Tomémonos un respiro

Cartas al director

 

Hace tan solo una semana, cuando echabas un ojo al otro lado de la “marca hispánica”, podías llegar a entender el empeño de los independentistas catalanes. Casi te daban envidia con su proyecto de un nuevo país (¡y mejor!), con ese mundo de ilusión compartida, con esa república de sonrisas capaz de movilizar en pocos minutos a grandes masas (¡todos a una!), con ese poder de convocatoria emanada del mandato democrático del pueblo (¡qué grande!) y esa desbordante imaginación que ha llegado a crear un estilo nuevo de manifestaciones populares (¡exportables!), de performances diseñadas a la altura de la nueva era tecnológica (¡qué modernidad, qué cool!). Me preguntaba, ¿por qué no podré yo participar de esta fiesta continua de la política, disfrutar del subidón de adrenalina que llena de euforia el tiempo y los corazones, dar rienda suelta a la creatividad y las manualidades? ¿Por qué no podré yo ser tan buena como ellos?

Hasta hace una semana, parecía imposible que, en el horizonte de este país, hubiera nada más que el desaire de don Tancredo enfadadito y petulante, la redicha reprimenda de sor María, el perezoso tirar del carro de rancio abolengo y la picaresca convertida en negocio de altos vuelos. Un exótico país, de milenarias y muy diversas tradiciones culturales, frecuentemente maltratado por el poder, andaba confundido en una vulgar reyerta, sin más objetivo que una infructuosa permanencia en esa voluntad de cruzada ¡tan española!

Suerte que una mayoría ha tenido la paciencia de permanecer en silencio, entre prudente y perpleja, acudiendo a su trabajo diario, intentando crear otras cosas, observando y pensando, sin aspavientos ni estridencias, a la espera (¡sí, esperando, por no crear un conflicto irreparable!) de que alguna cosa se desencallara, de que se abriera una brecha, entre la ilusión evanescente y la intransigencia marrullera, por donde entrara algo de aire. ¡Tomémonos un respiro!

 

Concha Fernández Martorell