Prefiero las piedras

Cartas al director

 

¿Por qué razón algunos propietarios de animales domésticos se consideran por encima de lo humano  y lo divino? Es un misterio. En la panadería entra una mujer con su perro. Le recuerdo de buen tono y amablemente que no puede entrar con el perro. A la entrada hay un aviso de prohibición explícito, además de un espacio para sujetar a los perros y que, desde el interior, permite que no se pierda de vista al animal. Me responde, de malas maneras y sin mirarme: «…los dueños no me  han dicho nunca nada… «. Le recuerdo que pueden multar al negocio y también a ella. Antes de salir, en el momento de pagar en caja, conmigo detrás, en la cola,  reflexiona en voz alta sobre «la mala gente que no ama los animales».  Me callo.

Tenía razón. No amo a los animales y amo a muy pocos humanos, incluso a veces no me amo ni a mí mismo.  Prefiero las piedras. A los animales (nosotros incluidos) los respeto.  Me consuela compartir la biosfera con la fauna y la flora (a veces olvidada) y el resto de humanos, todos resultado de una larga evolución y del azar.

Me basta con  saber de la existencia de la fauna salvaje en cualquier rincón del planeta. No tengo ninguna necesidad de ir a verla ex profeso, otra cosa es si me cruzo con ella en algún viaje o a través de algún reportaje respetuoso.

Todos los organismo merecen mi respeto, los marinos y terrestres, sean mejillones, ballenas, pulpos o tiburones, arañas, serpientes o bonobos. No me gustan los zoos. Cuanto más parecidos y cercanos son los animales más despiertan mi empatía, pero no los «amo». Las aves me inquietan. Algunos, pocos muy pocos, me placen en el plato y aquí conviene recordar que algunos animales que aquí son compañía en otros lugares son de plato.

Volvamos a los llamados animales domésticos. Tom se llamaba mi perro, un «mil leches».  Vivía en el espacio abierto del campo. Un día echó a andar, lo seguí, recorrió una distancia menor de un kilometro hasta una casilla de servicio de un canal donde había nacido y se hallaba su madre.  Jugó con ella y retornó, se tumbó  bajo un olivo y murió. Lo enterré in situ.

No me gustan los animales domésticos en las ciudades. Los gestionamos mal, muy mal; ejemplo de ello son el maltrato constante, el abandono y las perreras. La suciedad siempre creciente –excrementos y meadas- en  las calles, parques, jardines, incluso en el espacio reservado al juego infantil. No me vale la idea de apelar a la responsabilidad individual, no confío en que llegue ese momento deseado en el cual la suma de conciencias individuales  se transforme en una masa crítica que nos dé la solución. ¿Qué hacer?

 

Blai Espinet, geólogo.