentí la necesidad imperiosa de borrar cualquier rastro de su paso durante el fin de semana. No saquéis conclusiones precipitadas. Estoy muy orgulloso de mi hija. Es lo mejor que he hecho (y haré) en toda mi vida. Pero cuando mi hija no está conmigo, prefiero que el fantasma de su ausencia se limite a su retrato en mi mesilla de noche y a los garabatos infantiles que adornan la puerta del frigorífico. Así que no le busquéis los tres pies al gato. No estoy traumatizado por el divorcio. Simplemente, soy un tío ordenado.

Aquel día, pues, mientras me dedicaba a las tareas domésticas en modo batallón de limpieza, encontré oculta, entre los almohadones del sofá, la flauta de plástico rosa que le había regalado a mi hija por su último cumpleaños. Me sorprendió que se la hubiera dejado. Como todos los niños, mi hija pierde juguetes continuamente. Pero a esa flauta, en particular, le tiene un apego especial. A pesar de su corta edad (tres años), la lleva consigo a todas partes. Llamé a su madre por teléfono para ahorrarle el drama de tener que poner la casa patas arriba buscando la dichosa flauta. Acordamos que se la guardaría hasta el siguiente fin de semana que le tocara pasar conmigo.

Salí al patio de luces a esperar que se secara el suelo, recién fregado. Sin tener nada mejor que hacer, saqué la flauta del bolsillo trasero de mis pantalones y me senté encima de la lavadora.

Los instrumentos se me dan bien. No tengo formación musical. Pero, a diferencia de muchos robots que han ido al conservatorio, cualquier instrumento suena bien en mis manos. Es un don familiar que comparto con mi madre y mis hermanos. Y, como todos los dones, es tan inexplicable como inmerecido.

Rápidamente me di cuenta de que había encontrado un filón. Un segundo antes de cada nota, mis dedos intuían la siguiente. Con esto no quiero decir que llegara a componer la melodía de cabo a rabo al primer intento (mi talento musical no da para tanto). Pero mediante el viejo método de ensayo y error, probando, jugando, escarbando, dejándome poseer por el espíritu que animaba esa canción, que estaba abriéndose paso, a empujones, desde el vacío existencial que precede a cualquier creación, acabé dándole su única forma verdadera. Y cuando digo verdadera, lo digo en serio. Rara vez culminamos un acto perfecto. A la mayoría de nuestras acciones les falta o les sobra algo, sin tener, por otra parte, la posibilidad de rebobinar para corregirlas. Tal vez por eso, porque sentía que había creado una obra completa, no me cansaba de tocarla una y otra vez.

En un momento dado me pareció que algunas notas se estaban desdoblando. ¿Me estaba volviendo loco o es que la canción se estaba orquestando en mi mente? Dejé de soplar. El acompañamiento, sin embargo, se prolongó durante unos segundos. Me asomé al patio de luces. La vecina de abajo, que estaba tendiendo unas sábanas tan blancas como su camisa de dormir, estaba tarareando mi canción.

—¿Quieres venir a tocar otra, flautista? —me dijo recogiéndose el pelo con una pinza de tender la ropa.

Un par de horas más tarde estaba de vuelta. El suelo ya se había secado. En el vestíbulo habían quedado las huellas que delataban mi salida precipitada. Me dejé caer rendido en el sofá y me subí la cremallera de la bragueta, que todavía llevaba abierta. Soy un hombre muy tímido. Lo que me había pasado solo lo había visto en las películas pornográficas que prescinden de cualquier simulacro de guion. Esas en las que, por ejemplo, un grandullón llama a una puerta y una ama de casa le pide, de buenas a primeras, que la empotre contra la pared para echar un polvo. Tenía motivos de sobra para reflexionar acerca de lo sucedido, pero estaba tan relajado que me quedé dormido en el sofá con las botas puestas.

Al día siguiente, por la mañana, me crucé con la misma vecina en el portal. Sentí que mi cara se iluminaba. Después de compartir algo tan íntimo como hacer el amor, hay que ser muy frío para mantenerse indiferente. El cuerpo es caprichoso. No sabe disimular lo que ya considera un derecho. O, como mínimo, así reacciona el mío. Porque, en lo que concierne al suyo, pasó de largo, apresuradamente, sin ni siquiera rozarme.

Por la tarde no llamé a su puerta. Tampoco la había llamado por teléfono desde el trabajo. El miedo a recibir una negativa me tenía atenazado. Entonces vi la flauta de plástico rosa sobre la mesa de la cocina. Al instante supe lo que tenía que hacer.

Esta vez la vecina de abajo no contestó a mi melodía a través del patio de luces. Directamente llamó a mi puerta y, agarrándome de los huevos, me arrastró hasta la cama, donde me tuvo preso hasta bien entrada la madrugada. Todas mis experiencias sexuales palidecen en comparación con ese maratón. Dudo que jamás vuelva a sentir tanto placer y de un modo tan continuado como esa noche. De hecho, si alguien me contara algo remotamente parecido al abanico de prácticas sexuales con las que regamos el campo de batalla, pensaría que miente. Y, sinceramente, estoy casi seguro de que acertaría.

Que no me considere supersticioso no significa que sea escéptico. Ante un hecho que escapa a la norma no descarto ninguna hipótesis, y lo que me había pasado era del todo inusual. ¿Cuántas veces había hablado con esa vecina sin que saltara la chispa? ¿Y la flauta? ¿Qué diablos pintaba en todo eso? ¿O se trataba de la canción? Sostuve la flauta como si fuera una varita mágica. Obviamente, no pasó nada. Me refiero a que no salió el genio de la lámpara de Aladino ni tampoco un haz de estrellitas multicolores. Y, pese a todo, hubiera jurado que ahora pesaba un poco más que antes.

Me fui a trabajar llevándome la flauta en uno de los bolsillos del impermeable. No lo hice con ningún propósito concreto. Había algo que me impedía separarme de ella. Al llegar a la oficina, la dejé encima de los expedientes amontonados que abarrotaban mi mesa. Si hubiese querido, habría podido tocar mi canción ahí mismo, pues mi compañera de despacho lleva de baja desde tiempos inmemoriales, pero el trabajo es lo primero, ¿no?

Mientras esperaba a que el ordenador arrancara, eché un vistazo a mi alrededor. En lo más profundo de mi corazón siempre he sabido que mi trabajo es absurdo, pero nunca lo sentí con tanta claridad como ese día. Descolgué el teléfono y llamé a mi jefe para pedirle una reunión urgente. Mi jefe me dijo que, si me corría tanta prisa, fuera a verle inmediatamente. Por una vez me atreví a pedirle que fuera él quien se desplazara hasta mis dominios. Entendedme. ¿Existe alguna excusa para acudir al despacho de tu jefe llevando una flauta?

Mi jefe abrió la puerta como un vendaval que arrastrara el humo de todos los cigarrillos que se había fumado entre las seis y media y las nueve y cuarto de la mañana.

—¡¿Qué quieres?! —me preguntó prescindiendo de cualquier salutación protocolaria.

Sentí un impulso irrefrenable de ponerme a tocar la flauta, pero me pareció excesivo. Tendría que contentarme teniéndola cerca. Sin pensármelo dos veces, le pedí un aumento. Mi jefe me preguntó si me había vuelto loco. En lugar de contestarle, le recordé que llevaba más de un año trabajando el doble, pues había asumido las tareas de mi compañera sin descargarme de ninguna de las mías. Mi jefe se puso rojo de cólera, amenazándome con el despido, pero no me acobardé. Le dije que podía hacerlo cuando quisiera. Claro que, entonces, añadí, tendría que buscarse a otro primo que trabajara por dos al precio de uno. Mi jefe puso fin a la discusión con un portazo. Siendo mi única fuente de ingresos, tendría que haberme preocupado, pero mi jefe regresó en lo que tardaba a fumarse un cigarrillo (como buen ansioso, le bastaban cuatro caladas) para concederme el aumento. La única condición que me puso fue que volvería a mi sueldo habitual en cuanto mi compañera se reincorporara o él encontrara a alguien que la sustituyera a ella, a mí o a la madre que me parió. Me pareció justo. Así que acepté el trato.

A la hora de la comida me fui a comer un bocadillo en un parque público, llevándome la flauta, que ya parecía una extensión de mí mismo. Apenas me puse a tocar mi canción, un niño se quedó embobado escuchándome. Y, con esa naturalidad tan propia de los niños, me dijo que le parecía una canción de hadas.

—De hadas y gnomos —le contesté siguiéndole la corriente.

—¿Los gnomos son buenos? —me preguntó el niño, mitad intrigado, mitad asustado.

—¿Buenos? —repetí. La pregunta me había pillado completamente desprevenido—. No lo sé. En todo caso son bajitos.

—¿Pero no son malos los gnomos? —insistió el niño preocupado.

—Si no los pisas, son bastante razonables.

El niño se miró los pies para comprobar que no hubiera pisado ninguno. Su madre vino corriendo a llevárselo. No la culpo. En su lugar yo habría hecho probablemente lo mismo. Debía de haberme tomado por un pervertido.

—No se desanime y siga tocando —me dijo una chica que estaba paseando al perro—. ¡Qué mierda de sociedad! ¡Tan juntitos que vivimos y tanto miedo que nos tenemos! ¿No le parece?

Era muy joven y llevaba las orejas cargadas de bisutería. La típica persona que te llama la atención desde lejos, pero a la que evitas cuando se te acerca.

—Supongo que sí —le dije antes de retomar la canción.

—¿Es una canción de los setenta? —me preguntó inclinándose hacia mí.

—No lo sé —le contesté encogiéndome de hombros—. Me sale así. Tal vez sea un plagio involuntario.

—O un plagio de otro plagio. Las posibilidades son finitas y las historias se repiten, como un círculo, que no sabes dónde empieza y donde acaba. Sea como sea, me gusta. Me transporta al calor de una hoguera bajo la luz de las estrellas…

Estuve de acuerdo. Nos quedamos mirándonos en silencio. Contrariamente a lo que cabría esperar, me sentía muy cómodo compartiendo ese silencio con ella.

—Me resultas familiar —acabé confesándole, temiendo romper el hechizo—. ¿Nos conocemos de antes?

—¿De esta vida o de otra anterior?

Su respuesta me hizo reír. Yo había tenido la misma sensación. Entonces, sin previo aviso, me dio un beso muy suave en los labios.

—Creo que volveremos a vernos, flautista —me dijo a modo de despedida.

—¿En esta vida o en la siguiente?

—¿Quién sabe? Por si acaso, no olvides la canción. Cuando la toques, te reconoceré.

Me faltó valor para seguirla. Me quedé clavado en el banco, como si hubieran pegado mi culo a las tablas con pegamento, sonriendo como un idiota cada vez que ella se giraba para hacerme un último gesto que, más que de despedida, parecía una invitación a… ¿Una invitación a qué?

Estaba asombrado. Y también, no me avergüenza reconocerlo, un poco asustado. Empezaba a convencerme de que la flauta era un objeto de poder.

Antes de volver al trabajo hice la prueba definitiva. Entré en una sucursal bancaria. Era el último cliente antes del cierre.

—¿En qué puedo ayudarle? —me preguntó la cajera.

Apreté la flauta dentro del bolsillo de mi impermeable.

—Esto es un atraco —le dije secamente—. Deme todo el dinero y, por favor, no grite.

La cajera miró el bulto que deformaba la tela de mi bolsillo. No hizo falta que le repitiera las instrucciones. Llenó un sobre con los billetes de la caja. Después se fue a otra habitación, en el interior del banco. Me quedé esperando donde estaba, frente a la ventanilla. Al cabo de unos minutos la cajera regresó arrastrando unas sacas.

—Permítame que la ayude —me ofrecí gentilmente para aliviar su carga.

La cajera se me echó encima, enroscándoseme como una serpiente.

—¡Salgo en media hora…! —me susurró al oído, resoplando de deseo.

—Te esperaré en el bar de la esquina.

El siguiente fin de semana que mi hija pasó conmigo, le devolví la flauta. Se puso muy contenta. Me prometió que no volvería a perderla. Le dije que no se preocupara, que tan solo era una flauta, que las cosas verdaderamente importantes no pueden comprarse en una tienda ni perderse en un sofá. Desde entonces mi vida ha vuelto a ser tan normal como pueden llegar a serlo las vidas de las personas normales que alguna vez han atracado un banco.