Camas de sangre y ramas

Rincones oxidados

Los gusanos que salen por mis ojos van y miran. Vuelven y me cuentan al oído lo qué han visto, mientras me roen los tímpanos. Por eso sé que no estoy sola bajo la humedad de la tierra. Somos al menos cinco. Una por año, sacrificadas siguiendo el macabro ritual de nuestro asesino. Cinco cuentas de su rosario, cinco muescas en alguna piedra cercana a nuestras tumbas. Entre todas sumamos un lustro de pánico y violencia, de humores que se licuan en la tierra alimentando nuestras fosas. Camas de sangre y ramas, despojadas de inocencia.

Nuevamente se acerca la fecha señalada. Él pretende que seamos una más. Y nosotras estamos dispuestas a evitarlo.

***

—Emergencias…

—¡Oiga! Hay una chica herida en el camino, no está bien, ¡Dios mío, nada bien! Y un hombre en el suelo, creo que está muerto… no, no, ¡seguro que está muerto! ¡Dios Santo, qué carnicería! Por favor, que venga alguien, por lo que más quiera… Sí está herida, sí… Yo no sé si son graves, señorita, tiene sangre por todas partes… No, no, yo no sé si es suya… pero oiga, vengan rápido… Sentada, está sentada… La he encontrado sentada en una roca al lado de una camioneta, mirando al chico muerto, pero no se queja de que le duela nada… está muy sucia y como desorientada, ausente… ¿Su nombre? Esta chica no habla, ¡Yo qué sé! ¡Tiene los ojos como idos, tiembla de una forma horrible! Oiga… ¿La matrícula de la furgoneta? Me cago en…  ¡Que hay un hombre muerto en el camino, por lo que más quiera, mande a alguien! No, no, no toco nada. ¡Dartakán, ven aquí! ¿Peligrosa? ¡Yo qué sé! Joder… ¡Que me largo, eh! Sí, tengo conectada la ubicación en el móvil… Nada, señorita, yo no hacía nada, paseaba el perro ¡como todos los jodidos días! ¡No, señorita, no me voy! ¿Que me ponga tranquilo? Pero por el amor de Dios, señorita… Dartakáááán…

El perro se acerca a la muchacha y le huele los tobillos, lame en ellos la sangre que se ha enfriado en la piel durante la noche.  También tiene sangre en las pantorrillas, en la falda, en la blusa, en las manos, pero no toda la sangre es suya. Ella nota la lengua rasposa del perro, caricias húmedas, insistentes, que no le molestan. Es la primera sensación que nota en muchas horas ¿Cuántas? No sabe. Empieza a tomar consciencia de sus temblores. El hombre le habla, pero ella no le oye. Se mueve nervioso, la mira, da pasos cortos en un sentido y en otro sin moverse del sitio, se tapa los ojos con la palma de la mano, apretándose las sienes, tirando de la correa del perro que cuelga de su muñeca. Intermitentemente la mira a ella y al cuerpo de… ¿cómo se llamaba… Damián?, y aumenta el ritmo de los pasitos muertos que no le llevan a ningún lado. Cuelga el teléfono. Se acerca lentamente, está asustado. Se acuclilla ante ella y le vuelve a preguntar: ¿Estás bien, pero mujer, qué te ha pasado? ¿Y qué le ha pasado a ese? Ahora el sonido de su voz le llega lejano y blando como si le hablaran debajo del agua. Quisiera responderle, pero calla. No tiene palabras porque no las hay (al menos, que suenen cuerdas). De haberlas, tampoco sabe accionar el mecanismo para articularlas. Sus cuerdas vocales, su lengua y sus labios están rígidos. ¿Qué ha pasado? ¿En realidad, qué ha pasado? Ella levanta algo la cabeza buscando los ojos del muchacho y le invita a entrar en los suyos a buscar respuestas. El hombre encuentra unas cuencas abisales, un abismo inescrutable hacia dentro y se levanta de repente: hubiera jurado que, en aquel preciso instante, se apagaba la luz en los ojos de la muchacha. “Pequeña, ¿qué habrán visto tus ojos?»

***

Ya no podía tardar mucho en volver y hemos esperado la noche elegida tan impacientes como nuestros gusanos, que, excitados, aumentan en número y tamaño. Van de acá para allá llevando consigo mensajes, cuchicheos entre nosotras. Por fin, el fris-fris de las hojas y su humus ha enmudecido al escuchar la llegada de una furgoneta. El zumbido del motor llegaba ahuecado aquí abajo. Pero el sonido es inconfundible.

Ellos se habrán conocido en cualquier lado, en un bar, en una fiesta mayor, bajo una telaraña brillante de cintas de colores sobre sus cabezas. Él se le habrá acercado con oficio, escogiéndola entre las que le habrán seguido con la mirada curiosa, quienes, ya desde su llegada, estarían embelesadas por el aspecto atractivo de un tipo que se mueve con paso seguro entre el público, saludando por doquier, jovial y sonriente. Y entre estas, elegirá a la más joven, a la que baje la mirada, a la que sonría nerviosa cuando se le acerque mirándola de frente, a la que se sienta dulcemente insegura entre sus brazos cuando bailen, a la que tiemble casi imperceptiblemente cuando le susurre al oído: «Vámonos de aquí». La elegirá a ella.

Y ella habrá dicho que sí.

Se bajarán del coche y, cogiéndola de la mano, la conducirá hacia donde estamos nosotras, saboreando el momento, demorándose, mostrándole las constelaciones titilantes sobre una pizarra celeste, la asirá por la cintura mientras las nombra y señala y ella, párvula, mirará hacia arriba sin importarle si se lo inventa todo porque la besa en el cuello con suavidad experta y la vibración húmeda entre sus muslos la embriagará mucho antes de que la bese en la boca. Dúctil y maleable, recibirá una innecesaria pedrada en la cabeza, o un puñetazo en la boca, o… Y la arrastrará hacia nuestro suelo, sobre nuestros cuerpos para tomarla como un animal, saboreando al mismo tiempo el recuerdo de cómo nos tomó a cada una de nosotras. No existe, para él mayor regocijo que hacer inventario.

Hemos de salir deprisa, antes de que sea demasiado tarde.

Arañamos la tierra con lo que queda de cada una de nosotras y con la venia del infierno. Nuestras falanges mutan en garfios, las calaveras empujan como arietes y excavamos con las mandíbulas. Las raíces, siempre firmes, nos abren ahora pasos entre el barro lubricado por la putrefacción. Juntas luchamos para llegar a la superficie y degollarlo con nuestros propios dientes, desprovistos ya, de sus encías sonrosadas. Yo araño el barro con todas mis fuerzas, rabiosa, recordando a mi madre que sigue perfumando las sabanas suaves de mi habitación de niña, que ha envejecido de golpe por el espanto de no saber dónde está ahora mi cama. 

¡Silencio! Podemos oír el golpe seco de una piedra. No vemos. No sabemos. Sigamos ¡Corramos!

***

—Mira, Pilar, aquí hay un follón de tres pares de cojones. No, no me dejan marcharme, cuando me den permiso te llamó yo, mujer… Me cago en la hostia, que aquí hay un hombre muerto pero muy malamente, ¿eh? una carnicería… ¡Claro que ha llegado la policía! ¿No te digo que no me dejan marcharme?  Y yo que sé, Pilar, tampoco me dejan acercarme, algo he oído de que la tierra donde he encontrado el tío estaba muy revuelta, —bajando la voz— creo que creen que debajo hay más cuerpos… ¡Qué coño de C.S.I. ni C.S.I, lo que oigo, Pilar, lo que oigo! Mira, ahora llega una ambulancia, esto es un circo Pilar… cielo, estoy cagado… No, yo no he tocado nada… ¡¿Pero cómo leches me van a colgar a mí el muerto?! Que no, Pilar, que yo no he tocado nada… —llorando y rabioso— Pilar, ¡me cago en Dios! que me da igual que hoy venga tu madre o la madre que la parió, que yo no tengo el cuerpo para comidas… —mirando hacía el sanitario que se le acerca— un momento, Pilar, un momento…

—¿La chica?

—La chica está allí —señalando la roca vacía—. ¡Joder, si hace un momento estaba aquí, sentada sobre esa piedra! —mirando a su alrededor nervioso, buscando a la muchacha—. No estaba para irse, ¿eh? Le juro que no estaba para irse. Le digo que mi perro, hace nada, le estaba lamiendo los tobillos…

El hombre dejó escurrir el móvil hasta sus pies y, estremecido, recordó el momento en el que le pareció presenciar cómo se apagaba la luz en los ojos de la muchacha.


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