Café Victoria

Susurros a bocajarro

Qué seres abominables son los ecos.

Sobre todo en esa cafetería donde se acomodan a sus anchas en las esquinas que bien pudieron ser de una capilla de coro, con esa distribución de espacio y muro y aire corrido que reverbera hasta el dolor el chiscar de loza sucia y limpia, el mango del filtro del café contra la barra impía en que gusta de sacudirse, ese abrirse demoniacamente automático de puertas que dejan entrar toses y motores, los malignísimos rincones pretendidamente íntimos, donde engañan a los tímidos con su resonancia alrededor de todas las orejas que caben en el local. Qué malevolencia la del eco que multiplica como peces el nervio de las cucharillas, que arrastra de suelo a techo el gorjeo de las neveras. 

Hoy viene a por mí. Hoy que huyo del martillo neumático que limpia la fachada de mi bloque, ha olido miseria, la rastrea en mi camino al café fuera y se hace fuerte en la caja del reloj de pared que gobierna la orquesta diabólica tras la falsa cobertura del cartel que reserva el derecho de admisión. 

Hoy no me atrapará. Me haré silencio. Ya está aquí mi ataque petrificante, disuelto dulcemente en lo que queda de la taza. Avanza hacia la voz por la garganta. Alcanza la carótida. Detenido el latido, muere el eco.  Victoria.


Fotografía: Tobias, Herbert- Court à Paris; Marché aux puces I.


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