Cafetera portable

La vida fácil


Causó sensación en verano, y no es para menos. El aroma de un café recién hecho es reconfortante allá donde se encuentre y en cualquier situación. Ha estado presente en todas las playas de nuestra geografía y a cualquier hora. Ha creado encuentros impensables entre bañistas de toda ralea y condición. Ha dado lugar a tertulias de lo más variopinto: sobre qué requisitos ha de reunir la canción del verano, sobre la dicotomía entre la literatura regional y la literatura universal, sobre el depilado inguinal y el género… Porque un buen café propicia la reunión en general. El café recién hecho se ha colado en nuestras vidas para siempre.

Saben a qué me refiero; quien lo probó lo sabe. Pues la cafetera portable ha ido más allá que el insulso café de termo y seguirá extendiéndose hasta ocupar un lugar definitivo en nuestro vacío existencial.

Muchas son las virtudes de las cafeteras portables. Es cierto que no sirven para preparar café, pero el hecho de llevarla consigo empuja a buscar un café donde sea. Y no solo eso: genera deseo alrededor; quien la porta la muestra con orgullo y enseguida hay alguien que se apunta. Del «culo veo, culo quiero» hemos pasado al «cafetera veo, café quiero». Y eso, queridos, es muy de agradecer para personas de mi posición.

Gurús económicos de otras latitudes han dado un paso al frente y ya reivindican la sana costumbre de llevar una cafetera a cuestas. Se estima que puede ser un revulsivo para dinamizar poblaciones que venían vaciándose. En este sentido, cabe aludir a diversos estudios en marcha en lugares tan dispares como Arizona o Krasnoyarsk. La globalización no tiene límites ni hace distinción de raza, credo o equipo de fútbol; el café inducido por una cafetera portable puede ser lo que nos faltaba para salvar la humanidad. Que lo disfruten.



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